La ética ya es estadística
Soy una mujer muy moderna (y poco virtuosa). Comprendo perfectamente que una aborte, conozco esa fatuidad que llamamos ética (ese ligero barniz de elevación e integridad que se despinta en cuanto nuestra comodidad o egoísmo se ven en jaque). No lo juzgo. Pero menos comparto, y me asusta (aunque también me da la risa), la imbecilidad máxima con la que se realiza, se asume y se vende semejante atrocidad.
¡Qué poco se ha leído a Nietzsche (el más coherente y sinvergüenza, en el buen sentido, de los pensadores ateos) en este gobierno (y este mundo)! Y lo lamento, porque miren, soplar y sorber, no puede ser. Pero volvamos a octubre 2024, donde la moral ya es estadística, es decir, lo que prefiera la mayoría, lo más fácil, lo más cómodo y lo más barato…
Para Halloween, Mónica García recoge el testigo de la Ministra Jolines a la hora de perseguir a los médicos que se niegan a aniquilar nascituri, que ya saben que en lenguaje inclusivo se llama IVE (un concepto molesto, como el IVA, pero necesario, como el IBI…). La ministra de sanidad, de nuestra era pop, está molesta porque no se están realizando regularmente (deportivamente, dinámicamente) todos los abortos que desearía en cada uno de los centros ambulatorios nacionales. Que hay centros sanitarios «fascistas» donde se detectan pocos abortos y en algunos casos bochornosos, flagrantes, dignos de regularización inmediata contra la fachosfera… ¡Ninguno! ¿Quieren creerlo?
Bajo su lógica (que es la lógica de mi-coño-como-una-mesa-de-grande, y que es el único piropo que agradó a Montero en todo su desempeño) estos médicos están faltando a un deber y a un derecho sanitario.
Pero reflexionemos, ¿qué sentido kafkiano tiene un listado donde se recogen los nombres de los médicos que no quieren practicar abortos? Si la finalidad es repartir los practicantes entre los centros del territorio español equitativamente, que se haga el listado inverso, es decir, un listado con los nombres y números de colegiados de aquellos que sí realizan dichas prácticas, ¿no creen?
Y no hace falta apelar al juramento hipocrático, porque a la realidad le importa una mierda lo que pensemos, y porque pensar no es saber: el aborto no es una práctica médica, ya que no está destinada a sanar a un enfermo, a preservar la salud, y mucho menos la vida; el aborto en todo caso se vale de técnicas médicas, que, por cierto, no se imparten en las facultades de medicina.
La «Banalidad del mal» es un concepto acuñado por la filósofa Hannah Arendt para describir cómo un sistema político puede trivializar el exterminio de seres humanos cuando se realiza como un procedimiento burocrático o como un derecho donde no existen consecuencias éticas ni morales.
¿Y saben qué les digo? Qué yo apoyo la elaboración de esos registros, ¡dejemos que García realice su lista de objetores! Y que luego la borden en las cortinas del Ministerio y en la bandera de España, ¿por qué no? Y que la peguen en las paredes de todos los hospitales y en las facultades de medicina, y en las farolas de la Castellana y en el próximo vestido de novia de Angelina Jolie… O si lo prefieren que coloquen un brazalete a los médicos provida, porque como diría Itzhak Stern (contable de Oskar Schindler) esa lista «es el bien absoluto. Esa lista es la vida. Y más allá de sus márgenes se halla el abismo».
Nuestro gobierno, que normaliza la eliminación de un bebé pero se ofende si se atiza un escobazo a una tarántula en el cajón de las braguitas, lo defiende y celebra como el más elevado de los derechos progresistas (hay que puntualizar que en la Esparta clásica eran más progres, allí se podían arrojar los niños ya nacidos al mar cuando daban la lata a sus padres). Y es curioso, las mismas personas que dramatizan (y bien que hacen, aunque no me las creo) el genocidio palestino, son las que minimizan el genocidio (muchísimo mayor) prenatal. 73 millones de seres humanos abortados impunemente por año, a pesar de que abundan métodos anticonceptivos perfectamente conocidos.
Para mí la clave de la polarización, lo que subyace bajo toda esta neurosis que vivimos, es y siempre ha sido el aborto. Lo mismo que a la hora de evaluar la catadura moral e intelectual de una sociedad y su nivel de evolución o involución, como todo lo que respecta a la protección y promoción de las mujeres y de la vida.
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