Michel de Montaigne, filósofo francés del Siglo XVI: «La historia ha conocido 3 Sócrates, 5 Platones, 8 Aristóteles… pero pensad en cuántos no ha conocido»

En el primer libro de sus Ensayos, el filósofo francés Michel de Montaigne dedicó un capítulo entero a los nombres propios. Lo abrió con una comparación doméstica. Una ensalada lleva muchas hierbas y, aun así, recibe un solo nombre.
En esas páginas, el autor reunió anécdotas sobre linajes, escudos de armas y apellidos. El hilo común es la fama, ya que Montaigne quería saber qué queda de la gloria de un hombre cuando muchos otros comparten su nombre.
¿Por qué escribió Montaigne que la historia ha conocido tres Sócrates?
«La historia ha conocido tres Sócrates, cinco Platones, ocho Aristóteles, veinte Teodoros; pero pensad en cuántos no ha conocido. ¿Quién impide a mi palafrenero llamarse Pompeyo el Grande?», escribió Montaigne al repasar a los grandes pensadores de la Antigüedad.
Para el filósofo, un nombre célebre no pertenece a una sola persona. Muchos hombres de la Antigüedad se llamaron Sócrates o Platón, y la historia apenas conservó la memoria de unos pocos. Así, la gloria ligada a un nombre resulta frágil, puesto que cualquiera puede adoptarlo, incluso el palafrenero (es decir, el criado que cuida los caballos).
Montaigne ilustró la repetición de los nombres con un episodio que le relató un testigo. En un gran banquete que Enrique, duque de Normandía, ofreció en Francia, los invitados se repartieron en grupos según su nombre de pila. La primera mesa reunió a 110 caballeros llamados Guillermo.
Según la traducción inglesa de Charles Cotton que conserva el Proyecto Gutenberg, la reflexión sobre los tres Sócrates figura en el capítulo 46 del primer libro de los Ensayos.
En español, la cita aparece recogida en El gran libro de las frases célebres, de Arturo Ortega Blake (Grijalbo, 2013), dentro del apartado dedicado a la gloria.
La fama de un nombre como un simple sonido, según Montaigne
Al final del capítulo, el autor se preguntó sobre qué se apoya realmente el renombre. Su conclusión fue que la fama termina en manos de alguien llamado Pedro o Guillermo y que un nombre no es más que un sonido o unos trazos de pluma.
Como ejemplo, citó el caso del condestable Bertrand du Guesclin, cuyas victorias se escribían con varias grafías, y se preguntó cuál de ellas merecía la gloria. También recordó que el historiador romano Suetonio dejó de lado el apellido de su padre, Lenis, para quedarse solo con el de Tranquilo.
Montaigne cerró el capítulo con una reflexión sobre los muertos, que no obtienen ningún provecho de los elogios. Para el filósofo, los vivos proyectan sobre ellos su propio orgullo con la esperanza de alcanzar una gloria parecida. En ese punto, retomó una observación del poeta romano Juvenal, para quien la sed de fama supera a la sed de virtud.
¿Quién fue Michel de Montaigne?
Michel de Montaigne nació en 1533 en una familia burguesa adinerada que obtuvo la nobleza después de que su padre sirviera en Italia a las órdenes de Francisco I, según la Enciclopedia de Filosofía de Stanford. Su padre dispuso que en casa se hablara solo en latín, y desde los seis años estudió en el Colegio de Guyena, en Burdeos.
Más tarde, Montaigne trabó una estrecha amistad con Étienne de La Boétie, cuya muerte en 1563 lo dejó profundamente afectado. En 1571, con solo 37 años, se retiró al castillo de su padre.
La primera edición de los Ensayos apareció en 1580, con los dos primeros libros. Ese mismo año viajó a Italia para tratar sus cálculos renales, y cerca de Pisa supo que lo habían elegido alcalde de Burdeos. Más tarde obtuvo la reelección. Murió en 1592. Su hija adoptiva, Marie de Gournay, preparó la edición póstuma de 1595.