Los carroñeros del minuto uno

Los carroñeros del minuto uno
Diego Buenosvinos

Hay una clase de políticos que, cuando la tierra tiembla, el agua arrasa, el fuego calcina o el dolor se instala en una ciudad, no preguntan cuántos faltan por rescatar. Preguntan quién puede salir perjudicado en las encuestas. No buscan supervivientes; buscan culpables. No se ponen las botas de agua; se enfundan el traje de portavoz. Y mientras los servicios de emergencia hacen lo imposible por salvar vidas, ellos ya están redactando el primer tuit.

La política española lleva demasiado tiempo confundiendo el liderazgo con la mediocridad. Decía Cicerón que la autoridad nace de la dignidad. Y cuando la tragedia llama a la puerta, algunos convierten el luto en estrategia electoral. Lo hemos vuelto a ver estos días. Antes de que terminara la angustia de quienes seguían esperando noticias del fuego, antes de que la tierra calcinada dejara paso a las explicaciones, ya hay ministros de Pedro Sánchez repartiendo responsabilidades desde la comodidad de un atril.

Óscar Puente volvió a interpretar el papel que mejor conoce: el del polemista permanente, pero desde la decrepitud moral, una vez más. Porque hace tiempo que parece haber decidido que ser ministro consiste menos en gestionar que en comentar la actualidad con el tono de un tertuliano. Mientras Renfe acumula episodios que han puesto a prueba la paciencia de millones de viajeros y las infraestructuras siguen protagonizando incidencias que afectan a miles de ciudadanos, el ministro encuentra siempre tiempo para señalar al adversario político. La puntualidad puede esperar; la confrontación, jamás.

Pero no conviene olvidar Adamuz. Aquel accidente ferroviario que dejó 43 muertos y tampoco provocó estampida de responsabilidades políticas. Ni dimisiones, ni ceses de relevancia, ni esa ejemplaridad que tantos exigen cuando el problema tiene otro código postal. El ministro siguió en su puesto y la cadena de mando permaneció intacta, como si la gravedad de una tragedia pudiera medirse por su rentabilidad política.

Pero en todo este chapoteo, por supuesto, el objetivo siempre es Isabel Díaz Ayuso, como también ha evidenciado el delegado del Gobierno en la Comunidad de Madrid, Francisco Martín Aguirre, si quieren Madrid emergencia nacional: «Tienen que explicar y justificar esa solicitud», ¡madre de Dios! Y es que, en España, parece haberse instaurado una curiosa doctrina política: si algo ocurre en Madrid, la culpa siempre puede dirigirse hacia la Puerta del Sol. No importa el momento. No importa si todavía hay equipos de rescate trabajando o familias esperando una llamada. La prioridad consiste en que el foco político nunca abandone a la presidenta madrileña. Es una obsesión que ya no admite explicación racional; únicamente partidista.

Pedro Sánchez ha construido buena parte de su proyecto político sobre el relato. Y un relato necesita antagonistas permanentes. Madrid, Ayuso, la oposición… siempre hay un escenario preparado para que la responsabilidad termine lejos de La Moncloa. Pero los ciudadanos no viven en un relato. Viven en una realidad donde esperan que sus gobernantes coordinen, decidan y ayuden. La grandeza de un gobierno no se mide cuando todo funciona. Se mide cuando todo falla.

En las últimas grandes crisis hemos aprendido demasiado sobre ruedas de prensa, pero quizá demasiado poco sobre autocrítica, como en Adamuz, señor Puente. La política española parece haber perdido una palabra esencial: prudencia. Esa virtud que aconseja guardar silencio mientras otros trabajan. Esa elegancia que consiste en esperar antes de repartir culpas. Esa altura institucional que distingue a un estadista de un agitador.

Porque no nos engañemos. El barro acaba secándose. Las cámaras se marchan. Los focos se apagan. Pero queda algo mucho más difícil de limpiar: la sensación de que, para algunos, incluso el dolor ajeno es una oportunidad política.

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