Matutino o vespertino: ¿En qué se diferencian?
La diferencia radica en una importante proteína
El ser humano puede dividirse en dos clases de personas: matutinas y vespertinas. Estos dos conceptos hacen referencia a la energía que necesitamos para funcionar durante la jornada, que puede encontrar su punto álgido por la mañana o por la noche. Esta es su principal diferencia. Un matutino no necesita grandes proezas para levantarse al amanecer. Además, son mucho más eficientes en las primeras horas del día. Por el contrario, un sujeto vespertino se sentirá mucho más activo y enérgico en horario nocturno. Un problema para aquellos que se ciñen a un esquema laboral convencional. Dentro de este ámbito, los expertos sitúan el famoso síndrome vespertino. Este tiene lugar cuando las capacidades cognitivas del individuo se ven enriquecidas a medida que se desarrolla la jornada.
¿El culpable? La melatonina
Sin embargo, dicha definición no es la única responsable de este conflicto. Desde el punto de vista biológico, los matutinos y vespertinos se ven afectados por la presencia de una proteína concreta en su organismo: la melatonina. Esta sustancia se segrega durante el sueño e induce al ser humano hasta ese estado de descanso reparador. Joseph Takahashi fue el primero en descubrir su potencial, al igual que la existencia del llamado ‘gen lock’. Según explica en sus muchos estudios, este es el encargado de expulsar la melatonina por nuestro organismo. Un proceso que puede realizarse en las primeras horas de sueño o en la consumación del mismo.
Si el ‘gen lock’ actúa desde ese primer momento, los matutinos descansan mucho más tiempo y se despiertan con mayor vigor y entusiasmo. Mientras que los vespertinos yacen menos horas y, por tanto, les cuesta más hacer frente a un nuevo día. Recuperando la dinámica a medida que la jornada evoluciona. En términos generales, vivimos en una sociedad prácticamente matutina, en la que los vespertinos son tachados de vagos y perezosos. Unos calificativos que ahora deberíamos erradicar, pues está comprobado que esta actitud se debe a una cuestión genética que escapa de su control.
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