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La dura infancia de Fernando Tejero que dejó sin palabras a los psicólogos: «No se puede expresar»

Fernando Tejero le pidió ayuda a un equipo de psicólogos

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A lo largo de su trayectoria pública, Fernando Tejero ha hablado de su oficio, de los personajes que lo convirtieron en un rostro imprescindible de la ficción española y también de las consecuencias de una popularidad tan intensa como prolongada.

Mucho menos habitual ha sido, sin embargo, que se detenga en los años previos a todo eso, en una infancia y una adolescencia marcadas por la ausencia, el desarraigo y el silencio.

La infancia de Fernando Tejero

Fernando Tejero no había cumplido todavía un año cuando su vida tomó un rumbo inesperado. La enfermedad de su madre obligó a tomar una decisión urgente y, en principio, temporal: el niño fue llevado a casa de una tía abuela, en la Córdoba de los años sesenta. Lo que iba a ser una solución provisional se fue prolongando sin una fecha clara de regreso, hasta convertirse en algo definitivo. Ese «un tiempo más» que se repetía de forma casi automática acabó transformándose en catorce años de vida lejos del hogar de sus padres.

A efectos prácticos, esa casa fue su mundo. Allí creció, se educó emocionalmente y construyó un vínculo afectivo sólido con quienes ejercieron como figuras de referencia. No se trataba, según ha explicado, de una vivienda prestada ni de una etapa transitoria vivida con la sensación de estar de paso. Era su casa, el lugar donde transcurría su día a día y donde se sentía protegido.

En ese contexto, cualquier alusión a un posible traslado se vivía como una amenaza. La frase «te vas a ir con tus padres» funcionaba como advertencia y como castigo, un recordatorio de que el equilibrio podía romperse en cualquier momento.

El momento que lo cambió todo

Antonio Tejero en un evento. (Foto: Gtres)

Ese frágil equilibrio se rompe de manera abrupta cuando su tía enferma de cáncer. A los 14 años, Fernando Tejero se ve obligado a volver a la casa de sus padres. No es una elección ni una transición progresiva, sino una consecuencia directa de una situación que no admite alternativas. El propio actor ha resumido ese momento con una frase tan sencilla como contundente: «Esto me destroza».

El regreso marca un antes y un después. Empiezan los problemas en el colegio, la dificultad para adaptarse a un entorno que no siente como propio y una sensación persistente de no encajar en ningún sitio. La casa familiar no es un refugio, sino un espacio ajeno al que llega tarde, sin haber construido previamente los lazos que sostienen una convivencia emocionalmente estable.

A esa situación se suma otro elemento que ya estaba presente desde antes, pero que entonces se vuelve especialmente doloroso: la conciencia temprana de su homosexualidad. En un contexto social poco preparado para entenderla y mucho menos para aceptarla, esa realidad se vive desde la represión y el miedo. El bullying y la imposibilidad de expresarse con naturalidad dejan una huella profunda, tanto a nivel emocional como físico.

Un momento muy complicado

Las consecuencias de ese conflicto interno no tardan en manifestarse. Fernando Tejero empieza a tartamudear, pierde la voz en determinados momentos y acude a un logopeda para tratar de entender qué está ocurriendo. El diagnóstico no se centra en lo técnico, también toca lo emocional, y se resume en una frase que el actor no ha olvidado: «El niño no se puede expresar como es».

Ese bloqueo no era solo una dificultad del lenguaje, sino la traducción de un silencio impuesto durante años. La imposibilidad de ser, de decir y de mostrarse tal y como se sentía acabó convirtiéndose en un obstáculo cotidiano. La infancia y la adolescencia quedaron así atravesadas por una combinación de miedo, vergüenza y autocensura que condicionó su desarrollo personal.

Con el paso del tiempo, esa acumulación de experiencias se tradujo en una autoestima extremadamente frágil. El propio Tejero ha reconocido que varios de los psicólogos a los que acudió coincidieron en un diagnóstico tan duro como revelador: tenía «todas las papeletas» para acabar cayendo en adicciones.

El teatro, una vía de escape

Durante años, Fernando Tejero arrastró la duda sobre cuál era realmente su sitio. Había crecido en una casa que sentía como suya, pero que nunca terminó de serlo de forma oficial, y regresado a otra en la que no lograba reconocerse. Esa incomodidad se prolongó durante la adolescencia y los primeros años de juventud, marcando su forma de relacionarse con los demás y consigo mismo.

El teatro aparece pronto como una posible vía de escape. Desde niño participa en funciones escolares y, ya en la adolescencia, el contacto con los textos de Federico García Lorca le abre una puerta inesperada. En ese universo descubre una forma de expresión que le resulta casi mágica, un espacio donde lo que estaba prohibido o silenciado en la vida cotidiana podía encontrar voz sobre un escenario.

Esa intuición se consolida con el tiempo y termina de tomar forma cuando se traslada a Madrid. Allí, en un primer monólogo personal, se produce un punto de inflexión decisivo: verbaliza públicamente que es gay. Ese gesto, sencillo en apariencia, supone un acto de afirmación que cambia su relación consigo mismo. A partir de ese momento, empieza a sentir que puede ser quien es, sin esconderse.