Psicología

La psicología desmonta el mito: los niños de los 60 y 70 no eran más fuertes por la crianza, sino por el abandono cotidiano que vivían

Niños de los años 60 y 70
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

¿Por qué los niños de los 60 y 70 eran más fuertes? En aquel entonces, el aburrimiento, la imaginación y la creatividad iban de la mano, algo impensable a día de hoy. Muchos psicólogos advierten de la sobreestimulación a la que están sometidos los niños en la actualidad. Los padres buscan constantemente algo con lo que se puedan entretener, incluso en épocas de vacaciones. Sin embargo, muchas veces logran el efecto contrario al que buscan, ya que los más pequeños se vuelven más dependientes. Gracias al aburrimiento, desarrollan la autonomía personal, el pensamiento propio, desarrollan la imaginación y abren su mente a nuevas ideas.

En este contexto, un nuevo metaanálisis ha puesto el foco en la «infancia moderna» y el control por parte de los padres. Según los investigadores, cuando los padres son excesivamente protectores con sus hijos, estos tienden a mostrar niveles más altos de depresión y ansiedad a medida que crecen. Si bien no se ha podido demostrar una relación de causa y efecto, el estudio sugiere que la constante intervención por parte de los padres puede ser perjudicial a largo plazo.

El ‘secreto’ de los niños de los años 60 y 70

El artículo reúne los resultados de 52 investigaciones en un metaanálisis diseñado para identificar patrones que a veces pasan desapercibidos en trabajos individuales. Qi Zhang, de la Universidad de Wisconsin-Madison, junto a Wongeun Ji, de la Universidad Global de Handong, detectaron asociaciones pequeñas pero constantes entre la sobreprotección parental y problemas como la depresión y la ansiedad.

Este tipo de síntomas engloba dificultades emocionales internas como la preocupación continua, la tristeza o el aislamiento social. La mayoría de los participantes analizados rondaban los 20 años, por lo que los resultados reflejan la realidad de adolescentes y adultos jóvenes. Además, la relación se mantuvo en distintos contextos culturales y niveles económicos, lo que sugiere que no se trata de un fenómeno aislado.

Al contrario de lo que muchos padres creen, la sobreprotección no equivale a implicación saludable. Se caracteriza más bien por una intervención constante de los adultos incluso en situaciones menores: desde mediar en conflictos triviales entre amigos hasta intervenir en tareas escolares o decisiones deportivas. Una revisión sistemática de 2022 liderada por Stine L. Vigdal apunta a que existe relación con ansiedad y depresión, aunque advierte que no está claro qué es causa y qué consecuencia, ya que ambas pueden retroalimentarse.

En este contexto, la autorregulación aparece como una habilidad clave. Se trata de la capacidad de gestionar emociones y comportamientos sin depender continuamente de otros. Marc Brackett, del Centro de Inteligencia Emocional de Yale, define esta competencia como un conjunto de habilidades que se aprenden con la práctica, a menudo a través de experiencias imperfectas y momentos de incomodidad.

Algunas investigaciones también han puesto el foco en el papel del juego libre. En 2022, Yeshe Colliver y su equipo analizaron datos de más de 2.200 niños en el Estudio Longitudinal de Niños Australianos y observaron que el tiempo dedicado al juego no estructurado en la etapa preescolar se relacionaba con una mejor autorregulación años después. Asimismo, estudios como el de Mariana Brussoni han señalado beneficios del llamado “juego arriesgado”, aunque aún se requieren más evidencias sólidas.

Otro factor relevante es el entorno. Un informe del Policy Studies Institute para la Fundación Nuffield, basado en más de 18.000 niños de 16 países, reveló que la movilidad independiente es cada vez menor, en gran parte por el tráfico. A esto se suman normas escolares más restrictivas, centradas en evitar riesgos más que en fomentar el juego activo.

En conjunto, los expertos subrayan que no se trata de dejar a los niños sin supervisión como en los años 60 y 70, sino de ofrecerles oportunidades adaptadas a su edad para tomar decisiones, afrontar frustraciones y resolver pequeños problemas por sí mismos. Aunque la evidencia aún presenta matices, la tendencia general apunta a que la resiliencia se construye en experiencias cotidianas.

Los beneficios del aburrimiento

Cuando aparece el aburrimiento por falta de estímulos o de juguetes a mano, muchos niños se encuentran con algo muy valioso: tiempo libre. Lejos de ser un problema, este momento puede convertirse en una oportunidad para desarrollar habilidades clave. Ese «¿y ahora qué hago?» activa procesos como la imaginación o el pensamiento simbólico.

Diversos estudios apuntan a que, ante la ausencia de estímulos constantes, los niños tienden a implicarse más en el juego activo para combatir el aburrimiento. Además, el aburrimiento puede impulsar el desarrollo cognitivo. La necesidad de salir de ese estado actúa como motor para que el niño explore su entorno, resuelva pequeños problemas y ponga en marcha su creatividad. También implica aprender a gestionar emociones negativas, algo fundamental en su crecimiento. Aunque muchos padres intentan evitar ese malestar, permitir ciertos momentos de aburrimiento ayuda a retrasar la gratificación inmediata, mejora la tolerancia a la frustración y fomenta la capacidad de encontrar soluciones por sí mismos.

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