Mirar por el rabillo del ojo
Durante el último mes, la crisis de Ceuta, la inmigración, Marruecos y las responsabilidades del Gobierno han ocupado buena parte de los titulares y de la conversación política. Es lógico que una situación de semejante gravedad exija respuestas. Lo que merece una reflexión es qué ocurre con todo lo demás mientras el foco permanece ahí. Es obvio que no hace falta pensar en conspiraciones para reconocer que a un Gobierno que tiene que dar explicaciones sobre asuntos incómodos le viene como un guante que toda la atención esté concentrada en otro lugar. No debemos dejar de mirar por el rabillo del ojo…
Mientras España habla de Ceuta, el INE acaba de poner sobre la mesa el preocupante dato de que la inflación se ha disparado en agosto hasta el 4,3%, siete décimas más que en julio y su nivel más alto desde febrero de 2023, procediendo el principal impulso de los carburantes y los alimentos.
Para una familia, sin embargo, ese 4,3% más que una mera cifra es el crudo látigo que sacude las tropicales noches de insomnio de los españoles, cuyos sueldos alcanzan cada día para menos.
Bajando los números al tablero, comprobamos cómo se traduce esa pérdida de poder adquisitivo en la vida real, pues la inflación, lejos de ser una estadística, es una cruda realidad reflejada en el supermercado, en el depósito del coche, en los recibos y en todos aquellos gastos cotidianos que no se pueden aplazar. Cuando sube el coste de la vida, el problema se mide en cuánto queda después de pagar lo imprescindible.
En otro orden de cosas, de entre la dantesca variedad que nos sacude, Red Eléctrica ha tenido que activar ya cuatro veces en 2026 el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda, pidiendo a grandes consumidores industriales que reduzcan temporalmente su consumo para reforzar las reservas y mantener el equilibrio del sistema. La última activación se produjo en agosto y supuso un récord de activaciones en verano.
Pero el problema va más allá de estas activaciones. El coste de los servicios de operación del sistema alcanzó los 3.360 millones de euros hasta mediados de agosto, un 36% más que en el mismo periodo de 2025, según datos del Observatorio del Coste de los Servicios de Operación. Ese incremento supone un sobrecoste medio de 21,24 euros por MWh para los consumidores y, según este observatorio, podría representar alrededor de un 5% de la factura de los hogares, un 8% para las pymes y hasta un 13% para las empresas electrointensivas.
Mientras miramos a Ceuta, estos datos deberían obligarnos a preguntarnos qué está ocurriendo con nuestro sistema energético, cuánto está costando mantenerlo estable y si España está preparada para afrontar una demanda eléctrica cada vez mayor sin trasladar más costes a familias y empresas.
La inmigración merece un serio debate y Ceuta merece inmediatas respuestas. Pero no debemos permitir que una crisis sirva como pantalla que impida ver las demás, pues España sigue padeciendo, al mismo tiempo que de inmigración, de inflación, vivienda, empleo, energía y pérdida de poder adquisitivo.
Y mientras los titulares cambian y las polémicas se suceden, la vida continúa para los ciudadanos de a pie. Los españoles se enfrentan a heroicos malabares para asumir “la vuelta al cole”; el trabajador sigue llenando el depósito, la familia sigue haciendo la compra y siguen llegando los recibos de la luz. Esa es la factura que no desaparece porque cambien los titulares.
Que debemos mirar a Ceuta y defender a los ceutíes frente a esta gravísima crisis es indiscutible. Pero mientras todos miramos hacia allí, no estaría de más mirar por el rabillo del ojo a Moncloa y preguntarnos qué otras cuestiones, de las muy incómodas para Sánchez, están quedando convenientemente fuera de foco.