Cuando eran pobres, anónimos y (quizá) mucho más felices
Hay un momento en que el poderoso deja de añorar el poder y empieza a añorar el pasado. No el dinero, que a ciertas alturas ya es una abstracción, sino la normalidad: una nómina utilitaria, como el coche, una casa que no aparece fotografiada desde un dron, amigos sinceros, una biografía que no pueda ser registrada por la UDEF y un golden retriever moviendo el rabo.
Imagino a Zapatero recordando su antigua vida de profesor universitario, sus paseos otoñales de clase media por las calles de Castilla, cuando todavía era posible caerse sin que la caída llevara membrete judicial.
No se habla de otra cosa; el auge y caída inminente del líder moral (o inmoral) de la izquierda es el bocado político más goloso del verano… Aunque se mide con dulces casi tan empalagosos para la oposición como Santos Cerdán y Paqui, Ábalos, Jessica, Koldo… Y hasta Bono salpicado por informaciones poco halagadoras sobre sus presuntos métodos de enriquecimiento. Pedro Sánchez los observa borracho de esa hipersustancia llamada poder, y también a su esposa camino de un juicio con jurado. Casi todos conservan (arrugada) la presunción de inocencia que les corresponde; lo que ya no conservan es la presunción de integridad. ¿Y qué es la integridad? Algo como no tener compartimentos estancos en la cabeza, digo yo, mientras escondes en casa las joyas del inventario del camarote perdido de una archiduquesa del Imperio austrohúngaro.
A cientos de kilómetros morales y estéticos… he recordado París era una fiesta, la novela en la que Hemingway recordaba aquellos años en los que él y su mujer anónimos eran «muy pobres y muy felices» cuando conducía ambulancias para completar el sueldo y emborronaba páginas en cafés baratos porque aún no era Hemingway, una de las maneras más agotadoras de dejar de ser uno mismo, según él, cuando ningún chófer esperaba abajo y ningún pelota se reía antes de que terminara el chiste.
Quizá los socialistas en vilo añoren su París particular: el pisito con muebles de Ikea, la esposa que no era «esposa de», los hijos normales. Cuando la justicia aprieta, la clase media deja de ser una ideología y se convierte en una tentación sentimental. El paraíso era pagar la hipoteca de mierda. El lujo era no saber bien cómo.
Desconfío en principio de la vocación de político. ¿Para querer mandar sobre millones no hay que venir de fábrica con una pequeña avería narcisista, una necesidad de escenario y cierta habilidad precoz para instrumentalizar a los demás? ¿O quizá eran gentes idealistas y valientes y el poder los transformó como una enfermedad profesional, como la silicosis, solo que en vez de polvo respirando reverencias?
Supongo y deseo que algunos lleguen con ideas. El problema es que hay ideologías con un punto de fusión bajísimo. El idealismo socialista puede reblandecerse al sol de una comisión; el liberal, al calor de una concesión pública; el conservador, en la sauna de un consejo de administración. El poder no inventa todos los vicios: les pone presupuesto, tentación y jefe de prensa.
Al principio, el político tiene convicciones. Después tiene responsabilidades. Más tarde, disyuntivas. ¿Y cuándo Zapatero se volvió tan relativista? Nadie se vende de golpe. Uno se va alquilando por habitaciones: primero la vanidad, luego la conciencia, después el silencio. E imagino que cuando quiere recuperar la casa descubre que lleva años llamando patriotismo al usufructo.
El halago narcótico es decisivo. Un hombre rodeado de personas que le dicen la verdad quizá pueda seguir siendo un hombre. Uno rodeado de gente que le celebra hasta la digestión termina creyéndose una categoría histórica.
Uno tiende a la compasión filosófica al contemplar a estos habitantes del infierno del ego que todos podríamos habitar. Me pregunto si, en la soledad de sus despachos, nuestros próceres no estarán hojeando mentalmente sus propios borradores juveniles, añorando aquel tiempo en que la única ambición era aprobar una oposición o ganar una ejecutiva provincial sin escoltas emocionales ni titulares con tufillo a celda. Tal vez la peor condena no sea la cárcel ni el banquillo. La peor debe de ser intentar recordar quién eras antes de que todos te miraran desde abajo. Cuando alguien te pedía que fueras a comprar leche. Cuando eran muy pobres, quizá no tanto, y muy felices, quizá tampoco. No sé si nuestros socialistas merecen esa nostalgia. Pero la nostalgia no pregunta por méritos. Llega igual, a los buenos y a los que no lo fueron, con la misma puntualidad con que llegará el frío en noviembre. Es lo único, al final, verdaderamente democrático que nos queda.
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