Un liderazgo de bandera
La socialdemocracia española no está para experimentos. Ante la sacudida populista que zarandea el país de norte a sur y el auge de los movimientos nacionalistas en Cataluña y País Vasco, su gran partido histórico y representativo, el PSOE, debe resurgir tras los dos últimos años de profunda división y crisis propiciada por el antiliderazgo de Pedro Sánchez. El nuevo proyecto necesita de una sólida determinación que sostenga su presente y lo impulse en el futuro. Una persona capaz de cohesionar el partido de cara al próximo Congreso Federal a través de un proyecto basado en la unidad de España. Una iniciativa integradora con todas sus federaciones para que la dinámica del partido vuelva a tener como referencia los principios constitucionales que articulan nuestra nación. Susana Díaz es la indiscutible predestinada a esa tarea. Por capacidad, referencias —ahí está el apoyo de Felipe González— y logros electorales, ella es el perfil idóneo para que el Partido Socialista vuelva a ser la gran formación, y máquina de ganar elecciones, que fue alguna vez. Un partido que compita de tú a tú con el PP y además pueda darle al país la estabilidad que tanto necesita.
Mientras el neopodemita Pedro Sánchez sigue hundiendo la escasa reputación que le queda en su intento de perseguir tanto el modus operandi como la clientela política de Podemos, Díaz se presenta en el corazón de Europa, Bruselas, acompañada de uno de los mayores símbolos de la Constitución: la bandera. La elección de la hispalense de Triana no es baladí y quiere mostrar cuáles son sus principios elementales. Ahora que los independentistas de Cataluña suben la apuesta y destinan 6 millones de euros para un referéndum rupturista, cuando Idoia Mendia ha vendido la esencia del Partido Socialista de Euskadi al PNV por tres consejerías, el mensaje de Díaz es claro: España y los españoles como absoluta prioridad. Al lado de Pedro Sánchez y su connivencia con Iglesias y demás amigos del populismo radical, comparar ambos liderazgos es un ejercicio tan grotesco como tratar de dilucidar quién sería el ganador de una carrera entre un Ferrari y un utilitario.
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