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Psicología

La psicología dice que los padres ancianos que les resulta difícil hablar con sus hijos adultos no son malos padres: más bien sabían ejercer como tal pero nadie les enseñó a ser amigos de ellos

  • Aitana Pascual
  • Aitana Pascual Cuesta (2001) es estudiante de Periodismo en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid desde el 2023. Escogió esta profesión por su gran vocación con la comunicación y la escritura. Hoy en día, tiene mucho interés por la historia, deportes y actualidad. Su principal objetivo es seguir formándose y aprender a contar los sucesos de forma clara y rigurosa.

Ser padre o madre implica aprender a cuidar, educar, poner límites y acompañar a un hijo durante sus primeros años de vida. Pero existe una etapa para la que prácticamente nadie recibe instrucciones, que es cuando ese hijo crece y la relación necesita transformarse. La psicología señala que la llegada de la adultez modifica las necesidades de ambas generaciones y puede generar dificultades para comunicarse, incluso cuando existe cariño y una buena historia familiar.

Cuando el hijo deja de ser un niño

Durante décadas, la relación está organizada alrededor de una diferencia clara de responsabilidades. Los padres toman decisiones, establecen normas y aconsejan, mientras los hijos dependen de ellos en mayor o menor medida. El problema aparece cuando esa estructura permanece intacta aunque el hijo ya sea adulto y necesite construir su propia identidad y autonomía.

El psicólogo Laurence Steinberg, especialista en desarrollo adolescente y relaciones entre padres e hijos, explica que la autonomía adquiere una importancia especial durante la adultez joven. Según su análisis, un hijo adulto puede rechazar determinados consejos de sus padres no porque haya dejado de quererlos, sino porque necesita demostrar que puede desenvolverse por sí mismo.

No significa que sean malos padres

Que una conversación resulte complicada tampoco demuestra que los padres hayan fracasado. Las investigaciones sobre las relaciones entre generaciones muestran que las tensiones son relativamente habituales y pueden estar relacionadas con las diferentes necesidades y expectativas que tienen padres e hijos en cada etapa de la vida.

De hecho, la investigación señala que los conflictos entre padres e hijos adultos pueden surgir precisamente por discrepancias relacionadas con el momento vital de cada generación. Por eso, una relación difícil en determinados momentos no permite concluir por sí sola que exista una mala relación familiar ni que los padres hayan ejercido mal su papel.

El papel de los consejos cambia

Uno de los puntos que más puede transformar la relación es la manera de dar consejos. Steinberg recomienda que los padres de hijos adultos eviten ofrecer constantemente su opinión cuando no se la han pedido, salvo ante situaciones con consecuencias especialmente graves o irreversibles. La razón está relacionada con la autonomía, ya que demasiadas indicaciones pueden hacer que el adulto sienta que continuamente está siendo tratado como cuando era adolescente.

Con el envejecimiento de los padres, además, pueden invertirse algunas responsabilidades. Los hijos adultos empiezan a preocuparse por la salud, la seguridad o la autonomía de sus progenitores. Una investigación encontró precisamente tensiones entre el deseo de los hijos de proteger a sus padres mayores y la necesidad de estos de conservar su independencia.