Opinión

Pablo Iglesias se ríe de los cubanos

En política, como en la vida, hay gestos que retratan más que mil discursos. Y pocos gestos resultan tan elocuentes como el de Pablo Iglesias disfrutando de las comodidades de un hotel de lujo en Cuba mientras, a escasos kilómetros —o incluso a escasos metros—, millones de cubanos sobreviven en condiciones de penuria, represión y ausencia de libertades básicas. El líder moral de Podemos no ha ido a Cuba a solidarizarse con los cubanos, sino a reírse de ellos. Y es que nada nos puede extrañar de un personaje que montó un referéndum entre las bases de Podemos para legitimar el abandonar su pisito en Vallecas por el chalet de Galapagar, pero tenemos la obligación de denunciar una y otra vez su falta de escrúpulos políticos.

Recordemos que Pablo Iglesias, que aunque parezca increíble fue vicepresidente del Gobierno de España, ha construido buena parte de su carrera sobre la presunta denuncia de las desigualdades, la teórica defensa de los desfavorecidos y la supuesta crítica feroz a los privilegios de las élites. Todo mentira, pero durante un tiempo le sirvió para que un buen número de españoles no se quitara la venda de los ojos. Pero su actitud hacia el régimen cubano revela la enésima contradicción que ya no puede disimularse. Porque mientras predica justicia social en Europa, guarda un silencio cómplice —cuando no una defensa explícita— hacia una dictadura que lleva décadas aplastando cualquier atisbo de disidencia. Nada nuevo, a este hombre le van los regímenes totalitarios, tengan la capital en Caracas o en La Habana.

Iglesias no ha viajado a Cuba para apoyar al pueblo cubano. Lo ha hecho para mostrar su adhesión al poder. Y en este país caribeño, el poder no está en la ciudadanía, sino en una estructura dictatorial férreamente controlada por una élite que no rinde cuentas a nadie. Cualquier actividad económica relevante pasa inevitablemente por el filtro del régimen. Por tanto, hacer negocios en Cuba implica, directa o indirectamente, legitimar al castrismo. Y nos tememos que es lo que presuntamente busca el Iglesias más ‘emprendedor’, el seguir ampliando su actividad ‘empresarial’.

Mientras tanto, el cubano medio sigue atrapado en una realidad asfixiante. Escasez de alimentos, cortes de electricidad, salarios que no alcanzan para vivir y una vigilancia totalitaria que castiga cualquier intento de disidencia. Las protestas de los últimos años han sido respondidas con detenciones, juicios sin garantías y condenas ejemplarizantes. Esa es la Cuba real. La que no aparece en los hoteles de lujo en los que se alojan Iglesias y sus amigos, ni en los discursos complacientes de ciertos visitantes internacionales. La situación que no denuncian los periodistas de Canal Red, ni Irene Montero desde la tribuna del Parlamento Europeo.

Un ex vicepresidente del Gobierno de España debería defender los derechos humanos en Cuba. Y denunciar las barbaridades del régimen castrista. Eso sería coherente con el paso de Iglesias por el Consejo de Ministros de un país democrático como el nuestro. Pero la coherencia, como en otros casos de personajes que han pasado por el Gobierno de Sánchez, brilla por su ausencia. Y lo que queda es una imagen terrorífica: la de un político que se presenta como defensor de los oprimidos en España mientras estrecha la mano de quienes oprimen a millones de cubanos. La de alguien que critica los privilegios en su país, pero disfruta de ellos en otro donde esos privilegios están reservados a una minoría afín al poder.

El problema no es solo Iglesias. Es también el relato que durante años ha blanqueado la realidad cubana en ciertos sectores de la izquierda europea. Un relato que habla de resistencia, de dignidad y de soberanía, pero que omite sistemáticamente la falta de libertades, la represión y el sufrimiento cotidiano de la población. Un relato que convierte a las víctimas en invisibles y a los responsables en interlocutores legítimos. Pero en la Cuba real el Estado decide qué puedes decir, pensar o hacer. De ahí que la estancia de Pablo Iglesias en un hotel de lujo en Cuba no sea un detalle anecdótico. Es un símbolo. Un símbolo de una forma de entender la política en la que los principios se adaptan a la conveniencia y en la que las víctimas quedan relegadas a un segundo plano. Por suerte para España, Podemos se ha convertido en una fuerza política residual, que solo tiene protagonismo en algunas tertulias de TVE gracias a las cesiones de Sánchez a cambio de sus cuatro votos en el Congreso.