Montse Buitrez
Un caso de hipocresía con vistas al mar (y a Panamá). Porque, ¿hay algo más profundamente melancólico que descubrir, una vez más, que la moral pública es un traje que se pone y se quita según la conveniencia del momento?
Cuando creíamos haber agotado el catálogo de desfachateces de este Gobierno, nos enteramos de que Montse Mínguez, portavoz del PSOE, una de las más fervientes predicadoras en la lucha contra rentistas y grandes tenedores, tiene a su pareja, Sergi Vélez Viola, administrando un pequeño imperio inmobiliario que el propio Ejecutivo calificaría de «fondo buitre» si no fuera de un consorte socialista. El contraste es tan grotesco que da risa. O daría ganas de llorar si no viniéramos ya curtidos.
Recuerden aquella escena. En una rueda de prensa, la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, sonriendo como una ama de llaves super taimada, llamó «muy carroñera» a Urbagestión, una pyme que tuvo la desgracia de ser propietaria del piso de una inquilina convertida en mártir mediática.
Mientras tanto, el grupo empresarial de la pareja de la portavoz dispone de al menos treinta viviendas y estudios destinados al alquiler a través de Nest Capital Homes.
Y no contentos con el mercado español, este martes nos enteramos de que también dispone de sociedades en Panamá y otra en Argentina. ¿Y esas sonrisas de suficiencia, entonces? El biólogo Robert Trivers explicó que el autoengaño es una herramienta evolutiva para mentir mejor.
En este caso parece innecesario. No hay autoengaño: hay descaro porque ellas lo valen. Les da igual porque saben que el electorado aceptará cualquier villanía con tal de que no gane «el otro».
Las malas artes de la portavoz no son nuevas. En 2014, cuando Mínguez era segunda teniente de alcalde y concejala de Economía en el Ayuntamiento de Lleida, se condonó una deuda de 281.783 euros a Adaix de Negocios, empresa vinculada a su pareja y adjudicataria de la gestión de una discoteca municipal.
Hubo denuncia, investigación de la Fiscalía Anticorrupción y de la Oficina Antifraude. Pero se archivó por falta de pruebas penales. Los hechos administrativos, sin embargo, quedaron ahí, flotando como un mal olor que nadie quiso ventilar del todo.
Ahora, con el ascenso a portavoz nacional, el fantasma regresa. La han pillado de buitre consorte y, en la entrevista con Susanna Griso, se hizo la ofendida. No sabiendo por dónde salir, calificó de “ataque personal” cualquier pregunta sobre el negocio familiar y proclamó que eran intachables porque “pagan impuestos”.
Como si pagar impuestos convirtiera en un santo a un tenedor de izquierdas y en un criminal al no alineado. ¡Y amenazando con «desconectarse en 0,2», la muy cobarde!
El humor negro se escribe solo. Mientras a la puerta de Urbagestión se concentraron activistas y se hizo la vida imposible a sus empleados, nadie irá a cantar consignas frente a las oficinas de Nest Capital Homes.
Tampoco nadie pintará “buitre” en los portales de esas treinta viviendas. La moral es selectiva: el pecador es siempre el de enfrente porque el propio siempre es un probo emprendedor, un patriota fiscal, un hombre de negocios que crea empleo.
El humor se vuelve melancólico cuando recordamos que la misma izquierda que criminaliza el alquiler privado ha gobernado ciudades donde las deudas se perdonaron a los amigos y los sobresueldos se investigaron… hasta que dejaron de investigarse.
Trivers y von Hippel nos advirtieron de que la mente humana aprendió a esconderse la verdad a sí misma para poder manipular de manera mucho más eficaz y creíble a los demás.
Aquí ni siquiera hace falta esconderla. Se exhibe. Se defiende. Se convierte en bandera. Y los votantes, cansados o resignados, miran a otro lado porque el miedo a la alternancia es más fuerte que el asco.
Hay algo triste en esa complicidad: la política se ha convertido en un teatro donde los actores saben que hay un público que aplaudirá incluso cuando les pillen en toda clase de trolas.
Recuerden que Ábalos abanderaba el gobierno “más feminista” posible mientras elegía chicas en un catálogo. Esa Mínguez ya no nos sorprende, pero sigue ofendiéndonos, burlándose en nuestra cara.