Magyar: los europeos quieren estar juntos

Hungría, Magyar
  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

La caída de Viktor Orbán en las elecciones húngaras del 12 de abril de 2026, tras 16 años en el poder, ha generado un debate intenso en toda Europa. Para muchos en Bruselas y en la izquierda española, representa un triunfo claro contra el populismo iliberal y un alivio para la cohesión de la Unión Europea. Sin embargo, una lectura más atenta del resultado, tal como explica el artículo de Charles Lane en Persuasion, sugiere que la realidad es más matizada y menos triunfalista de lo que celebran algunos. Los húngaros no castigaron tanto su línea soberanista en migración o su escepticismo hacia ciertas políticas verdes, sino la corrupción endémica, la estancación económica, los servicios públicos deteriorados (sanidad y educación en estado lamentable) y el exceso de belicosidad antieuropea.

El gran beneficiado ha sido Péter Magyar, un ex insider de Fidesz de 45 años que abandonó el partido hace dos años por un escándalo. Su victoria con el partido Tisza ha sido aplastante: mayoría de dos tercios en el Parlamento. Magyar no es el «liberal progresista» que algunos medios y políticos españoles han querido vender. Es un conservador moderado que quiere controlar fronteras, promete endurecer aún más las políticas contra la inmigración ilegal (incluyendo acabar con programas de trabajadores temporales de terceros países), evita temas culturales como el Orgullo LGTBI y, de momento, se muestra cauteloso con la guerra en Ucrania: y no apoyará una adhesión acelerada de Kiev. Su principal bandera ha sido la anticorrupción, la mejora de los servicios públicos y la normalización de relaciones con la UE para desbloquear fondos congelados. En resumen, desmantela el «sistema Orbán» ladrillo a ladrillo, pero desde la derecha, no desde la izquierda.

Esta dinámica es precisamente lo que hace interesante el caso húngaro. Orbán desplazó tanto al centro político hacia la derecha que las fuerzas liberales progresistas prácticamente desaparecieron. El único espacio viable para derrotarlo era desde un conservadurismo pragmático que recogiera las preocupaciones legítimas de los votantes (seguridad, identidad, rechazo a cuotas migratorias) sin los excesos corruptos ni un innecesario aislamiento internacional. Magyar lo ha logrado apelando tanto a votantes urbanos cosmopolitas como a los conservadores rurales. Es una lección que la izquierda europea, incluida la española, debería meditar: el antídoto al populismo nacionalista no pasa necesariamente por más progresismo cultural, sino por una centro-derecha creíble que gestione con eficacia.

Desde la perspectiva europea, el cambio puede facilitar una mayor unidad. Podemos suponer que Hungría dejará de vetar por principio las ayudas a Ucrania y se alineará más con la línea mayoritaria de la UE y de la OTAN. Esto reduce fricciones internas en un momento en que la agresividad de la administración Trump y la guerra en Ucrania —país vecino de varios Estados miembros— han reforzado, paradójicamente, el sentido de casa común entre los Veintisiete. Además, el arrepentimiento británico por el Brexit es cada vez más evidente: recientes encuestas muestran que entre el 55% y el 58% de los británicos consideran que fue un error salir y muchos apoyarían un regreso, aunque sea gradual o disfrazado de acuerdos profundos en mercado único y unión aduanera. La UE parece, para muchos, el «lugar natural» del Reino Unido en un mundo inestable.

Sin embargo, sería ingenuo pensar que la derrota de Orbán supone el fin del escepticismo soberanista en Europa. Magyar no es un federalista entusiasta; defenderá los intereses húngaros con firmeza, especialmente en inmigración y fondos. El populismo no desaparece por un cambio de gobierno: responde a problemas reales como la inmigración descontrolada, la pérdida de control democrático ante burocracias supranacionales o el impacto económico de ciertas transiciones verdes. Si la UE no aborda estas preocupaciones con pragmatismo, nuevos líderes «Orbán-like» surgirán en otros países.

Los socialistas españoles y parte de la izquierda celebran la caída de Orbán principalmente por su cercanía a Trump y su desafío constante a Bruselas. Pero Magyar no encaja en su relato de «victoria liberal». Es un conservador proeuropeo pragmático que prioriza la lucha contra la corrupción y la eficiencia económica sin renunciar a posiciones firmes en fronteras y cultura. En este sentido, su triunfo puede ser saludable: obliga a la UE a demostrar que puede ser más atractiva sin imponer uniformidad ideológica. Al final, la lección de Hungría es que los votantes premian al competente por encima de las batallas ideológicas eternas. Tanto para la derecha como para la izquierda europea, ignorar esta realidad sería un error estratégico. La Unión saldrá fortalecida si aprovecha este momento para reformarse con realismo, no con euforia partidista.

Lo último en Actualidad

Últimas noticias