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La reflexión de San Josemaría Escrivá sobre el trabajo: «Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo»

Entre otras cosas y trayectoria, San Josemaría Escrivá fue conocido por sus reflexiones y frases, como esta sobre el trabajo.

La reflexión de San Josemaría Escrivá sobre la santidad

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  • Francisco María
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Durante siglos se instaló en el imaginario colectivo la noción de que la vida espiritual requería cierta distancia del mundo cotidiano. Existía una frontera invisible, pero muy marcada, entre lo sagrado y las tareas prosaicas del día a día: la oficina, el taller, la cocina o el aula. Sin embargo, en la primera mitad del siglo XX, San Josemaría Escrivá formuló una intuición que rompería esa dicotomía de raíz, resumida en un tríptico que hoy sigue desafiando tanto a creyentes como a observadores del pensamiento cristiano: «Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo».A primera vista, la frase puede sonar a lema devocional o a una fórmula simplificada para tiempos de prisa.

No habla de añadir oraciones a la jornada laboral ni de interrumpir las tareas para hacer pausas piadosas, sino de transformar la naturaleza misma del esfuerzo humano.

La primera dimensión: santificar el trabajo

El primer peldaño exige una calidad técnica impecable. Para el fundador del Opus Dei, un trabajo mal hecho, mediocre o dejado a medias no se puede ofrecer a nadie, y mucho menos a Dios. No existe la posibilidad de compensar una baja competencia profesional con buenas intenciones espirituales.

Santificar la tarea implica cuidar el detalle fino, la hora de llegada, el remate de un informe o el trato con un cliente difícil. Es elevar el oficio, cualquiera que sea,a la categoría de obra bien hecha. Si eres carpintero, la mesa no debe tambalearse; si eres arquitecto, los cálculos deben ser exactos; si te dedicas a la limpieza, el rincón invisible debe quedar impoluto.

Desde esta perspectiva, no hay profesiones de primera ni de segunda categoría. Un alto directivo y un agricultor comparten exactamente la misma dignidad operativa: la diferencia no la marca el estatus ni el sueldo, sino la rectitud de intención y el amor volcado en la ejecución.

La segunda dimensión: santificarse en el trabajo

Aquí la mirada se desplaza del objeto producido hacia el sujeto que trabaja. La profesión deja de ser un mero medio de subsistencia o un escenario para el ego y se convierte en el taller donde se forja el carácter.

La impaciencia ante la lentitud de un compañero, el cansancio acumulado a última hora de la tarde o la tentación de atajar violando la ética profesional son las verdaderas batallas de esta espiritualidad. El trabajo no es una condena que hay que soportar hasta el fin de semana; es el lugar propio de encuentro con la propia vocación de servicio.

La tercera dimensión: santificar a los demás con el trabajo

El tríptico se cierra con su vertiente marcadamente social. Ninguna tarea se realiza en el vacío. Toda actividad humana se inserta en un tejido de relaciones interpersonales que impacta de manera directa en el entorno.»Un minuto de oración no basta para santificar ocho horas de trabajo defectuoso; pero ocho horas de trabajo bien hecho pueden ser una oración continua.»

Santificar a los demás no significa pronunciar discursos morales en la máquina de café ni avasallar a los colegas con argumentos teológicos. Se trata de contagiar una forma de estar en el mundo. Un profesional ejemplar, sereno, justo en sus juicios, que ayuda sin buscar el aplauso y que mantiene la calma en medio de la crisis, ejerce un atractivo silencioso pero irresistible.

Es el ejemplo del trabajo bien ejecutado el que abre puertas al diálogo y a la confianza mutua. Asimismo, esta dimensión incluye la responsabilidad social de las decisiones profesionales. Un trabajo que pisotea los derechos ajenos, que busca el beneficio fácil a costa de la honestidad o que destruye el entorno familiar, incumple de forma flagrante este tercer eje.

El peligro de la fragmentación

El riesgo más común al abordar esta enseñanza es intentar separar los tres elementos o dar prioridad a uno sobre los demás. Si solo se busca santificar el trabajo, se puede caer en un perfeccionismo estéril o en un profesionalismo obsesivo que rinde culto al éxito material. Si solo se pretende santificarse en el trabajo, se corre el peligro de replegarse en una piedad individualista que ignora la calidad real del producto y el servicio a los demás.

Si se intenta santificar a los demás sin cuidar los dos aspectos previos, la acción degenera en un proselitismo vacío que carece del respaldo de la coherencia personal. Los tres ejes funcionan como los arcos de una bóveda: se sostienen mutuamente. Quitar uno compromete la estabilidad de todo el edificio.

Una intuición plenamente vigente

Cuando San Josemaría comenzó a predicar estas ideas en la década de 1930, para muchos resultaban extravagantes o francamente heréticas. Se asumía que la santidad era patrimonio exclusivo de religiosos y sacerdotes. Tuvo que llegar el Concilio Vaticano II, décadas más tarde, para proclamar formalmente la llamada universal a la santidad en medio del mundo secular.

Hoy, en un entorno laboral marcado por la prisa, la digitalización y el fantasma del burnout, esta propuesta adquiere una frescura insospechada. No se trata de trabajar más horas, sino de trabajar con un sentido profundamente renovado.