Reflexión

Muhammad Ali, boxeador americano: «Un hombre que a los 50 años ve el mundo igual que a los 20 ha desperdiciado 30 años de su vida»

Muhammad Ali
Muhammad Ali / Foto: Getty
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Pocas frases sobre el paso de los años se han repetido tanto como esta de Muhammad Ali. Circula en publicaciones motivacionales, discursos de autoayuda y programas de desarrollo personal, siempre con el mismo mensaje: quien no cambia su forma de ver el mundo con la edad, en realidad no ha vivido, solo ha envejecido.

Sin embargo, detrás de esa cita tan compartida hay una pregunta que casi nadie se hace: ¿De dónde salió realmente, y qué parte de la vida de Muhammad Ali explica que esas palabras suenen tan ciertas viniendo de él? La respuesta tiene más matices de los que parece a primera vista.

Del joven que se llamaba a sí mismo «el más grande» al hombre que cambió de nombre y de fe

A los 22 años, Cassius Clay se proclamaba a sí mismo «el más grande» tras cada combate, con la seguridad despreocupada de un campeón joven que todavía no había tenido que defender nada más que sus puños. Esa versión de sí mismo, sin embargo, no sobrevivió mucho tiempo.

Tras vencer a Sonny Liston en 1964, anunció su conversión al islam y su nuevo nombre: Muhammad Ali. Explicó que «Clay» era un apellido heredado de la esclavitud que él nunca había elegido.

Renunciar a la identidad con la que se había hecho famoso fue, probablemente, el primer gran indicio de que su forma de ver el mundo ya no era la misma.

Aquella decisión le costó buena parte del público que lo admiraba en sus primeros años como boxeador. Ali la sostuvo de todos modos, consciente de que la comodidad de seguir siendo el mismo de siempre no compensaba lo que sentía que debía cambiar en él.

El precio de cambiar de opinión: lo que le costó negarse a ir a Vietnam

En 1967, en pleno dominio del boxeo mundial, Ali se declaró objetor de conciencia y se negó a alistarse para la guerra de Vietnam. La decisión le costó sus licencias de boxeo durante tres años y medio, justo en la etapa que debería haber sido la cúspide de su carrera deportiva.

No era una postura cómoda ni popular en los Estados Unidos de finales de los años sesenta. Ali eligió pagar ese precio en lugar de actuar según lo que se esperaba de él por costumbre, y en 1971 la Corte Suprema terminó dándole la razón y revocando los cargos en su contra.

Es difícil imaginar a un joven de 20 años, en la cima de su carrera, arriesgando todo por una convicción que ni siquiera estaba obligado a defender en público.

Ese fue, quizá, el momento en que más literalmente dejó de ver el mundo como lo veía antes.

La madurez que llegó con las derrotas, las disculpas y el Parkinson

Después de perder ante Joe Frazier en 1971, Ali reconoció algo que pocos deportistas de su nivel admiten en público: se había dejado llevar por la fama y había dejado de entrenar con la misma exigencia de antes.

Años más tarde fue todavía más lejos y pidió disculpas a Frazier por los insultos que le había dedicado antes del célebre combate de Manila, reconociendo que habían sido puro cálculo publicitario y no un sentimiento real.

Ese tipo de gesto (reconocer un error público, décadas después, sin que nadie se lo exigiera) es exactamente lo contrario de quedarse anclado en la mirada de los 20 años. Tras su retiro en 1981, el Parkinson fue transformando también su cuerpo, aunque nunca logró apagar del todo su presencia pública.

La imagen que resume mejor esa evolución llegó en 1996, cuando encendió el pebetero de los Juegos Olímpicos de Atlanta con las manos temblando visiblemente ante todo el mundo.

El joven que presumía de ser «el más grande» se había convertido, veinte años después, en un hombre capaz de mostrarse vulnerable frente a miles de millones de personas sin necesidad de demostrar nada más.

Lo que se sabe (y lo que no) sobre el origen de la frase de Muhammad Ali

La frase circula desde hace décadas en recopilaciones de citas, libros de autoayuda y publicaciones en redes sociales, siempre atribuida a Ali.

Sin embargo, no existe ningún registro documentado, ni entrevista fechada, ni discurso, ni página de su autobiografía, que confirme cuándo o dónde la pronunció exactamente.

Esto no la convierte en falsa, sino en algo mucho más común de lo que parece: una idea que resume tan bien la forma de pensar de una persona que termina atribuida a ella aunque nadie pueda señalar el momento exacto en que la dijo.

Y en el caso de Ali, la idea encaja de manera casi perfecta con lo que sí está documentado sobre su vida.

Porque si hay algo que la biografía de Muhammad Ali demuestra sin ninguna duda, es que el hombre de 50 años que murió en 2016 no veía el mundo igual que el joven de 20 que ganó el oro olímpico en Roma. Y ese cambio no fue cómodo, ni gratuito, ni exento de pérdidas.

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