Rufián, el niño mimado de Junqueras
Parece mentira que, con la que está cayendo, Junqueras no haya desautorizado todavía a Gabriel Rufián. El lunes fue la número dos del partido, Elisenda Alamany, la que marcó distancias, pero con la boca pequeña. «Nos presentaremos a las generales con las siglas de ERC», dijo en rueda de prensa tras la reunión de la dirección. ¿Y ya está?
A mí, Alamany ya no me inspira confianza porque en un par de meses la vi pasar de portavoz de los Comunes en el Parlament a diputada rasa, luego en el Grupo Mixto y finalmente recalar en Esquerra tras fundar un partido fantasma.
Oriol Junqueras se agarró a ella durante las primarias porque es mujer y otras candidatas habían firmado un manifiesto en contra suya. Incluida Ester Capella. A pesar de que luego ha acabado de portavoz en el Parlament. Las contorsiones de la política catalana.
El caso de Rufián es, sin embargo, todavía más grave porque lleva semanas haciéndose el remolón al margen del partido. De hecho, ha llegado hasta a votar diferente en el Congreso. Y eso que es el presidente del grupo parlamentario. Sin que el comité de garantías —o como se llame en Esquerra— le haya abierto siquiera expediente. Sí, ya sé que es amigo de Oriol Junqueras. De hecho, a su segunda boda con la periodista del PNV Marta Pagola asistieron él y Joan Tardà, otro que tal.
Pero el líder de ERC debería saber a estas alturas que, en política, no hay amigos. Hay aliados o rivales; no una categoría intermedia. Gabriel Rufián ha decidido, pues, emprender su propio camino. Entre otras razones, para evitar un batacazo en las próximas generales. O tener que pasar por un proceso de primarias. No está el horno para bollos.
Cuesta creer que el 42% de los militantes de ERC que votaron en contra de Junqueras vayan a votarlo de cabeza de lista. Una plaza, por otra parte, que lleva ocupando ininterrumpidamente desde el 2016. A casi 140.000 euros al año, imaginen lo que habrá ahorrado en una década.
Además, está quemado. Y él lo sabe. En octubre del 2019 ya fue abucheado en una manifestación contra la Policía. Han pasado más de siete años desde entonces. O sea que el malestar debe haber ido a más.
No en vano, se ha dejado su credibilidad por el camino. Fue él el que acusó a Puigdemont de ser un Judas con el famoso tuit de las «155 monedas de plata». O él que proclamó que “en 18 meses dejaré mi escaño para regresar a la República Catalana» en diciembre del 2015. Ha pasado más de una década.
Por eso, lo de Rufián no es un proyecto político, es una salida personal para continuar viviendo en Madrid. Tanto criticar el «Reino de España» o al «Estado opresor» para acabar así.
Aunque, evidentemente, no dice que le gustaría encabezar la candidatura. Como Artur Mas, que iba sexto en la lista de Junts pel Sí del 2015. Pusieron a Raül Romeva de número uno para disimular. Al ex eurodiputado de Iniciativa se le subieron los humos y afirmó en una entrevista que no estaba escrito que Mas tuviera que ser el candidato a la Generalitat. Rápidamente le dieron un toque.
Lo peor de todo es que demuestra que muchos se apuntaron al procés para medrar. Gabriel Rufián es el caso más paradigmático, pero no el único. Rull y Turull llevan más de cuarenta años en la política. Y son los dos máximos responsables de que Carles Puigdemont no convocara elecciones anticipadas en vez de lanzarse al vacío.
No lo hicieron por Cataluña, lo hicieron por ellos. Si hubiera ganado Esquerra, como era previsible en este caso, se les hubiera acabado el chollo. El proceso no iba de independencia, iba de pasta. Algunos lo dijimos desde el principio. Nos llamaron de todo. Los hechos, y lo digo con pesar, nos están dando la razón.
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