Opinión

Un gobierno democrático sin demócratas

Cuentan los cronistas mamadores del movimiento que la izquierda ya no es lo que fue, sin apercibir al lector que lo que fue de verdad nunca es lo que se ha contado de manera oficial, sino un trasunto edulcorado de su verdadera historia. La insistencia de Zapatero primero, y Sánchez después, por sacar a toda prisa leyes que reescriben el pasado, obedece, no a una búsqueda loable de la justicia con las víctimas de la dictadura, ni a respetar memorias ajenas, sino a ocultar los sótanos de su legado, no vaya a ser que un día la misma ciudadanía palmera y cautiva que hoy le ríe las gracias conozca la verdad sobre ellos.

La historia del PSOE es una lucha permanente contra la democracia. Por sortearla y deconstruirla, cuando no derribarla desde dentro. Sólo le salva de ser acosado por la turba engañada el magistral dominio de la escena pública y la narrativa política. El mayor crítico hoy de la deriva autoritaria del PSOE de Largo Caballero, Negrín e Indalecio Prieto, tres firmes defensores de la dictadura del proletariado, saqueadores del oro del Banco de España y promotores del golpe de Estado contra la república en 1934, es, caprichoso destino, Alfonso Guerra, el mismo que enterró a Montesquieu segundos después de asesinar a la justicia desde el ejecutivo que entonces controlaba.

La España acomplejada, por orden de la España sectaria, debate ahora sobre Ana Obregón con la misma insistencia con la que huía de opinar sobre famosos que hicieron lo mismo que ella, esto es, irse a otro país a buscar gestante para dar a luz. Pero la izquierda tiene normas no escritas que les permite imponer sobre el tablero mundial lo que está bien o mal en función de quien lo hace. El socialismo, sea de pensamiento, palabra o acción, es la enfermedad moral de nuestro tiempo, los nuevos reaccionarios vestidos con sonrisa y tafetán progre que prohíben y censuran todo aquello que cuestione su verdad oficial.

Pero mientras condenan la libertad de Obregón los mismos que defendían que la mujer hiciese con su cuerpo lo que quisiera, se olvidan las nuevas fechorías que desde Moncloa se ordenan para ser ejecutadas ministerialmente. Tenemos a un Gobierno convertido en un vodevil de cadáveres. El primero, Marlaska, cuya dimisión es un imposible por imperativo ignominioso. Destituyó a Pérez de los Cobos por cumplir la ley y ahora, por mandato autocrático, anuncia que no acatará la sentencia judicial que le obliga a restituir en el mando al coronel injustamente destituido. Que un juez como Marlaska busque incumplir la ley dice mucho del deterioro democrático que estamos viviendo. Sufrimos un gobierno democráticamente elegido compuesto por personas que no creen en la democracia.

Cadáveres son también Irene Montero y Yolanda Díaz, ambas resueltas en sus disputas de corral vigiladas por el gallo alfa, que desde su base pagada con dinero de sociedades en el extranjero, dedica sus días a lo que mejor sabe: conspirar, mentir y enfrentar. Ahora, una vez constatada su incompetencia como gestoras de lo público, quieren repetir mandato, sujetadas de manera pegajosa a un escaño que no han dejado de manchar con bilis y toxicidad. Lo peor de todo es que lo van a conseguir. Si algo bueno tiene el comunismo es cuando intenta asesinarse a sí mismo desde dentro. Ojalá lo consigan.

Cierra la triada de muertos por este Gobierno democrático dirigido por no demócratas su víctima favorita y cotidiana: la verdad, asesinada día tras día cada vez que Sánchez, Bolaños o Montero-Mentira dicen esta boca es mía. Con el Gobierno más «feminista» de la historia, las mujeres están menos protegidas que nunca. Con el Gobierno más «demócrata» de la historia, adiós a la separación de poderes. Con el Gobierno más «progresista» de la historia, más paro y más pobreza. La única verdad retrata a un Gobierno de mentira.

Mientras se escribe este artículo, un nuevo foco de despiste se alumbra desde la oficina de propaganda de Moncloa para que olvidemos cómo España, capital de Hispanoamérica, se encamina sin remisión al paraíso populista soñado por el sanchismo. Ahora, para no ofender a los profesionales del entretenimiento circense, la izquierda reaccionaria e inquisidora quiere que evitemos construcciones léxicas propias de nuestro acervo popular prohibiendo términos como «circo» o «payasada» para definir un acto, contexto o acción. Están diseñando, sin disimulo alguno, la sociedad de sentimentales y ofendidos con el que cerrar el círculo totalitario de su pensamiento woke. Ciudadanos agraviados por el gracejo del idioma se manifestarán en masa para reclamar su cuota de atención y chiringuito. La izquierda política tirará entonces de presupuesto público para domesticarlos, amamantarlos y dirigirlos contra el que piensa diferente. Es el neolenguaje, el culmen de la maravillosa paradoja orwelliana que vivimos. Quién nos iba a decir que los nuevos reaccionarios se iban a llamar, a sí mismos, progresistas.