Opinión

Y Sánchez pide a los españoles «que confíen en él»

«El tiempo da y quita razones» es un aforismo que en base a la experiencia suele ser acertado, por lo que algunos otorgan al tiempo la categoría de «juez insobornable». Hoy es 11 de marzo (11M), una fecha que no precisa de más aclaración, pues hace referencia a lo sucedido tal día como hoy hace exactamente 20 años: el mayor atentado terrorista de la Historia de España y en su día el mayor de Europa, con 193 personas asesinadas y miles de víctimas. No han sido necesarios los 20 años transcurridos desde aquella trágica jornada para reconfirmar la autoría material a cargo del yihadismo radical, aunque no la autoría intelectual. En cambio, estas dos décadas sí han sido útiles para, con la perspectiva y la experiencia de ese insobornable juez, acreditar que el PSOE fue el gran beneficiado político inmediato de aquella tragedia. También da la razón a quienes, ante la actuación de Sánchez, están de acuerdo en que «España no se merece un Gobierno que les mienta», con la excepcionalidad de que el actual está apoltronado en ella.

No es fácil encontrar un precedente comparable a lo que está sucediendo con absoluto descaro ante nuestros ojos: nada menos que un dirigente político significativo, que lideró un golpe de Estado desde una institución tan relevante como la Generalitat de Cataluña y que huyó escondido en el maletero de un coche para no asumir su responsabilidad ante la Justicia, ahora esté ostentando en sus manos el Gobierno de España. No hay palabras para calificar la magnitud de la corrupción política que supone el intercambio de su integral amnistía, prácticamente redactada por él mismo, a cambio de permitirle al PSOE sanchista seguir en el Gobierno.

Al margen de la constitucionalidad o no de la medida -que es indudable cómo se consideraría ante el actual TC en caso de que se recurriera-, lo que es políticamente deleznable es el negocio de sumisión en que coloca a España, en una situación de subordinación insólita ante el secesionismo. Este jueves, si Puigdemont «no cambia de opinión» como su súbdito Sánchez, se consumará una felonía en el Congreso de los Diputados que sin duda ya está en nuestra peor Historia nacional. No nos cansaremos de repetirlo porque tenemos que evitar que el tiempo -juez insobornable- convierta lo sucedido en algo que hay que asumir como propio y normal de una aritmética parlamentaria endiablada. Por fortuna tenemos dos meses hasta que esa infausta norma vea la luz en el BOE, sancionando formalmente la desaparición del principio de igualdad ante la ley de todos los españoles y la división de poderes, concentrados en La Moncloa y gestionados por el autofelicitado Bolaños. Esos dos meses deben ser aprovechados en los parlamentos, en los tribunales y en la calle en favor de la causa de la dignidad de España y su democracia.

Ante el rechazo a la amnistía por una parte muy cualificada de españoles, Sánchez se ha atrevido nada menos que a pedir que «confíen en él» para demostrarles será muy positiva para España y que conseguirá una nación «más fuerte». Estas palabras entrañan tal falta de respeto hacia los españoles, que sólo siembran la duda de si les toma por tontos o es él quien está tan sumido en una psicopatía que confunde sus deseos con la realidad. Acreditado el descriptible valor de su palabra, es inconcebible que se atreva a pedir que se fíen de su persona y que le den un voto de confianza a esta amnistía y a Puigdemont.

Este repugnante asunto de corrupción política viene acompañado de otro caso de corrupción económica a su nivel. Es una acertada definición la que califica a ambos como «las dos caras de la moneda del sanchismo». La Koldosfera es ciertamente el caso PSOE, una nítida fotografía del partido surgido de unas Primarias ganadas por un equipo de Sánchez que tenía a Ábalos, Cerdán y Koldo como colaboradores de su máxima confianza. Con mimbres de tal calidad no es extraño lo que sucede. Pero no hay que dar esta batalla por perdida. Todo lo contrario.