Pasó lo que tenía que pasar
España se fue del Mundial de Rusia precipitadamente y por la puerta de atrás. No es una sorpresa. Pasó lo que tenía que pasar, la crónica de una muerte anunciada que, más que muerte, fue un suicidio perpetrado por el presidente de la RFEF, Luis Rubiales, que decidió cargarse a Julen Lopetegui a 48 horas de empezar el Mundial. Fue un calentón, un error, una cagada, una imprudencia. Y las imprudencias, en el fútbol y en la vida, siempre se pagan.
Presidir una entidad como la Real Federación Española de Fútbol no es dar golpes en la mesa, ni partirse la camisa como Camarón cuando algo no te gusta. Presidir es gestionar, liderar y saber escuchar. Tener talento y talante. Luis Rubiales pecó de inexperto, de impetuoso y hasta de pardillo. Se dejó mal aconsejar por algunos periodistas antimadridistas que trasladan sus fobias a la selección y que le convencieron para que echara a Lopetegui por haber firmado con el Real Madrid. ¡Qué error! ¡Qué inmenso error!
No conviene nunca cambiar de caballo en mitad del río y tampoco cuando estás en la orilla a punto de cruzar. Pero Rubiales es terco y se encabezonó. Le pudo el ímpetu y, por mucho que actuara de buena fe, metió la pata hasta el fondo al fusilar al amanecer a Lopetegui. Escuchó las voces que no debía y no escuchó a los capitanes, que le pidieron que no echara al seleccionador. Quizá ese fue su mayor error, imperdonable en alguien que sabe lo que es estar en un vestuario, porque Rubiales no nació con corbata y sí con las botas puestas.
Por culpa del calentón del presidente de la RFEF, España inició el Mundial de nalgas y en el fútbol es difícil enderezar lo que se tuerce desde el principio. A veces ocurre el milagro inesperadamente, pero lo normal es que pase lo que tenía que pasar y lo que ha pasado. Salvo que tengas un Zidane para que arregle lo que rompió Benítez, lo normal es que te la pegues. Y España se la ha pegado. Con Hierro y con todo el equipo.
La decisión más inteligente, más mesurada, más consensuada, en una palabra, MEJOR, era haber mantenido a Lopetegui, que había llevado a España hasta el Mundial de Rusia con una fase de clasificación inmaculada. La lista de 23 era de Julen, el estilo de Julen y el plan de Julen. Pero no. Rubiales sacó la guillotina y actuó por impulso. Se dejó llevar por la víscera y por el orgullo herido. Quizá hasta por el postureo. Y un presidente de la Federación Española de Fútbol no puede pensar con las vísceras sino con la cabeza.
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