Posguerra

El sacrificado oficio de la posguerra española que se veía por todo Madrid: hoy es impensable encontrárselos en la calle

Posguerra
Mozo de cuerda. Foto: ilustración propia.
  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Durante la posguerra española, la organización del trabajo en las ciudades respondía a necesidades muy distintas a las actuales. En un contexto de escasez de recursos, infraestructuras limitadas y un transporte todavía poco desarrollado, algunas profesiones se volvieron indispensables para el funcionamiento diario de la vida urbana.

Entre esos trabajos destacó uno que se convirtió en una presencia habitual en el centro de Madrid. Era un oficio asociado a décadas anteriores, visible en mercados, plazas y calles transitadas. Sus trabajadores esperaban en puntos concretos de la vía pública a que alguien necesitara trasladar un paquete, muebles o cualquier carga pesada. Con el tiempo, la modernización de la ciudad provocó que esta figura desapareciera por completo.

¿Cuál es el sacrificado oficio de la posguerra que se veía por todo Madrid?

En ese contexto surgió la figura del mozo de cuerda, también llamado mozo de cordel, una persona dedicada al traslado de mercancías dentro de la ciudad. Antes de que los vehículos de reparto fueran comunes, estos trabajadores realizaban encargos que hoy desempeñan empresas de mensajería, transportistas o repartidores.

Su presencia fue habitual desde finales del siglo XVIII, aunque continuó siendo muy visible durante la posguerra del siglo XX. En aquellos años, cuando el acceso a vehículos era limitado y el transporte mecanizado aún no estaba plenamente extendido, su trabajo resultaba fundamental.

Los mozos de cuerda se situaban normalmente en estos lugares estratégicos:

  • Plazas concurridas.
  • Mercados y zonas comerciales.
  • Cruces de calles con mucho tráfico.

Desde esos puntos ofrecían sus servicios a quien necesitara transportar algún objeto. Podía tratarse de sacos, muebles, cajas o cualquier carga pesada que debiera trasladarse dentro de la ciudad.

Para realizar su trabajo utilizaban herramientas sencillas. La más característica era una cuerda que llevaban al hombro, que servía para atar los bultos y sujetarlos al cuerpo. En algunos casos también empleaban carretillas de madera para facilitar el transporte.

La habilidad para equilibrar el peso y distribuir la carga era fundamental. Gracias a esa técnica podían mover grandes bultos durante largos recorridos e incluso subir escaleras en edificios que, en la mayoría de los casos, no tenían ascensor.

Regulación municipal y organización de los mozos de cuerda

Aunque el trabajo pudiera parecer informal, el oficio estaba regulado por las autoridades. Ya en el siglo XIX existían normas municipales para controlar la actividad de los mozos de cuerda.

Para ejercer debían contar con una licencia expedida por el ayuntamiento. Esta autorización exigía cumplir varios requisitos:

  • Tener entre 18 y 50 años.
  • Demostrar buena conducta mediante avales del vecindario.
  • Poseer suficiente fuerza física para el trabajo.

Los trabajadores autorizados debían llevar una chapa metálica con su número de patente, visible en la gorra, el sombrero o la chaqueta. Este distintivo permitía identificar al mozo y garantizaba cierta confianza a los clientes.

Además, el sistema incluía una curiosa práctica para asegurar las mercancías transportadas. Cuando un mozo recogía un encargo, entregaba al cliente una ficha con su número de licencia como garantía. Esa ficha se devolvía al finalizar el trabajo.

El funcionamiento del gremio también estaba organizado en cuadrillas dirigidas por capataces. Estos responsables respondían ante las autoridades en caso de infracciones o conflictos.

Las normas municipales establecían igualmente que los mozos debían permanecer en puntos concretos de la vía pública, fijados por el jefe de guardia. No podían abandonar su puesto sin justificación, y acumulando tres sanciones perdían la licencia y el derecho a ejercer el oficio.

¿Por qué este oficio de la posguerra era «sacrificado»?

En un contexto de pobreza y escasez, muchos hombres procedentes de zonas rurales llegaron a la capital buscando cualquier forma de ganarse la vida.

Gran parte de estos trabajadores procedía de Galicia y Asturias, regiones con fuerte emigración hacia Madrid durante el siglo XIX y buena parte del XX. Muchos de ellos aspiraban a ahorrar dinero suficiente para regresar a su lugar de origen y comprar tierras o iniciar una pequeña actividad agrícola.

Las condiciones de vida, sin embargo, solían ser precarias. Era habitual que compartieran habitaciones pequeñas o viviendas en condiciones deficientes, lo que generaba preocupaciones sanitarias entre los vecinos de algunas zonas.

Cabe aclarar que el trabajo tampoco estaba exento de críticas. A veces se registraban quejas por los riesgos que suponía caminar por aceras estrechas cargando grandes bultos. También se produjeron incidentes relacionados con peleas o consumo de alcohol cuando no tenían encargos.

Aun así, en muchos casos se confiaba en su honradez para transportar objetos de valor, desde mercancías comerciales hasta pertenencias personales.

Además de trasladar cargas, los mozos de cuerda desempeñaban otras tareas ocasionales. Entre ellas figuraban:

  • Auxiliar a los bomberos en incendios.
  • Actuar como camilleros improvisados para heridos.
  • Colaborar con las autoridades en disturbios o detenciones.

Incluso en celebraciones religiosas, como procesiones de Semana Santa, podían ser llamados para cargar pasos si faltaban portadores.

¿Qué ocurrió con los mozos de cuerda?

A comienzos del siglo XX, el oficio empezó a mostrar signos de declive. Diversos avances tecnológicos cambiaron la forma de comunicarse y transportar mercancías.

La llegada del telégrafo, el teléfono y el automóvil transformó el funcionamiento de las ciudades. Poco a poco surgieron nuevos servicios de mensajería y transporte que redujeron la necesidad de los mozos de cuerda.

Algunas empresas privadas introdujeron modelos de reparto más organizados. Por ejemplo, compañías de mensajería comenzaron a utilizar jóvenes uniformados para entregar cartas, flores o pequeños paquetes.

Con el tiempo, la expansión de los vehículos de reparto, taxis y camiones terminó por sustituir el trabajo manual que durante décadas había dominado las calles.

Aunque ya en los años veinte se consideraba una profesión en desaparición, la realidad de la posguerra española retrasó su final. La escasez de medios mantuvo activo el oficio durante varias décadas más, hasta que desapareció definitivamente hacia los años sesenta.

Hoy resulta difícil imaginar aquellas escenas de hombres esperando en las esquinas con una cuerda al hombro, listos para transportar cualquier carga.

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