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Opinión
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De Wall Street a Main Street

«No hay medio más sutil ni más seguro de subvertir la base existente de la sociedad que corromper la moneda», John Maynard Keynes

Como libertaria que soy, siempre me he posicionado a favor de la libre regulación del mercado y en contra del mercado especulativo y, por este motivo, siempre me he expresado en esta tribuna de opinión con una idea clara, y es que, desde la crisis financiera de 2008, los mercados financieros dejaron de ser un sistema de descubrimiento de precios para convertirse progresivamente en un sistema de administración de los mismos. Y no, esto no es para nada una afirmación ideológica; más bien es la consecuencia lógica de un cambio de régimen monetario.

Cuando estalló la quiebra de Lehman Brothers, los bancos centrales tomaron una decisión histórica, tal vez forzada y sin lugar a dudas controvertida: impedir la liquidación generalizada de los excesos acumulados durante la etapa de la burbuja inmobiliaria. Aquella decisión se justificó bajo el argumento de la estabilidad financiera y bajo el concepto de un malogrado too big to fail, cuando el G20 desfilaba como auténticas vedettes del poder sin saber qué hacer y rezándole al tiempo para que las cosas se solucionaran solas.

¡Hay que refundar el capitalismo!, dijo Nicolas Sarkozy. Con mucha intención y nula credibilidad, el ex presidente francés dejó una sentencia más lapidaria que práctica, puesto que en realidad, en ese momento nació una nueva arquitectura económica que consistió en la socialización del riesgo financiero y la privatización de los beneficios.

La Reserva Federal, bajo la presidencia de Ben Bernanke, introdujo de forma masiva el quantitative easing. Técnicamente, consistía en la compra directa de activos financieros, principalmente deuda pública y titulizaciones hipotecarias, con dinero creado electrónicamente. La finalidad declarada era reducir los tipos de interés a largo plazo y restaurar el crédito. Aunque la idea en la teoría no era mala, el efecto real fue distinto: la intervención alteró el proceso natural de formación de precios y el banco central pasó a fijar el coste de capital en lugar del mercado.

Un ejemplo europeo es la intervención de Mario Draghi en 2012; tras su famoso “whatever it takes”, el Banco Central Europeo compró deuda periférica para frenar la sangría del mercado. El mercado es soberano y listo y, en el momento de máxima tensión financiera de los países de la periferia de Europa, lanzó un claro mensaje: o reformas estructurales o coste de financiación al 7,5%. Y ahí, entre troikas y hombres de negro, al pobre Rajoy no le quedó otra que comprometer sus promesas electorales para ejecutar apresuradamente la política de los recortes.

El populismo en la narrativa fue tal, que doce años después los podemitas siguen con el mantra izquierdista de los recortes, como si hubiera sido una elección política y no la obligación forzada que fue. Pero el BCE lo liberó. El efecto inmediato de la intervención fue la caída de las primas de riesgo, eliminando la presión del mercado sobre los Estados. Cuando el mercado dejó de exigir solvencia, las reformas desaparecieron y la señal de precios quedó absolutamente anulada. Ahí es donde el mercado dejó de pensar en lo productivo y se centró en lo especulativo. Y así, señores, fue como el BCE se convirtió en un crupier y las bolsas en un casino.

Aquí aparece el fenómeno que muchos interpretan erróneamente como capitalismo descontrolado y que en realidad no es capitalismo. Es un mercado condicionado por una garantía implícita del banco central. El inversor aprende una regla sencilla: ante cualquier caída relevante, la autoridad monetaria acudirá al rescate. A eso, los traders le llamamos la put de la FED. No es una ley escrita, pero es una expectativa absolutamente racional. 

La consecuencia es visible: la economía productiva avanza lentamente mientras los activos financieros suben de forma estructural, causando un desajuste social que, en lugar de generar prosperidad generalizada, crea inflación de activos. Y aquí el populismo y la ignorancia encuentran el confort para engordar sus narrativas.

