«Ahora toca ganarse el pan» (Rodríguez, podemita sin escaño)
Alberto Rodríguez, ex diputado de UP por Tenerife y ex número tres de los morados, resulta enternecedor cuando se presenta a sí mismo como un ciudadano modélico, pacífico y amante de los uniformados que tienen la responsabilidad de velar por la seguridad de todos.
Se revolvió con fiereza, incluso con la mentira o la media verdad, para defender su posición de privilegio tanto en Podemos como en el Congreso. Gozó de la solidaridad de la dirección de su partido y fue “traicionado”, finalmente, por su socio mayoritario de coalición gubernamental.
Regresó a su isla tinerfeña movilizando a sus mesnadas, mientras una ministra de su cuerda acusaba a los magistrados del Tribunal Supremo de prevaricadores. Y una vez perdida la inmunidad y el sueldo nada desdeñable por su bancada, volvió a su realidad de su antiguo puesto de trabajo. Y es aquí donde el entrañable ex parlamentario se confiesa urbi et orbi: “Ahora, toca ganarse el pan…”, dijo. Como una queja, como un quejío.
Sin duda, no pensó mucho lo que decía. Sin embargo, es una declaración muy descriptiva. Con ello, ¿qué ha querido decir el ex diputado? El pueblo llano, lo mejor que tiene España desde tiempo inmemorial, lo captó rápidamente. Rodríguez, como sus colegas, vive en cierto privilegio. Sin duda, a final de mes, de vuelta ya a la empresa privada, la transferencia será mucho, pero que mucho, más menguada que cuando pisaba el enmoquetado hemiciclo del Palacio de la Carrera de San Jerónimo.
Este asunto, generalizado, es lo que describe en muchos casos (en otros no) a la actual clase política española. A la dirección de las cosas públicas deberían llegar los mejores, independientemente del estamento del que vengas o del extracto social de donde lleguen. Los mejores, los más honrados y los más trabajadores. Sólo así, podrán mantener su dignidad y decir adiós sin dolor ni resentimiento.
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