España no es una parroquia
Una pregunta elemental para quienes ondean la fe como una porra: ¿Hay algo menos cristiano y caritativo que el racismo y la xenofobia? Los católicos que no conocen la doctrina son más irritantes que Sánchez (en una moto trucada) igual que los que instrumentalizan el cristianismo como su club de pilates.
2 de septiembre. Miles de personas salieron a la calle para defender la soberanía de la patria. Sin embargo, en el catálogo de proclamas y pancartas no tardó en asomar la histeria patriótica y el fetiche identitario: «España cristiana, no musulmana».
A ver, confundir la defensa de una frontera con un examen de catecismo no es patriotismo; es analfabetismo constitucional, majadería y catetez. Por eso, pasada la mani, conviene recordar lo básico: España no es una sacristía, ni un seminario, ni tu parroquia. España es un Estado aconfesional donde la ley garantiza la libertad de culto y la neutralidad de las instituciones. Quien grita esa consigna en una manifestación está llamando «no españoles» a la mitad de la población de Ceuta y Melilla, compatriotas de pleno derecho.
¿Qué es un ceutí? Español nacido o residente en Ceuta que puede llamarse Carmen, Mohamed, Esther o Ramesh sin necesitar un permiso ideológico de la península. No existe un censo oficial por religiones, pero las estimaciones sitúan a los musulmanes en torno a cuatro de cada diez habitantes. Más de 31.000 son españoles. Cuando alguien grita «España cristiana y no musulmana» no está describiendo Ceuta: está amputándola.
Creo que es urgente desbrozar la maleza conceptual, empezando por la diferencia entre aconfesionalidad y teocracia. La aconfesionalidad protege a todos los ciudadanos por igual; la teocracia impone una fe como carnet de identidad.
¿Qué es un musulmán? Persona que profesa el islam. No significa árabe, marroquí, inmigrante, islamista ni sospechoso. En el mundo hay unos 2.000 millones y la mayoría no son árabes. Las mayores poblaciones musulmanas están en Asia, ese continente que suele quedar fuera de nuestros conocimientos justo después del restaurante japonés.
Árabe. Identidad cultural y lingüística, no religión. Hay árabes cristianos, musulmanes y no creyentes. Y en los 22 Estados de la Liga Árabe viven millones de personas que no son árabes.
Islam e islamismo. El primero es una religión y, como todas, puede y debe soportar la crítica. El segundo es un proyecto político que pretende organizar el poder según una interpretación religiosa. Combatir el islamismo no exige perseguir a los musulmanes, del mismo modo que combatir el nacionalcatolicismo no obliga a cerrar parroquias.
Islamofobia. No es criticar el velo, la sharía, el machismo religioso o cualquier dogma. Las ideas no tienen derecho a no sentirse ofendidas, pero las personas sí tienen derecho a no ser tratadas como culpables o inferiores por su fe, y esa frontera también merece vigilancia.
La frontera de Ceuta no se defiende masticando crucifijos, sino con más Estado, contundencia, diplomacia de presión y una cohesión social blindada frente al odio de quienes necesitan inventarse enemigos para justificar su vacuidad ideológica.
El nacionalismo religioso es una involución peligrosa. Quienes pretenden reducir la rica, compleja y diversa identidad de este país a una sola confesión cometen un atentado contra la propia historia de España, que sí, tiene una cultura marcada por el cristianismo pero pertenece igual al católico, al musulmán, al judío, al hindú y al ateo. España puede tener catedrales, procesiones, vírgenes condecoradas y una relación sentimental bastante confusa con la Semana Santa. Pero no es constitucionalmente cristiana. El artículo 16.3 lo explica con una claridad impropia de nuestro debate público.