El mundo progre se desmorona
Al menos hay una cosa positiva en lo de Ceuta: el mundo progre se desmorona. Es cierto que, desde la caída del Muro de Berlín (1989), ya vimos que el comunismo no era el paraíso terrenal.
Pero España es diferente. Aquí los avances llegan más tarde. De hecho, sustituyeron el comunismo por el socialismo —democrático, le añadían como coletilla—, luego por el progresismo y finalmente por el wokismo.
¿Qué es el progresismo? Pues pactar con Bildu, Junts y ERC. Es lo que ha hecho Sánchez esta legislatura. No en vano, siempre presume de estar al frente de un «Gobierno de coalición progresista». La oposición —PP y Vox— es la «ultraderecha». Es decir, Feijóo no puede pactar con Abascal, pero él sí puede pactar con Otegi.
Poco a poco han ido sustituyendo, pues, la ideología de izquierdas por el feminismo, el ecologismo, el animalismo y el pacifismo. Todo, por supuesto, a ultranza. Porque, a favor del progreso, estamos todos.
La prueba definitiva es, como decía, Ceuta: viven en otro mundo. La verdad va por un lado y ellos, por otro. Me recuerda un poco, salvando las distancias, al proceso catalán. Una cosa era lo que decían —«Un sol poble», «marxem», «hem passat pantalla»— y otra, la pura realidad. En fin, ya ven cómo ha acabado. Todo era un castillo de naipes.
Ahora, lo mismo. En plena crisis, el presidente se va a La Mareta, pero nos deja una playlist. Para lo que me queda en el convento, debe de pensar. Marlaska anuncia que han salido 70.000 de los 72.000 que entraron en Ceuta. ¿Cómo los contaron si entraron en tropel?
Algún medio oficial, como la agencia Efe, llegó a dar cifras superiores. En teoría se había ido más gente de la que entró. Como el milagro de los panes y los peces, pero al revés. O lo de instalar unas boyas para evitar que vuelvan a cruzar a nado. ¿Nos toman el pelo?
La culpa, por supuesto, no es de Rabat sino de… ¡la Unión Europea!, cuyos países son unos «egoístas». Todo el mundo vio los camiones cargados de gente hasta los topes. Incluso a agentes marroquíes alentando a los jóvenes a irse a nado.
Desde luego, los medios más afines a Moncloa también han ayudado a construir esta realidad virtual. La sustituta de Silvia Intxaurrondo, Aida Bao, haciendo méritos con el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas —yo no lo defenderé a pesar de las circunstancias: me parece un hombre desbordado—, a ver si la primera se va a La Séptima y ella puede quedarse con la plaza.
Mientras que el enviado especial de la misma cadena, Javier Mohedano, aseguraba que muchos de los recién llegados eran «diplomados y licenciados que están huyendo de su país por la guerra, por el terrorismo». ¿Marruecos está en guerra? No lo sabía.
En TV3, también rizaron el rizo. No he visto entrevista alguna a ningún ceutí —como la mujer aquella a la que le asaltaron el colmado—, aunque igual se me ha pasado porque ya apenas veo los titulares del Telenoticias.
Pero sí a una activista de una ONG —con una camiseta antifascista— que explicaba el caso de los tres argelinos que, tras intentar cruzar a nado y ser devueltos, llevaron el caso al Supremo. ¡Una persona que entra ilegalmente en un país no puede apelar al máximo tribunal! Ha cometido un delito.
Sin olvidar el despliegue del Ejército. Desarmados, claro, no vayan a provocar una tragedia. Los ejércitos se despliegan antes, no después. He visto vídeos en los que trasladan en camiones a jóvenes que, antes de llegar a la frontera, saltaban del vehículo al menor descuido.
Margarita Robles ha movilizado al final un buque y dos fragatas para reforzar la vigilancia marítima en torno a la ciudad española. A buenas horas, mangas verdes. Enviaron un navío en apoyo a la flotilla en cuanto lo pidió Ada Colau. Colau, la pacifista.
Y, por último, los menas. No voy a insistir porque ya expuse mi opinión en el artículo anterior: hay que devolverlos a todos. Tienen padres y, si no, que se hagan cargo las autoridades marroquíes. Son sus menores.
A Marlaska —o a Albares— no se le ha ocurrido llamar a su homólogo marroquí para decirle: «A los adolescentes también os los llevais». He visto fotos de niños cruzando en flotador. Incluso bebés ¡Que irresponsabilidad de los padres!
También hay disparidad de opiniones, como se dice en estos casos, sobre la distancia recorrida. He leído crónicas en las que aseguraban que habían tenido que nadar tres kilómetros. Pero luego vas a Google Maps y ves apenas un espigón.
Acuérdense de lo que decía el historiador británico A. J. P. Taylor (1906-1990): «Las sociedades, a veces, se suicidan». Estamos viendo en vivo y en directo la segunda caída del Imperio romano. O lo que queda de él, porque somos hijos de Roma. Edward Gibbon, si viviera, estaría contentísimo de poder presenciarlo en directo.
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