Opinión

Los exiliados españoles que se exiliaron de la Cuba de Castro

  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

La semana pasada recordé en esta columna el revelador dato del libro El exilio republicano español en Cuba, de Jorge Domingo Cuadriello, sobre el número real de exiliados, quinientos, que llegaron a la isla caribeña después del triunfo de Franco en la Guerra Civil.

Esta cifra revela estrepitosamente la maniobra de Pedro Sánchez para alterar el censo electoral exterior con la «Ley de Nietos», pues ya son más de 350.000 las solicitudes de nacionalización presentadas en Cuba con la excusa de ser descendientes de este medio millar de exiliados, entre los que se incluían no pocos célibes sacerdotes vascos.

El libro de Cuadriello incluye una ficha biográfica de todos y cada uno de este medio millar de exiliados españoles que llegaron a Cuba, como destaca Alfonso Guerra en el prólogo. Las peripecias de estos españoles permiten descubrir la complejidad del pasado frente a las visiones simplonas y maniqueas tan del gusto de los burócratas de la «memoria histórica».

Hay biografías de novela como la de Carlos Gutiérrez Menoyo, que luchó en la defensa de Madrid en 1936, participó en la liberación de París con los republicanos de la División Leclerc en 1944 y murió liderando el frustrado asalto de 1957 al palacio presidencial de La Habana para asesinar al dictador Fulgencio Batista.

Trayectoria singular es también la de Rafael Miralles Bravo, nacido en Cuba, empleado de banca de UGT en Barcelona, que en la Guerra Civil llegó a mandar una unidad de la 11.ª División de Líster, con la que, según sus Memorias de un comandante rojo, obtuvo la Medalla al Valor, la segunda mayor condecoración militar republicana.

Batista lo envió en 1944, aún bajo su mandato constitucional, como agregado de prensa de la Embajada cubana en Moscú. A su vuelta de la URSS, Miralles publicó por entregas en Cuba un libro criticando al régimen soviético, ¿Hacia dónde va Rusia?, lo que le costó sufrir dos atentados por sus antiguos compañeros comunistas. Después de una estancia en México, llegó en 1947 a la España de Franco, de cuyo régimen se había hecho defensor.

Otros españoles del exilio republicano llegaron a integrarse en las fuerzas represivas de Batista, como el pistolero anarquista catalán Joaquín Aubí Casals, que en la Guerra Civil desempeñó una siniestra labor de represión en retaguardia, como habían hecho no pocos exiliados. Aubí Casals se incorporó a la Policía de Batista, desde donde persiguió a sus antiguos camaradas comunistas españoles, según Cuadriello. Encarcelado después del triunfo de Castro, se refugió en Miami al salir de prisión tras intentar establecerse en su Badalona natal.

La victoria de Fidel Castro en 1959 y su rápida deriva hacia la dictadura comunista obligaría a muchos exiliados españoles a buscar una nueva patria en América, México y Estados Unidos principalmente, e incluso regresar a la España de Franco, por la amenaza a su vida, su libertad o sus bienes que representaba la tiranía comunista.

Desde el 9 de octubre de 1945, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, el régimen franquista había autorizado el retorno de los exiliados prometiéndoles el indulto total de la pena por delitos cometidos antes del 1 de abril de 1939, día que finalizó la contienda civil.

Se excluían de este indulto los «actos de crueldad, muerte, violaciones, profanaciones, latrocinios u otros hechos que por su índole repugnen a todo hombre honrado, cualquiera que fuere su ideología». El plazo para beneficiarse del indulto se fue prorrogando en años sucesivos.

Es un hecho constatado en el estudio de Cuadriello que la dictadura comunista impuesta en Cuba hizo que para muchos de los que salieron de España en 1939 fuera preferible en los años 60 la dictadura de Franco a la de Castro.

Así se lo dijo al propio líder comunista cubano un exiliado español: «Para vivir en una dictadura, prefiero las de cuello y corbata, como la de mi país natal». La sentencia, pronunciada ante el mismo Fidel Castro, es de Mariano Sánchez Roca, abogado y jurista, llegado a Cuba después de exiliarse en Francia.

Subdirector del periódico libertario La Tierra, Sánchez Roca había defendido ante los tribunales de la Segunda República a varios dirigentes anarquistas, entre ellos Melchor Rodríguez, el llamado Ángel Rojo por su decisiva actuación para poner fin a las matanzas de presos considerados desafectos en Paracuellos de Jarama en el otoño sangriento de 1936.

