Otra vez la turismofobia en Mallorca
De una isla donde un ingeniero público, probablemente con el docto asesoramiento del gremio de planchistas, proyectó hacer desembocar una vía de tres carriles en una rotonda de dos, cabe esperar cualquier genialidad. Como que el mismísimo Govern balear, ante una leve recuperación este verano -aunque sin alcanzar las cifras del 2019-, haya manifestado su preferencia de que no vuelvan a repetirse las cifras de turistas de antes de la pandemia, olvidándose de un pequeño detalle, que el sector turístico es el que sustenta los ingresos de la gran mayoría de las familias isleñas.
Sabido es que Mallorca, uno de los destinos turísticos más visitados del Mediterráneo, es apenas una cagada de mosca en el mapamundi. Una aproximación geográfica nos recuerda que tiene una extensión de solo 3.640 km², con poco más de 550 kilómetros de costa en la que se abren o incrustan 262 playas, de las cuales ni la mitad son practicables, y que en total alcanzan una longitud de unos 50 kilómetros.
Pero este minúsculo territorio necesita para administrarse -es un decir a la vista del caos imperante- un gobierno autónomo, un consell insular y 54 ayuntamientos, y todos ellos, maravillas del género humano, en perfecto estado de descoordinación.
Así pues, comenzando por la inutilidad manifiesta de sus municipios costeros hasta llegar al mismísimo gobierno autónomo, pasando por su consell, a día de hoy se han mostrado incapaces -es así desde hace años- de ordenar el acceso a alguno de los puntos más publicitados de su geografía, tales como el faro de Formentor, la playa de es Trenc o, más recientemente, es caló d’es Moro. Enclaves que han sufrido intolerables saturaciones estivales por falta de una adecuada regulación que se han mostrado incapaces de arbitrar.
Este hecho ha suscitado las habituales voces críticas –GOB et alii—para alertar sobre la degradación de nuestro medio natural, a las que se han sumado algunos partidos que demonizan de nuevo el turismo y son incapaces de proponer alguna alternativa racional a nuestro quasi monocultivo.
Este verano la turismofobia ha vuelto a aparecer en Mallorca. Y una parte de la prensa local se ha dedicado a amplificar lamentos jeremiacos con grandes titulares sobre «saturación», «colapso» o «vertiginoso auge turístico que arriesga la riqueza natural», culpando al turismo de la supuesta degradación que se ha dado en algunos lugares, precisamente por la ineptitud de quienes tienen la obligación de arbitrar soluciones para evitarlo.
Y así nos va. Ni todas las playas son es Trenc o es caló des Moro, ni todos los miradores son Formentor, así como tampoco es cierto que cualquier otro enclave de Mallorca sea Magaluf. Lo que ocurre es que de la misma forma que ni con tantas administraciones parece existir capacidad para diseñar correctamente una rotonda, con el turismo también andan propiciando el caos, cuando con un poco más de inteligencia, Mallorca podría seguir siendo un lugar extraordinario.
Lo tenemos todo para ello: sol, aguas litorales limpias, paisaje, arquitectura y gastronomía. Poca cosa más puede desearse y ofrecerse. Pero, efectivamente, entre la incompetencia de unos y la cortedad de luces de otros, se van a cargar el invento.
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