Ceuta se desangra y Mónica García llega tarde

Hay ministros que llegan antes que los problemas. Otros llegan con los problemas. Y después está Mónica García, que parece haber inaugurado una tercera categoría administrativa: llegar cuando el problema ya ha tenido tiempo de instalarse, deshacer las maletas, conocer a los vecinos y convertir la emergencia en paisaje.
Dieciséis días después de la invasión en Ceuta, la ministra apareció finalmente en la ciudad autónoma. Y no la recibió una banda municipal interpretando obras maestras. La recibieron con abucheos y gritos de «dimisión»; digo esto porque es lo más suave que oímos. La sexta ministra de Sanidad de la era Sánchez llegaba, por fin, al lugar donde la Sanidad depende directamente de su Ministerio y donde los profesionales llevaban días advirtiendo de una presión extraordinaria. Hay relevos ministeriales que parecen una política de recursos humanos; seis titulares de Sanidad desde 2018 son también una forma bastante gráfica de explicar que la continuidad no ha sido precisamente la especialidad de la nueva casta.
Porque Ceuta no es una comunidad autónoma más en materia sanitaria. Aquí conviene detenerse, porque este pequeño detalle desmonta bastante propaganda. La asistencia sanitaria de Ceuta y Melilla depende directamente del INGESA, organismo adscrito al Ministerio de Sanidad. Es decir: cuando la Sanidad ceutí se tambalea, Mónica García no puede mirar hacia una consejería autonómica como suele hacer siempre y decir aquello tan español de «es que las competencias son suyas». Aquí, señora ministra, las competencias llevan membrete ministerial. Son suyas.
Y, sin embargo, durante los primeros días de la crisis, mientras la ciudad absorbía una entrada masiva que las autoridades y los datos cifraban en torno a las 80.000 personas, el Hospital Universitario de Ceuta —el único hospital de la ciudad— soportaba una presión extraordinaria. El Colegio de Médicos denunció saturación, falta crónica de facultativos y jornadas sostenidas a base de doblar turnos y sacrificar descansos. Su presidente fue especialmente gráfico: los refuerzos no podían consistir en que «la gente doble o no duerma». Una observación tan evidente que quizá debería imprimirse en una taza y enviarse al Ministerio.
La respuesta oficial, mientras tanto, transitó por esa zona tan característica de la política moderna en la que una cosa puede estar ocurriendo y, sin embargo, oficialmente no estar ocurriendo. Desde Sanidad se negó que existiera un colapso, pese a las denuncias del Colegio de Médicos –que no tiene nada de sospechosos– y a la presión asistencial descrita sobre el terreno. Es el nuevo estetoscopio político: si no se escucha el corazón, quizá el paciente no esté enfermo.
Y entonces apareció Mónica García.
No para impedir que la situación llegara hasta donde llegó. No para estar junto a los profesionales en los primeros momentos de una emergencia extraordinaria. Llegó después, después de sus vacaciones o, bueno, quizá continúe con ellas hasta final de mes como Pedro Sánchez.
La política española tiene una curiosa capacidad para convertir la ausencia en una agenda y la llegada tardía en una visita institucional. Y el sanchismo, agotado ya en buena parte de sus propios gestos, ha perfeccionado esa liturgia: primero se administra el relato, después se discute la realidad y, finalmente, cuando la realidad se vuelve demasiado ruidosa, se envía un ministro.
La ministra que fue la médica de la marea blanca
Aquí es donde la historia adquiere un cierto perfume de ironía, porque Mónica García no llegó a la política desde una consultora, un consejo de administración o una sobremesa de partido.
Es médica anestesista. Trabajó en el Hospital 12 de Octubre. Fue una de las voces vinculadas a las movilizaciones de la marea blanca y a la defensa de la Sanidad pública. Entró en la Asamblea de Madrid en 2015 en las listas de Podemos y, posteriormente, se convirtió en una de las figuras principales de Más Madrid –se quitó la bata de Podemos y se sumó a otro partido como si tal cosa–, organización que acabaría liderando. Durante la pandemia construyó buena parte de su perfil político como antagonista de Isabel Díaz Ayuso y como rostro médico de la oposición madrileña. Pero por mala casualidad de la vida, en plena pandemia, ¡vaya!, se tuvo que dar de baja.
Y ahí siguieron los sanitarios durante la pandemia, cuando el país entero aprendió de golpe lo que significaban las palabras UCI, intubación, triaje o respirador. Ellos estaban allí, con mascarilla, cansancio y miedo. Sí, don Santiago Ramón y Cajal, Nobel de Medicina, paciencia y mucha perseverancia de tantos valientes.
La antigua representante de una asociación de facultativos se ha encontrado ahora con una profesión médica en huelga contra su reforma del Estatuto Marco. La paradoja es tan perfecta que debería estudiarla un guionista.
Los médicos llevan meses movilizados. En 2026 se han sucedido varias tandas de huelga y protestas contra la reforma impulsada por el Ministerio. El Comité de Huelga, formado por organizaciones como CESM, el Sindicato Médico Andaluz, AMYTS y otros sindicatos profesionales, llegó incluso a exigir la dimisión de la ministra y anunció que, si el conflicto no cambia, en septiembre concretará una huelga indefinida tras el verano. Más de treinta jornadas de paro en una profesión que no suele abandonar el bisturí por capricho deberían haber encendido alguna luz en el Ministerio. Pero la antigua médica de la protesta ha descubierto, desde el otro lado de la mesa, que los médicos protestan mucho cuando se les gobierna mal.
Señora ministra, cuando una plantilla ya ajustada se enfrenta a una emergencia extraordinaria, no hace falta ser anestesista para saber lo que ocurre. Se asfixia.
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