Aquí entra el debate actual alrededor de Kevin Warsh, el futuro presidente de la FED. Su planteamiento histórico es muy claro: el tamaño del balance de la Reserva Federal distorsiona la asignación de recursos. Esta idea a mí me encanta, ya que tengo un sesgo importante hacia los gobernadores hawkish de la FED. Y lo tengo porque no me gusta la injusticia, ya que cuando el banco central sostiene los precios financieros, beneficia principalmente a los poseedores de activos. Y eso, amigos míos, es Wall Street. Una manada de ludópatas hambrientos de codicia que no ven absolutamente nada, más allá de los precios.

El trabajador, el pequeño empresario o el ahorrador —Main Street— no reciben ese beneficio de la inflación de activos. Al contrario, reciben inflación en bienes reales, vivienda inaccesible y salarios reales estancados. Y aquí entra mi teoría sobre la designación de Kevin Warsh. La hipótesis interesante es la siguiente: ¿un banco central puede simultáneamente reducir balance y bajar tipos? Bajo mi punto de vista, esta idea no es contradictoria, puesto que en realidad son herramientas distintas.

¿Por qué? Vayamos por partes. Reducir el balance significa dejar de intervenir en la valoración de activos financieros y permitir que los bonos y las acciones vuelvan a encontrar su precio. Eso perjudica al mercado especulativo porque elimina la liquidez estructural y la purga de la sobrevaloración de activos sería de impacto. De hecho, es lo que ya está pasando en este arranque de 2026, con caídas de entre un 40-70% en múltiples activos tecnológicos o Bitcoin. Bajar tipos, en cambio, abarata el crédito bancario directo a empresas y familias. Es una política que favorece totalmente a la economía productiva y en especial al consumo. El resultado sería un cambio de incentivos: menos apalancamiento financiero y más actividad real.

La nominación señalada por Donald Trump no es incoherente si se entiende esta lógica. Trump busca un crecimiento económico real y no necesariamente necesita un mercado bursátil permanentemente inflado. Lo que necesita es inversión, empleo y crédito productivo. Un presidente de la Fed dispuesto a reducir su balance podría aceptar correcciones bursátiles relevantes. La liquidación de excesos no sería para nada un fallo del sistema, sino el restablecimiento natural y necesario de la señal de precios.

La cuestión es si un banco central será capaz de soportar políticamente ese proceso, porque la caída de los activos siempre genera presión social y mediática, y la política monetaria moderna se ha convertido en una política de manipulación social. Cuando un banco central compra deuda pública, hace trampa. Por un lado, eleva el precio de los bonos. Al subir el precio, cae la rentabilidad exigida. Al caer la rentabilidad, el Estado puede endeudarse sin coste aparente. El mercado deja de exigir ajustes fiscales y la disciplina desaparece. Este ciclo le encanta al estatismo moderno. Pero el problema no es solo financiero, es institucional, puesto que si el precio del dinero transmite información sobre la escasez de ahorro, si esa información es falsa, entonces las decisiones económicas también lo serán.

El ciudadano percibe un fenómeno contradictorio, puesto que se le dice que el mercado es inestable y peligroso, pero simultáneamente se manipula a Mr. Market para evitar que actúe. Posteriormente, se culpa al mercado de las distorsiones generadas por la intervención. Pero la cuestión relevante no es si el mercado caerá; yo creo que la cuestión realmente importante es si se permitirá que vuelva a autorregularse.

El intervencionismo monetario ha creado una narrativa política cómoda, que consiste en culpar al mercado de los efectos de la intervención. La sociedad vive en un entorno de polarización donde se discuten ideologías, pero rara vez se discute la naturaleza del dinero. La ignorancia en materia económica permite algo muy peligroso: demonizar el mercado mientras se depende completamente de su funcionamiento.

Un sistema económico no puede basarse indefinidamente en precios administrados. Cuando el dinero deja de reflejar la realidad, la economía deja de asignar recursos eficientemente. Y cuando la sociedad pierde los mecanismos en la fijación de precios, pierde también la capacidad de coordinar decisiones libres. Y es que el verdadero debate no es quién dirige la Reserva Federal. Es si estamos dispuestos a permitir que el mercado vuelva a enviar señales reales, aunque sean incómodas. Porque el problema nunca ha sido el libre mercado, sino que el problema siempre ha sido impedir que funcione.

Gisela TurazziniBlackbird Bank Founder CEO.