Mujeres por Irán, ya
Desde el 28 de diciembre, Irán vive uno de los mayores estallidos populares de su historia reciente. Una rebelión que empezó como empiezan casi todas las revoluciones verdaderas: por el bolsillo vacío, la nevera triste, pero sobre todo por la opresión hacia las mujeres. Así, pronto la protesta dejó de ser económica para convertirse en algo mucho más peligroso para cualquier régimen: una exigencia de libertad y dignidad, liderada —cómo no— por mujeres. Entre otras cosas, porque en Irán ser mujer ya es, de por sí, una forma de disidencia.
Las protestas han dejado más de 500 muertos y decenas de miles de arrestados, según organizaciones de derechos humanos como HRANA. El régimen responde como siempre responden los regímenes que se dicen eternos: cortando internet y disparando. Cuando no hay argumentos, se apaga la red; cuando no hay ley, se aprieta el gatillo.
Lo que ocurre hoy no nació ayer. Irán fue Persia, una de las civilizaciones más antiguas y refinadas del mundo, tierra de poetas, matemáticos y jardines. En 1935 cambió de nombre en un intento de modernización. En 1979 cambió de alma. La revolución islámica derrocó al sah —un rey autoritario, sí, pero laico— para sustituir la corona por el turbante y el absolutismo por la teocracia.
Desde hace décadas, las mujeres iraníes viven bajo un catálogo de prohibiciones: cómo vestir, cómo moverse, cómo amar, cómo respirar. Hoy vuelven a encabezar un levantamiento masivo. Y lo hacen incluso con gestos mínimos y demoledores: encender un cigarrillo con la imagen del Líder Supremo. Fumar, allí, no es un vicio: es una herejía femenina.
Y entonces aparece el silencio, que es el sonido favorito de cierta política española. Partidos y fuerzas que suelen manifestarse con entusiasmo cuando el villano lleva corbata americana o acento anglosajón, ahora apenas murmuran. Podemos no ha expresado ni solidaridad, y el resto (Yolanda) lo ha envuelto en el plástico de sus intereses geopolíticos, como si la libertad de las mujeres necesitara siempre una nota a pie de página.
¿Y Sumar, Más Madrid, ERC, Bildu? ¿Dónde están ahora los manifestantes profesionales, los indignados selectivos, los que salían en tromba contra Trump por Venezuela? ¿Por qué no hay pancartas, ni concentraciones, ni lágrimas públicas cuando el verdugo no es occidental, sino ayatolá? ¿Tal vez porque esos tiranos encajan bien en su relato?
Ese silencio —conviene decirlo— no es neutral. Se lee como complicidad, como cobardía ideológica, como una forma muy elocuente de mirar hacia otro lado. El feminismo de la ultraizquierda se apaga cuando las mujeres no votan aquí: es un feminismo cansado, ajado, de consigna repetida. Ya no es de calle, mire usted; es de calendario. Sale en marzo, busca el voto patrio y luego se repliega, no vaya a ser que incomode a los amigos de puño en alto, dictador lejano o ayatolá de confianza.
Hoy, miles de iraníes desafían un régimen que sustituyó a un rey por una teocracia y cambió el lujo por la represión. Y hoy, mujeres iraníes se juegan la vida por derechos que aquí damos por obvios y allí son delito. Lo mínimo exigible es claridad moral. Sin matices estratégicos. Sin excusas geopolíticas, señora Belarra y Yolanda. Porque los derechos humanos, cuando se defienden de verdad, no entienden de bandos, ni de religiones, ni de conveniencias. Y porque callar, esta vez, también es una forma de votar.
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