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Cuáles son los cuatro Evangelios y qué cuenta cada uno: Mateo, Marcos, Lucas y Juan

Siempre hemos escuchado hablar sobre los Evangelios de la Biblia. Pero ¿sabemos cuántos y cuáles son, y qué cuenta cada uno?

Frase del Evangelio de Juan sobre la libertad

Jesucristo, según el Evangelio de Mateo

Jesucristo, según el Evangelio de Lucas

  • Francisco María
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Cualquiera que abra el Nuevo Testamento por curiosidad suele llevarse una pequeña sorpresa inicial. No nos encontramos ante una biografía corrida al estilo moderno, fría, cronológica y pulcra, sino frente a cuatro lentes distintas que enfocan una misma figura: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. La palabra «evangelio», rescatada del griego euangelion, significa simplemente «buena noticia». Ninguno de sus autores firmaba como un historiador contemporáneo que busca un archivo neutral; escribían con urgencia pastoral, intentando rescatar por escrito una memoria oral que empezaba a diluirse y que resultaba vital para las comunidades perseguidas del siglo I.

Juan es diferente

Los tres primeros textos, Mateo, Marcos y Lucas, comparten tantas frases, anécdotas y secuencias que los expertos los agrupan bajo el término de «sinópticos», sugiriendo que pueden leerse en paralelo sobre una mesa. Juan, en cambio, va completamente por libre, usando un tono poético y simbólico que parece flotar en otra frecuencia.

Lejos de ser obras hechas por encargo eclesiástico, hoy sabemos que nacieron en comunidades muy concretas, redactadas en griego koiné entre los años 60 y 100 de nuestra era. Cada una respondía a crisis muy humanas: persecuciones, dudas sobre el final de los tiempos o la necesidad de encajar la fe judía en un mundo grecorromano cada vez más escéptico.

Qué cuenta el Evangelio de Mateo

Mateo abre fuego con una obsesión que delata su público original: los judeocristianos. Necesita demostrar, cueste lo que cueste, que Jesús no es un improvisado, sino la pieza angular largamente esperada por las profecías del Antiguo Testamento.

Por eso arranca con una lista interminable de nombres y ancestros que conectan al nazareno directamente con Abraham y con el rey David. Al leerlo, uno percibe un orden casi escolar. El autor agrupa las enseñanzas de Jesús en cinco grandes bloques de discursos, guiñando el ojo sutilmente a los cinco libros de la Torá de Moisés.

Qué cuentan los Evangelios de Marcos, Lucas y Juan

Marcos

Marcos va al grano desde la primera línea. Sin rodeos, sin genealogías y sin historias de la infancia en belenes, arranca directamente en el río Jordán con un bautismo y nos mete de lleno en el polvo de los caminos de Galilea. Su estilo es áspero, rápido, casi atropellado; la palabra «inmediatamente» repiquetea constantemente en sus capítulos como un tambor militar.

Retrata a un Jesús profundamente humano que se cansa, se indigna con los fariseos y siente pánico ante la muerte en Getsemaní, rodeado por unos discípulos despistados que rara vez captan la profundidad de sus actos.

Lucas

Lucas cambia radicalmente de registro. Su prosa respira el pulso de un historiador culto, alguien que domina el arte de la pluma y escribe pensando en un público helenístico que jamás ha pisado Jerusalén. Su Jesús es la encarnación de la ternura universal. Con él, los márgenes cobran protagonismo: las mujeres silenciadas por la costumbre, los despreciados samaritanos, los recaudadores de impuestos corruptos y los enfermos crónicos ocupan el centro de la escena.

¿Cómo olvidar parábolas de una hondura humana tan brutal como la del Hijo Pródigo o la del Buen Samaritano? Lucas no duda en anclar los relatos de la fe en la intrahistoria del Imperio Romano, mencionando a césares y gobernadores para recordarnos que Dios irrumpió en el barro de la política real.

Juan 

Juan, por su parte, vuela a otra altitud. Su arranque es célebre: «En el principio era el Verbo…». Olvídate aquí de las parábolas costumbristas y de los exorcismos rápidos; Juan prefiere largos discursos teológicos y siete «signos» deslumbrantes que revelan destellos de divinidad pura.

El protagonista ya no oculta quién es; proclama solemnemente «Yo soy la luz del mundo» o «Yo soy la resurrección», utilizando un lenguaje simbólico riquísimo donde las tinieblas y la verdad batallan sin tregua. Es un texto escrito desde la madurez reflexiva, probablemente cuando los testigos presenciales ya peinaban canas.

Cuáles son las principales diferencias entre los cuatro Evangelios

La fractura más clara salta a la vista al poner los sinópticos frente a Juan. Mateo, Marcos y Lucas concentran casi toda la acción en la periferia norteña de Galilea, dejando el viaje a la capital para la recta final de la crisis pascual. Juan, en cambio, hace subir a Jesús a Jerusalén una y otra vez coincidiendo con las fiestas judías, estirando la cronología ministerial a lo largo de varios años.

Estas discrepancias no son erratas que invaliden los textos; al contrario, reflejan la riqueza de una tradición oral viva que se adaptaba a las heridas de cada audiencia.

Conservar cuatro voces tan distintas supuso aceptar que la figura de Jesús era demasiado inmensa para ser encerrada en una sola perspectiva, permitiendo que cada generación descubriera un matiz diferente.