Sánchez, rehén de Marruecos, vende España

Hay países que construyen su prestigio sobre la fortaleza de sus instituciones. Otros lo hacen sobre la solidez de sus fronteras. Y luego está España, capaz de desplegar un ejército de inspectores para comprobar si una terraza invade veinte centímetros de acera y si fuman los turistas o no, mientras miles de personas cruzan una frontera exterior de la Unión Europea en apenas unas horas. El Estado mide las terrazas al milímetro, pero las fronteras por kilómetros.
La imagen de Ceuta no es sólo la de una crisis migratoria. Es la fotografía de un Estado –el de Pedro Sánchez– que vuelve a llegar tarde. Según los datos facilitados por el Ministerio del Interior, más de 60.000 personas accedieron a la ciudad autónoma en apenas veinticuatro horas, una cifra sin precedentes que desbordó a la Guardia Civil, a la Policía Nacional y a unos servicios públicos incapaces de absorber semejante presión. El Ejército llegó después. Siempre después, no por ellos, por este Gobierno de La Mareta. Como el extintor que aparece cuando la casa ya arde, así llega esta gente que dirige nuestro país.
No se trata de culpar a los militares, que cumplen con profesionalidad la misión que les encomienda el Gobierno. La pregunta es otra: ¿por qué siempre actúan cuando el problema ya es irreversible? ¿Dónde estaba la prevención? ¿Dónde la inteligencia diplomática? ¿Dónde la capacidad de anticipación que se exige a cualquier Estado serio?
Porque conviene recordar algo que demasiadas veces se olvida. Marruecos no es un país cualquiera para España. Nuestra relación está escrita con siglos de historia, conflictos, cooperación y tensiones permanentes. Tras el Protectorado español en el norte de Marruecos, la independencia de 1956, la pérdida de Ifni, la Marcha Verde de 1975, los Acuerdos de Madrid, la crisis del islote Perejil en 2002 y la avalancha migratoria de Ceuta en 2021, cualquiera diría que España ya debería haber aprendido una lección elemental: Rabat entiende perfectamente el valor estratégico del control migratorio y doblega a Sánchez.
Y juega esa carta cuando considera que le conviene.
No hace falta recurrir a teorías extravagantes. Basta observar los hechos. Cuando Marruecos refuerza sus controles, las salidas disminuyen de forma drástica. Cuando esos controles se relajan, la presión sobre Ceuta, Melilla o Canarias aumenta de manera casi inmediata. La frontera migratoria se ha convertido desde hace años en un poderoso instrumento diplomático.
En este contexto resulta inevitable recordar otro episodio que marcó un antes y un después en las relaciones bilaterales: el giro del Gobierno de Pedro Sánchez sobre el Sáhara Occidental. España administró aquel territorio durante décadas y el Sáhara llegó a ser una provincia española. En 2022, el Ejecutivo decidió respaldar el plan marroquí de autonomía como la propuesta «más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto. Fue un cambio histórico de la política exterior española que buscaba recomponer las relaciones con Rabat no sé si por móviles o por Pegasus.
Las imágenes de Ceuta parecen responder por sí solas. Mientras tanto, la ciudad autónoma afronta una presión enorme sobre hospitales, centros de acogida, cuerpos policiales y servicios sociales. No hace falta exagerar para describir la realidad. Basta pasear por sus calles para comprender que una ciudad de poco más de 80.000 habitantes difícilmente puede absorber en horas una entrada masiva de decenas de miles de personas sin que todo el sistema se resienta.
Y, sin embargo, el debate político vuelve a refugiarse en el lugar donde más cómodo se siente: el relato. Hasta la ministra de Interior de Finlandia, Mari Rantanen, ha apoyado este viernes a la presidenta italiana Giorgia Meloni en pedir excluir a España del espacio Schengen.
Pedro Sánchez, el peor presidente de la historia de España, lleva años demostrando una capacidad extraordinaria para regular hasta el último detalle de la vida cotidiana de ciudadanos y empresas. Se debate con pasión sobre si se podrá fumar o no en una terraza, aunque devoremos el turismo y sin ninguna credencial científica por parte de Mónica García. Se incrementan las obligaciones burocráticas de los autónomos. La hostelería, uno de los motores del turismo —la verdadera locomotora económica del país— soporta tasas municipales por ocupar la vía pública, inspecciones constantes y un entramado regulatorio cada vez más complejo. Pero no se entera de que nos agreden desde Marruecos.
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