Irán concede una victoria pírrica a Trump
Se suele interpretar incorrectamente la expresión «victoria pírrica» como el equivalente a una derrota, cuando se trata de un triunfo que o no aporta nada al vencedor o lo debilita. Y eso es lo que ha concedido el régimen iraní al presidente Trump.
Una vez revisado el acuerdo de paz entre la mayor potencia militar del mundo y un país de 90 millones de habitantes, pero con un PIB similar al de Portugal o Grecia y sometido a sanciones industriales y económicas desde hace tiempo, la conclusión es que David se ha impuesto a Goliat, aunque no le haya cortado la cabeza.
La guerra comenzó el 28 de febrero, mientras los enviados de Trump (su yerno, Jared Kushner, y un socio de negocios inmobiliarios) negociaban con representantes de Teherán y parecían haber alcanzado un acuerdo satisfactorio.
Después de casi 40 días de bombardeos, que abarcaron todos los países ribereños del golfo Pérsico, más Israel, el Líbano y Yemen, de al menos 5.000 de muertos, del riesgo de una recesión mundial por el cierre del estrecho de Ormuz al tráfico de petroleros, de la destrucción de infraestructuras por valor de decenas de miles de millones de dólares y del vaciado de los arsenales de Estados Unidos, el 7 de abril Trump anunció un alto el fuego con Irán (incumplido esporádicamente por Israel), con Pakistán como mediador. El viernes 19 se ha anunciado la firma de este acuerdo en Ginebra, acontecimiento al que quizás asista el propio Trump, después de la 52º cumbre del G-7.
¿En qué se diferencia este acuerdo del anterior, roto en febrero por la agresión de EEUU y su íntimo aliado? Entonces, el estrecho de Ormuz estaba abierto, por lo que ahora se regresa al status quo anterior. Y ha quedado demostrado que Irán puede desencadenar una guerra económica global a su antojo, al menos hasta que los saudíes y otros países del golfo Pérsico concluyan la construcción de nuevos oleoductos que transporten su petróleo a puertos del mar Rojo o del mar de Omán, en lo que tardarán varios años.
Por el contrario, la República Islámica no se ha derrumbado. A los líderes liquidados por EEUU e Israel, como Alí Jameneí y numerosos ministros y generales, los han sustituido otros que parecen igual de intransigentes. Además, el poder de estos sobre el desgraciado pueblo se reforzará en el caso de que se levanten las sanciones económicas y el régimen reciba 24.000 de millones de dólares bloqueados en bancos extranjeros.
El proyecto nuclear iraní, así como el destino de sus reservas de uranio enriquecido, se discutirán en las próximas semanas. La comunidad de inteligencia norteamericana calcula ahora que los arsenales de misiles balísticos de la República Islámica, en vez de estar agotados, se mantienen en el 70%, según publicó The Washington Post. Teherán no se compromete a frenar a sus grupos aliados, como Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemen.
Por último, la victoria pírrica de Trump puede sacar a Irán del aislamiento en la región, en que había caído al bombardear a sus vecinos árabes: ha humillado a la superpotencia y, por tanto, conviene estar a buenas con él.
La única noticia favorable para Washington es la reapertura de Ormuz. Al anunciar el acuerdo, Trump lanzó un mensaje: «¡Buques del mundo, pongan en marcha sus motores! ¡Que fluya el petróleo!».
Sobre la reanudación del suministro de petróleo, sobre todo a Asia, Estados Unidos cuenta con la colaboración de los Emiratos Árabes Unidos, que a finales de abril anunciaron que se retiraban de la OPEP. La capacidad de producción de los Emiratos Árabes había aumentado a 4,8 millones de barriles diarios antes de la guerra, pero por los pactos de la OPEP, solo podía producir 3,2 millones. Una vez reabierto Ormuz y retirados los drones iraníes, los Emiratos Árabes no tienen límites a su producción.
El tercer actor, aunque no se haya sentado a la mesa de negociaciones, es Israel. Netanyahu desea dar seguridad a su país mediante la supresión de los líderes musulmanes que lo amenazan, aun a riesgo de provocar el caos general en Oriente Próximo.
Desde el comienzo de esta guerra no declarada y durante las negociaciones, Israel ha perseguido sus propios objetivos. Por eso, ha continuado bombardeando zonas del Líbano, a pesar de la exigencia iraní de que el alto el fuego se extendiese también al Líbano y al Yemen. Debido a un ataque sobre Beirut y a la reacción iraní, el 1 de junio Trump llamó furioso a Netanyahu y le insultó, hasta el punto de espetarle que «todo el mundo» le odiaba y, por su culpa, también a Israel.
Como el gobierno de Netanyahu, que se someterá a elecciones parlamentarias en octubre, reclama la eliminación de Hezbolá, Trump ha recuperado su plan de animar al presidente interino de Siria, el ex terrorista Ahmed al-Charaa, al que recibió en la Casa Blanca en noviembre de 2025, a penetrar en el Líbano para combatir a estos proxy de Irán. La primera vez que Trump lo hizo fue en marzo pasado y entonces Al-Charaa no se movió. Sinceramente, esta actitud recuerda a los sucesivos planes de las administraciones de George Bush II y Barack Obama de contar con grupos locales en países cuyos gobiernos querían derrocar, y que casi siempre dejaron un desastre tras ellos, como en Libia y en la propia Siria.
Desde que estalló la guerra civil libanesa en 1975, el propósito de Israel y de EEUU fue impedir que Siria, dirigida entonces por el clan de los Assad, se asentase en el pequeño país. Sería una paradoja que la Casa Blanca invitase a otro gobierno sirio a irrumpir en su vecino, por muy obediente que sea el actual.
En definitiva, Irán ha triunfado al no haber sido derrotado y Estados Unidos ha perdido al no haber sido vencedor. ¿Las vidas perdidas? A los ayatolás y la Guardia Revolucionaria les importa un comino.