Islandia se pasa el juego: ha logrado extraer CO2 de las rocas en pleno desierto árabe, y sin gastar una gota de agua
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La captura y almacenamiento de CO2 mediante mineralización ha ganado peso para complementar la reducción de emisiones de carbono. El proceso es así: se convierte al gas en carbonatos sólidos atrapados en la roca durante más de 200 millones de años. Hasta ahora, esto exigía un volumen de agua de entre 20 y 50 veces superior a la masa de CO2 almacenada.
Y claro, este es un requisito que descartaba de entrada a regiones como Oriente Medio. Un proyecto piloto a escala industrial diseñado por investigadores de la Universidad de Islandia, la Universidad Abdulá de Ciencia y Tecnología de Arabia Saudí (KAUST) y Saudi Aramco acaba de cambiar esa ecuación.
Sin usar ni una gota de agua: ¿Cómo ha logrado Islandia capturar CO2 en las rocas del desierto árabe?
La clave del avance está en un sistema de recirculación del agua subterránea del propio yacimiento. El estudio que dio lugar a este hallazgo fue firmado por Eric H. Oelkers, Sigurdur R. Gislason y un equipo de investigadores de KAUST y Saudi Aramco. Se publicó en Nature el pasado 25 de marzo de 2026.
El sistema funciona así: en lugar de traer agua desde fuera, el equipo extrajo el fluido que ya existía en la formación volcánica, lo cargó con CO2 disuelto y lo reinyectó en el subsuelo a través de un segundo pozo situado a 130 metros de distancia. El agua recorre el circuito cerrado sin necesidad de fuentes externas.
El sitio elegido para el experimento fue Jizan, en el oeste de Arabia Saudí, una zona que concentra grandes emisores industriales (refinerías de petróleo, plantas de desalinización) pero que carece de los acuíferos salinos necesarios para el almacenamiento convencional de CO2.
Los basaltos volcánicos del Grupo Jizan, con entre 21 y 30 millones de años de antigüedad, resultaron ser el sustrato ideal para que se produzcan las reacciones de mineralización.
Así fue el experimento: 131 toneladas de CO2 inyectadas y 10 meses de seguimiento
El equipo perforó cinco pozos verticales de entre 100 y 1.000 metros de profundidad. La inyección de CO2 arrancó el 31 de mayo de 2023 y se prolongó hasta el 7 de julio de ese año, con el agua circulando entre los pozos otros diez meses más. En total se introdujeron en el subsuelo 131 toneladas de CO2.
Los análisis de los fluidos extraídos del pozo de producción, monitorizados a diario, revelaron que el CO2 reaccionaba con los silicatos del basalto para formar minerales de carbonato estables: calcita, ankerita y siderita.
Dos trazadores químicos independientes (fluorescena sódica y hexafluoruro de azufre) confirmaron que el 70% del CO2 inyectado quedó mineralizado en diez meses, fijado permanentemente en la roca.
El descenso de la concentración de carbono inorgánico disuelto en el agua fue la prueba más directa del proceso.
Al salir del pozo de producción, el fluido registraba una concentración de CO2 un 90% inferior a la del agua inyectada, lo que deja pocas dudas sobre la magnitud de la reacción química en el subsuelo.
¿Por qué el método desarrollado en Islandia elimina el riesgo de fuga?
Una de las ventajas que los investigadores destacan frente a la captura y almacenamiento de carbono convencional es que el CO2 disuelto en agua es más denso que el agua sin CO2.
En otras palabras, más simples, esto significa que el fluido inyectado tiende a hundirse, en lugar de ascender hacia la superficie como ocurre con el CO2 supercrítico que se usa en los métodos tradicionales. Así, el riesgo de que el gas escale y regrese a la atmósfera queda así minimizado.
Otro factor favorece la seguridad del sistema: la presión de inyección requerida se sitúa entre 12 y 14 bar, entre ocho y 16 veces menos que la necesaria en el almacenamiento convencional. Eso reduce el consumo energético del proceso y su coste operativo.
Los autores del estudio, liderados por Eric H. Oelkers desde el Instituto de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Islandia en Reikiavik, insisten en que la tecnología es complementaria a la reducción de emisiones, no un sustituto.
La inmensa capacidad de almacenamiento de CO2 en Jizan
Las estimaciones del equipo sobre el potencial de la región son considerables. Los basaltos del Grupo Jizan podrían albergar hasta 4,2 gigatoneladas de carbono mineralizado si la tecnología se escala con una infraestructura de múltiples pozos interconectados.
Para situar esa cifra: las emisiones anuales de CO2 de toda España rondan las 250 megatoneladas.
El piloto de Jizan no es el primer experimento de mineralización de CO2 en basaltos: Islandia había desarrollado esta línea de investigación previamente en su propio territorio, con el proyecto CarbFix.
La diferencia ahora es haber demostrado que funciona sin acceso a agua superficial y en una geología más antigua y alterada que la islandesa, lo que amplía enormemente el catálogo de regiones donde la tecnología podría aplicarse.
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