El sultán Mohamed, ausente de la derrota de su selección
Los marroquíes esperaban asistir a la victoria de su selección de fútbol en la final de la Copa Africana de Naciones frente a la de Senegal. Y después de un partido lleno de irregularidades y de faltas de deportividad por parte de los marroquíes (cometidas sin que el árbitro las cortase), los senegaleses ganaron por un gol en la prórroga. La irritación de los marroquíes fue tal que el hermano del rey Mohamed, el príncipe Moulay Rachid, se negó a entregar el trofeo a los vencedores. En algunos casos se pasó al delirio, como el diputado Mohamed Simou, del partido gobernante, que en el Parlamento acusó a los senegaleses de emplear magia negra para que el jugador Brahim Díaz fallase un penalti y pidió la detención del árbitro, Jean-Jacques Ngambo Ndala.
La Copa Africana, jugada entre diciembre y enero, ha sido el mayor acontecimiento deportivo organizado por Marruecos, que en 2030 acogerá (no sabemos por qué razones) la Copa del Mundo de fútbol, junto con España y Portugal, y, como remate pretende que la final se juegue en su territorio, en Casablanca, en vez de en Madrid.
Lo visto el domingo 18, con una violencia fomentada por las autoridades contra los jugadores y los ciudadanos senegaleses, debería perjudicar esas aspiraciones; pero todos sabemos que la FIFA, cuyo presidente, Gianni Infantino, soportó el desaire principesco, no toma decisiones basadas en reliquias como el bien común, la dignidad y el respeto. También sabemos que Marruecos cuenta a su favor para obtener la final con amplios recursos financieros, los mismos que le han permitido preparar esta edición de la Copa Africana de Naciones y gracias a los cuales daba por seguro que ganaba el título. Estropeó el plan el hecho de que cada partido lo juegan once contra once, mientras que los ensobrados se quedan en sus despachos.
Con todos los marroquíes, vivan donde vivan, pendientes de la competición, ha llamado la atención la ausencia, desde el partido inaugural el 21 de diciembre, a la final, de Mohamed VI, a quien sus súbditos vieron por última vez el 5 de noviembre, en Abu Dabi. Al día siguiente de la derrota, se limitó a enviar un mensaje de consuelo a los «leones del Atlas», que la sujeta prensa marroquí difundió con fruición. Lo insólito es encontrar a este rey en su país-finca.
En 2022, según publicó Le Monde, el sultán estuvo más de 200 días en el extranjero. Y no se trata de un monarca parlamentario, como los europeos, sino uno que tiene reservado constitucionalmente el nombramiento de varios ministros. Su mala salud, o su pésima educación, han hecho que dé plantón a varios visitantes extranjeros, como Pedro Sánchez, que viajó con varios ministros a Rabat en febrero de 2023. El socialista tuvo que conformarse con hablar con el déspota por teléfono.
Los lugares «de reposo» preferidos por Mohamed son su palacio parisino, que le costó 80 millones de euros, y otra residencia lujosísima en la península de Pointe-Denis, en Gabón. En este país, hasta el golpe de estado de agosto de 2023, tenía la amistad y protección de Alí Bongo, amigo de la infancia y peculiar rey de esa república francófona del África ecuatorial (él y su padre Omar gobernaron ininterrumpidamente 56 años).
Semejante costumbre afectó a su menguado prestigio como «rey de los pobres» cuando, en septiembre de 2023, se produjo un potente terremoto en Marrakech que mató a unas 2.300 personas, y se descubrió que él se hallaba fuera del país, no se sabe si de viaje de negocios o de placer, porque la casa real alauita no suele dar explicaciones al mundo.
Sin embargo, a principios de enero el médico real detalló que el monarca, de 62 años, sufre «una lumbosciatalgia mecánica, asociada a una contractura muscular, sin ningún signo de gravedad», pero que, a causa de los dolores, le ha prescrito reposo, el cual, como vemos, cumple a rajatabla. Así se justificaba que no acudiera a los partidos de la selección marroquí.
Los españoles podemos reírnos del berrinche de los marroquíes, de su racismo (contemplado por todo el continente africano), y de la salud de su jefe de Estado, aunque obraríamos mal. No sólo porque Rabat obliga al gobierno del socialista Sánchez a plegarse a sus deseos en el contencioso del Sáhara y a darle cientos de millones mediante subvenciones para la agricultura o los puertos, sino porque, también, se está convirtiendo en imprescindible para Estados Unidos e Israel en la puerta del Mediterráneo, en lugar de España. Marruecos sabe sacar beneficios de su posición geográfica, que es inferior a la de España.
El primer ministro, Aziz Akhannouch, nombrado para el puesto por Mohamed VI en 2021, anunció con satisfacción en el Foro de Davos el 20 de enero que Marruecos participará con militares por invitación del presidente Trump en la Fuerza Internacional de Estabilización en Gaza para entrenar y apoyar a las fuerzas policiales palestinas y acabar de desarmar a Hamás. A la vez, Akhannouch, cuya fortuna se calcula en más de 1.500 millones de euros, insiste ante el gobierno de Estados Unidos en la petición de reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
Nos tememos que el Gobierno y las élites españolas no tengan más planes para la cercana muerte de Mohamed VI que los de asegurar la rentabilidad de sus negocios y mantener bajo llave sus secretos al otro lado del Estrecho.
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