Ese pinganillo se lo pondrá usted

Ese pinganillo se lo pondrá usted

Se cumplió su profecía, don Miguel. «Si el Estado no impusiera el castellano en toda España, los dialectos se impondrían al castellano». Eso decía Unamuno en 1907, ya pasa en parte de España, y empieza a pasar en el resto. Nada más y nada menos que en el Parlamento, donde hoy se presenta en sociedad el último capricho de Oriol y Carles: las lenguas regionales se hacen cooficiales más allá de donde dice el artículo 3 de la Constitución. Nada más y nada menos que en el Congreso.

«Ningún español necesita de intérprete cuando habla con otro español», han dicho sesenta ex diputados, ministros y presidentes de Congreso y Senado; pero lo obvio no está de moda y, por eso, Armengol -por orden de Sánchez, que por orden de Junqueras, que por orden de Puigdemont- ha decidido que sus señorías puedan hablar como les dé la gana.

Pero ojo, que no es para que Sánchez pueda seguir en la Moncloa, es para mostrar, como dice la vice, la diversidad y riqueza lingüística de España. Como cuando derogar la sedición no era para contentar a los indepes delincuentes, sino para homologarnos con Europa. Siempre hay una razón noble. Usted y yo somos unos malpensados.

¿Y qué será lo siguiente para mostrar nuestra riqueza cultural?, ¿ir vestido de ansotano o alpujarrano?, ¿almorzar pan tumaca? Yo, esto del almuerzo lo aceptaría con gusto. Allí, donde haya un buen pan tumaca que se quite cualquier desayuno. Pero no, lo segundo va a ser exportar esta medida a la Unión Europea. ¿Y a la ONU?, ¿cuándo?

Estamos ante una nueva imposición de los indepes, el abono de un nuevo pago por parte del PSOE en su compra, a plazos, del poder. Y quienes usen lenguas diferentes al español no lo harán para que se les escuche, sino para que se les oiga. Hace tiempo que no importa lo que se dice, sino cómo se dice; y aquí, los relatos, las lenguas y los espectáculos circenses con impresoras es lo que importa.

Frente a la unidad que representa la lengua común, el pinganillo pretende visibilizar desunión y ruptura. No es diversidad lo que pretende mostrar, sino diferencia. Y, encima, les dejamos la sede de la soberanía nacional para su estrategia de desconexión. Por ello, me encantaría ser diputado por un día para que, cuando me entregasen el pinganillo poder contestar un «eso se lo pondrá usted, señora Armengol, donde le plazca».

Y cuando ya usen todas las lenguas cooficiales en los pasillos, en sus reuniones antiespaña en Waterloo o en sus relajadas sobremesas con Tito Berni, volvemos a hablar.

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