Opinión
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Boro, el perro rescatado con vida

  • Jaime Peñafiel
  • Periodista político y del corazón. Experto en noticias sobre la aristocracia y la familia real. Ex redactor jefe de la revista ¡Hola! y fundador del diario El Independendiente y La Revista. Escribo sobre la Casa Real.

Boro, el perro de una de las viajeras heridas que iba en el vagón 7 del Iryo con su dueña, Raquel García Aranda, de 26 años, embarazada, junto con su pareja y su hermana Ana,  y que había permanecido perdido cuatro días ante la angustia de su propietaria y de su hermana tras el trágico accidente de trenes de Adamuz, ha sido finalmente encontrado y rescatado por la Guardia Civil. Con muestras evidentes de heridas en su rostro, la superviviente Ana hizo un llamamiento a través de los medios de comunicación para encontrar a la mascota, una mascota que para ellos es un miembro más de la familia y que salió despavorido y asustado tras el accidente. Como he relatado, la búsqueda resultó positiva. En medio de la tragedia de los trenes, más de cuarenta voluntarios, bomberos y autoridades se unieron, durante estos días, para buscarlo sin parar. Incluso desde la Fundación Animal Rescue usaron sus altavoces para que la gente ayudara a encontrar a Boro, un perro muy miedoso y asustado.

En la familia real cada uno tenía su perro

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, de muchos hombres, de algunos hombres y mujeres como Raquel y Ana García Aranda. De lo que no existe la menor duda, es que entre éstos no se encuentra Letizia, pero si don Juan Carlos, doña Sofia, Felipe, Elena y Cristina.

La consorte debería saber que, a lo largo de la historia de las casas reales europeas, los perros ocuparon siempre su lugar y fueron objeto de preferencia por parte de los soberanos, hasta el extremo de que el perro ha sido una figura obligada en los retratos de los grandes pintores de la corte.

En La Zarzuela han sido muchos los perros que convivieron con la Familia Real, como he relatado en alguna ocasión. Tanto como veinticinco, donde cada miembro tenía el suyo o los suyos. Y de razas diferentes. El entonces príncipe Felipe tuvo durante un tiempo a Balu, un terrier y, más tarde, a Pushkin, un schnauzer que formó parte de su vida juvenil hasta que se casó con la inefable Letizia que lo puso de patitas en el jardín; Elena, a Bruja, un golden retriever y Cristina a Gringo, un teckel. Pero era el rey Juan Carlos el que más perros tenía, sobre todo golden retriever aunque su preferido fue siempre Arki, un viejo pastor alemán que se llevaba con Boby, un joven lhasa apso de la reina, más o menos como el regio matrimonio.

Diez años esperando el regreso del amo

En la estación japonesa de Shibuya existe un monumento en bronce dedicado a Hachiko, un perro convertido en un símbolo de la lealtad, mas allá de la vida y de la muerte, hacia su amo, a quien esperó nada menos que durante diez años. La emotiva y ejemplar historia fue llevada al cine en 2009, protagonizada por Richard Gere, con el nombre de Siempre a tu lado.

La historia comenzó un día de enero de 1924, cuando el profesor Hidesaburo Ueno, de la Universidad de Tokio, encontró a un perrito abandonado en una caja. Aunque creyó que estaba muerto, decidió recogerlo y darle calor y un poco de leche caliente que lo reanimó. Pronto se encariñó con el animal, que se convirtió en su amigo inseparable. Todos los días le acompañaba desde la casa hasta la estación donde tomaba el tren que le llevaría a su trabajo en la Universidad de Tokio como profesor. Cuando regresaba por la tarde, allí estaba Hachiko esperándole. Así cada día con la misma rutina. Pero el 21 de mayo de 1925, cuando el tren se detuvo en la estación, no descendió el profesor. Su perro ignoraba que ese día había muerto de una hemorragia cerebral mientras impartía la clase a sus alumnos.

Pero Hachiko siguió esperando a su amo en la estación cada tarde, a la misma hora durante… diez años. Los empleados de los ferrocarriles y los comerciantes de la zona trataron de hacerse cargo del perro. Y la hija del profesor, aunque vivía en otra ciudad, decidió regresar a la de su padre para acoger al perro. Pero este se escapaba siempre para regresar a la estación a esperar a su amo. Así un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año. Hiciera frío o calor, lloviera o nevara. Hasta que, en la mañana del 8 de marzo de 1935, fallecería de cáncer en el mismo lugar donde esperó durante diez años a su amo.

En recuerdo al más leal de los perros del mundo entero, los japoneses levantaron ese monumento de bronce en reconocimiento público al mejor amigo del hombre ¿Hay quien lo duda?

Chsss…

Lamento considerar inoportunas las palabras de Letizia a propósito de la tragedia de los trenes, haciéndonos a todos responsables del dramático y terrible accidente. Porque utilizar el término todos significa la totalidad de algo sin excluir a ninguno. Nadie va a retirar la mirada de los hechos. En este desgraciadísimo caso, si hay un culpable. Con nombre y apellido: Óscar Puente.

Por cierto, en una entrevista en El País, el ministro reconoce que «si hay alguien que no ha hecho bien su trabajo, sea quien sea, exigiremos las responsabilidades y si soy yo, también». Pues eso.

Nadie como él, tiene tantos «ex» en su biografía: ex deportista, ex seis veces campeón de Europa de balonmano, ex medallista olímpico, ex marido de una infanta, ex yerno real, ex duque, ex cuñado del último Jefe de Estado y ex presidiario.

No haber llevado el día de su boda el traje de novia de la firma de su famosa suegra se entendió como un agravio de la spice girl.

Tan snob era y es que cuando vino a España dijo que el país olía a ajo. ¡Inaguantable!

Pero él no quiere reconciliarse con la familia.

Difícil la recuperación de esa sonrisa que nunca tuvo.

Van y vienen. Se separan, no se separan. Parece que ya es definitivo. A pesar de sus cuatro hijos, la relación es ya imposible. No hay vuelta de hoja… al menos por ahora.