China obra el milagro y rescata una técnica de la II Guerra Mundial para reducir su dependencia del petróleo
La dependencia del petróleo es una de las vulnerabilidades más grandes de China y eso se puede apreciar en los detalles de sus importaciones. En 2024, sus compras de crudo en el exterior superaron los 500 millones de toneladas, una cifra que la expone a la volatilidad de los mercados internacionales y, en especial, a las decisiones de otros actores geopolíticos.
Y claro, reducir esa dependencia es lo que más anhela el Estado chino. Para ello, Pekín ha recuperado un proceso químico con casi un siglo de historia, lo ha escalado industrialmente y lo ha incluido en su XV Plan Quinquenal (2026-2030) como una cuestión de seguridad nacional.
¿Cuál es la técnica de la II Guerra Mundial con la que China quiere reducir su dependencia del petróleo?
La técnica que lleva el hilo conductor de este artículo pasa por convertir carbón (un recurso del que China tiene reservas propias enormes) en los mismos compuestos que normalmente se obtienen del crudo: plásticos, fibras sintéticas y derivados industriales de todo tipo.
El proceso se conoce como «Fischer-Tropsch» y lleva ese nombre por los dos químicos alemanes que lo desarrollaron en la década de 1920: Franz Fischer y Hans Tropsch.
Su principio es relativamente sencillo. Al gasificar carbón, se obtiene una mezcla de monóxido de carbono e hidrógeno que, sometida a catalizadores metálicos en condiciones de alta temperatura y presión, produce hidrocarburos sintéticos. Esos hidrocarburos son los mismos compuestos básicos que el petróleo proporciona de forma natural.
La Alemania nazi industrializó el proceso durante la Segunda Guerra Mundial para compensar la escasez de crudo. En 1944, el año de mayor producción, nueve plantas en el Valle del Ruhr generaban alrededor de 25,5 millones de barriles de combustibles y otros derivados al año.
Con la derrota alemana y la llegada del petróleo barato de posguerra, la tecnología quedó en un cajón. Décadas después, la crisis energética de los años setenta la rescató brevemente en Sudáfrica (donde la empresa Sasol la industrializó para sortear las sanciones internacionales al régimen del apartheid), pero no tuvo continuidad global.
Y eso hasta que apareció China, que lleva ahora años aplicándola a escala creciente. En 2020, el sector químico del país consumió 155 millones de toneladas de carbón para este tipo de producción.
En 2024, esa cifra había subido a 276 millones, superando ya el consumo anual total de carbón de Estados Unidos.
¿Cómo funciona hoy la técnica y qué ha aportado China al proceso?
El proceso en sí no ha cambiado en sus fundamentos, pero los investigadores chinos han logrado una mejora relevante en el plano medioambiental.
El problema clásico de la síntesis de Fischer-Tropsch era la generación de dióxido de carbono como subproducto. En este sentido, hay que aclarar que las formulaciones tradicionales producían alrededor de un 30% de CO₂.
Científicos del país han conseguido reducirlo a menos del 1% añadiendo cinco partes por millón de bromuro de metilo al proceso catalítico, un ajuste que, según describen los propios investigadores, «apaga quirúrgicamente» la ruta química que genera ese gas.
Para la suerte de la minería china, esa mejora ha acelerado la inversión. La minera China Shenhua Energy duplicó en 2026 su presupuesto destinado a la conversión de carbón en productos químicos, de 2.500 a 4.100 millones de yuanes.
Por su parte, en Xinjiang, el proyecto de Turpán está construyendo la que será la mayor instalación del mundo para convertir carbón en etilenglicol, con una capacidad prevista de 2,4 millones de toneladas anuales.
En total, China tiene 36 proyectos industriales aprobados en este ámbito, de los cuales alrededor de veinte ya están operativos, con una capacidad combinada que supera los 24 millones de toneladas al año.
El dilema que enfrenta China al emplear la técnica Fischer-Tropsch: ¿Y qué hacemos con las emisiones?
La estrategia es rentable desde el punto de vista económico siempre que el precio del barril de crudo esté por encima de los 35 dólares. Con el petróleo oscilando entre los 70 y los 80 dólares actuales, el margen es amplio. El problema está en las emisiones.
Por cada tonelada de plástico producida mediante este proceso, se generan entre el doble y el cuádruple de gases de efecto invernadero que en la petroquímica convencional.
China ha asumido el compromiso de alcanzar la neutralidad de carbono antes de 2060, y este tipo de industria choca con ese objetivo. El XV Plan Quinquenal prevé reducciones de intensidad de carbono del 17%, pero al mismo tiempo proyecta que las emisiones brutas del sector crezcan entre un tres y un seis por ciento en ese mismo periodo.
Y no hay mucho más para agregar… La tensión es real, y Pekín ha decidido asumirla. China prefiere pagar ese coste climático antes que mantener una dependencia del petróleo que considera un punto de presión en manos ajenas. El carbón está en casa; el petróleo, no.