Para los que no lo celebraron
Frente a la inmensa mayoría de españoles que saltaron de alegría cuando Ferran conseguía el gol de España y que volvieron a hacerlo, ya de forma desatada, cuando el trencilla esloveno pitó el final del partido; frente a los que todavía tienen en sus retinas la imagen de Rodri levantando la Copa delante de una inmensa bandera nacional (aunque también salga en la foto el mastuerzo de Donald Trump); frente a los que se metían en la cama de madrugada con las gargantas rotas y que celebraron con los jugadores toda la tarde-noche de ayer, en directo o por televisión, en las calles de Madrid. Frente a todos esos españoles, decimos que quizá desde el domingo son un poco más felices; hay un grupo de compatriotas a los que el final del Mundial les ha fastidiado, dependiendo del tamaño de su vileza, entre un poco y un mucho.
Pensemos, en primer lugar, en todos los independentistas que han encontrado su razón de existir en ponerse en contra de España y que siempre tienen un odiador de guardia para recordárnoslo. En esos vasquitos y nesquitas a los que les sobraban las pantallas porque a esa hora tenían que ver su serie preferida, por supuesto en euskera; y en esos que son su vertiente más radical y que se comportan como lo que parecen: células activas del terrorismo callejero de ETA. Ah, perdón, que se me olvidaba que ETA ya no existe; es verdad, se permitió el lujo de desaparecer imponiendo como legado vencedor su criminal intolerancia.
También en esos otros que, en vez de celebrar la victoria de los jugadores españoles del Barça, siguen celebrando el dictamen del TJUE con el que, en vez de apoyar la ilusoria reconciliación, confirman que, según las propias palabras de los amnistiados, han doblegado al Estado y han dejado el campo abonado para plantar la futura y definitiva secesión supremacista. Muy coincidente con ese grupo resulta la variante de los que reconocen que ellos, antes que nada y que nadie, van con Messi. Para su deleite les queda la patética última obra del genio, azuzando a sus patibularios compañeros para agredir a unos jugadores españoles a quienes no lograban quitar la pelota. (¡Dicen que fue él quien exigió que saltara al campo el carnicero Paredes!).
Tampoco creemos que se hayan alegrado mucho de la victoria de la Selección los centenares de miles de argentinos que, en virtud del derecho que les concede la llamada Ley de Nietos (en realidad una instrucción que retuerce esa norma) pueden reclamar la nacionalidad española. Podemos incluso aceptar que todos ellos descienden de emigrantes o exiliados españoles (como ocurre, por cierto, con más de la mitad de los argentinos), pero no que sientan ni apego por España ni interés por formar parte de nuestro país, más allá de la pretensión de disfrutar de uno de los pasaportes más valiosos del mundo y de algunos beneficios de un estado del bienestar al que no han contribuido. Así que mucho tememos que la mayor parte de ellos no habrán jaleado el genial juego de España, sino las patadas de los que sienten como sus verdaderos compatriotas.
Y no se puede olvidar (usando para él un plural mayestático) a los que, sin tener una razón confesable para no celebrar la tremenda hazaña que supone ser campeón del mundo del deporte rey, este éxito les hace torcer el gesto y fruncir el ceño por una cuestión formal o protocolaria. Y es que, aunque el Mundial, al ir acaparando de forma creciente las portadas y muros informativos, ha dejado en segundo plano la achicharrante actualidad política y judicial, en su formato y en el protocolo de la representación institucional no les han dado el protagonismo que creen merecer.
Como ya los conocemos, y visto lo ocurrido ayer en Moncloa, seguro que van a intentar sacar un provecho egoísta de la victoria y tratar de extenderla, como la capa que Dumbledore le regaló a Harry Potter, para invisibilizar la realidad que les acosa. Pero no lo tendrán fácil porque Julio (o Julito) se ha puesto ardiente y el incendio en la Audiencia Nacional, y disculpas por el inoportuno símil, no hay quien lo apague. Además, igual que no era justo que el antifútbol argentino ganara el Mundial, tampoco lo es que la exaltación de la españolidad, y el sentido y el orgullo de pertenencia que de ella brotan, pueda dar réditos a quienes eligen como mejores amigos a los que justifican su existencia en atacarla.
En fin, que bastante tiempo se les ha dedicado ya; así que solamente queda dejar para todos ellos nuestra más cordial enhoramala.