Como cuento en mi libro ¡Detengan Paracuellos!, fue precisamente Sánchez Roca quien, como subsecretario del Ministerio de Justicia republicano, logró que se nombrara a su amigo Melchor Rodríguez al frente de las prisiones madrileñas para frenar la matanza contra los presos, desencadenada con el conocimiento del Gobierno de Largo Caballero.

Sánchez Roca fundó en La Habana en 1940 la editorial y librería Lex con la ayuda del capital de una herencia de su inseparable secretario Joaquín Fontes Pérez, que había llegado también a Cuba. Cuadriello cita fuentes que señalan sin pruebas que ese capital provenía de la extorsión de sus «amigos anarquistas» a aristócratas madrileños en el Madrid frentepopulista.

Afirmación ciertamente dudosa, teniendo en cuenta que entre sus «amigos anarquistas» estaba Melchor Rodríguez, que ayudó sin pedir nada a cambio a todos los que le solicitaban protección, como estos testimoniarían después de la guerra.

En 1961, dos años después de su llegada al poder, el régimen de Fidel Castro ordenó la detención de Sánchez Roca, quien ya había ido advirtiendo de la sovietización de Cuba y la progresiva imposición de un régimen de terror. Pudo refugiarse in extremis en la Embajada de Venezuela, que negoció con las autoridades cubanas su salida del país con su familia. Su yerno, Gabino Delgado Villalba, exiliado bajo el régimen de Batista, lograría escapar poco después de la isla.

Sánchez Roca se afincó en Francia hasta que el antiguo embajador español en Cuba, Juan Pablo de Lojendio, con el que había trabado amistad en La Habana, le facilitó su regreso a España en 1964. El que fuera subsecretario de Justicia republicano en la Guerra Civil pudo reencontrarse en Madrid veinticinco años después con su amigo del alma, Melchor Rodríguez.

Reincorporado al Colegio de Abogados de Madrid, sus compañeros galardonaron a Sánchez Roca con el premio Azcárate en 1967, poco antes de su muerte. De su experiencia del castrismo escribió el libro Terror en Cuba, que la familia conserva inédito.

A Sánchez Roca le acompañaron, en este segundo exilio de la Cuba castrista para regresar a la España franquista, otras figuras notables de la diáspora republicana, según recoge el libro de Cuadriello. Uno de ellos, Pedro Coll y Llach, comisario de orden público de la Generalitat, se exilió en Cuba en 1938 después de huir de la Cataluña revolucionaria al temer por su vida. Propietario de una compañía de seguros, salió de la isla después del triunfo castrista para afincarse en Barcelona.

Ramón Fernández Matos, que fue diputado centrista y gobernador civil en varias provincias con la Segunda República, además de subdirector de la Dirección General de Seguridad, también se exilió en Cuba en plena contienda española. Salió de la Cuba castrista para regresar a la España de Franco en 1964.

Otro exiliado que había ejercido un importante cargo público con la Segunda República fue el médico Juan Morata Cantón, delegado de Sanidad Nacional ante la Generalitat, que después de la victoria de Castro se estableció en México para regresar a España en 1963.

También salió de la Cuba comunista el periodista José Quilez Vicente, corresponsal en los frentes de la Guerra Civil con el diario Ahora, que dirigía Manuel Chaves Nogales. Murió en Madrid en 1966 después de trabajar en el famoso periódico de sucesos El Caso.

El tisiólogo y bacteriólogo catalán Pedro Domingo Sanjuán también abandonó la Cuba comunista para regresar a España en 1962. Lo mismo hizo el marino y pelotari, Juan Duñabeitia Mota, agregado civil de la Marina de Guerra Auxiliar vasca, que hizo gran amistad con Ernest Hemingway en Cuba. Regresaría a su Vizcaya natal cuando su compañía naviera se retiró de la isla ante la sovietización del régimen de Castro.

El doble exilio de los republicanos españoles huidos de la Cuba de Castro y después establecidos en la España de Franco es una realidad histórica que puede cortocircuitar el pensamiento sectario de los que ahora reescriben el pasado en las páginas del BOE.

Para un Gobierno que alecciona sobre la «memoria democrática» mientras simpatiza con las actuales tiranías de Cuba y Venezuela y se asocia con los testaferros de la banda criminal ETA, las complejas e intensas biografías de estos españoles del exilio nunca serán motivo de documentales o exposiciones sufragados con dinero público. Porque son todo un conmovedor desmentido a todas las mentiras ramplonas con las que Sánchez trata de mantener en pie su proyecto de desmemoria totalitaria.