Opinión

Accidente, mala fortuna y tragedia

Casi con completa seguridad se puede afirmar que el accidente de Adamuz se produjo porque el deficiente estado de la vía causó el descarrilamiento del tren Iryo. De lo que hay que inferir que las vías (y no sólo las de ese tramo) no estaban bien y no estaban revisadas, o al menos bien revisadas. Y la prueba del nueve la tuvimos dos días después, cuando se redujo la velocidad en otros tramos de otras líneas; porque, como bien ha concluido Núñez Feijóo, si las vías hubieran estado en buen estado, no se habría tomado esa medida, y porque, si no lo estaban, el mantenimiento o reparación se debía haber realizado antes, y no esperar a que se produjera este accidente.

La revisión y mantenimiento de las instalaciones, y en particular de los elementos de rodadura, son competencia de ADIF y, por tanto, del Ministerio de Transporte, por lo que los responsables de estos organismos, en ausencia de un eximente objetivo, deben asumir sus responsabilidades de la única manera que se pueden asumir: marchándose a casa. Porque la primera y tautológica consecuencia de ser el responsable de algo es tener y asumir la responsabilidad.

Y, sin embargo, ante una evidencia así, tan rotunda como un tajo de espada que debiera cortarle (figuradamente) la cabeza, va el gachó y nos dice que ha sido ‘un problema de mala fortuna’. En una infraestructura de tan alto nivel científico y tecnológico, de tan precisa organización y desenvolvimiento, la mala fortuna no es un factor aceptable, y menos para un gestor público que dispone de todos los recursos para eliminarla. Un pasajero no puede utilizar un medio de transporte con esa incertidumbre de la suerte, que obligaría a que cuando adquiere el billete o el título de transporte fuera avisado de que, si tiene mala fortuna, puede que no vuelva a casa. Pagamos y merecemos un Estado que debe garantizar a los ciudadanos la seguridad y fiabilidad de los servicios que les ofrece. Porque si Óscar Puente tuviera razón, y esos fallos en las vías son indetectables, pero pueden manifestarse de repente con tan tremendas consecuencias, se habría terminado con la seguridad en el tráfico ferroviario de alta velocidad.

La mala fortuna de un ministro al que se le rompen unas vías que están deficientemente mantenidas es la del mal estudiante, que dice que en el examen le han preguntado un tema que no entraba, cuando la realidad es que no se había estudiado ninguno. Y, además, las excusas de alumno abúlico y perezoso no cuelan, y menos en boca de ese energúmeno y lenguaraz comeniños que ha devenido en apacible interlocutor, con aires de cura sobón, que reclama la confianza y la comprensión que él nunca tuvo con nadie.

Al rescate de ese Puente, ahora tan cercano, ha acudido Pedro Sánchez apelando al fatalismo y manifestando que ‘las tragedias suceden’; como si los españoles no supieran que, de esa genérica afirmación, él es la innegable demostración. Pero no, el accidente de Adamuz no ha sido una tragedia en el sentido de inevitable catástrofe al que, con ánimo exculpatorio, se refiere Sánchez; el accidente solamente ha podido ser producto de la indebida fabricación, colocación o mantenimiento de las vías y ha tenido, en eso sí estamos todos de acuerdo, trágicos efectos.

Ahora nos toca dolernos por las víctimas y sus familias, y en especial por esas 45 vidas segadas de manera tan espantosa, pero pronto habrá que pensar en cómo restañar otras heridas que se nos han abierto en nuestro desenvolvimiento y en nuestra economía. La alta velocidad española, uno de los mejores símbolos de nuestra modernidad y de nuestro desarrollo tecnológico, recibe un torpedo en la línea de flotación, que es la seguridad, después de venir siendo dañado durante los últimos años en la fiabilidad y en la puntualidad. Será muy difícil evitar que la exportación de esta tecnología, referida tanto al diseño y la construcción de la infraestructura como a la fabricación de trenes y material rodante, no se vea concernida. E igualmente hay que pensar en la perniciosa influencia sobre nuestra primera industria, que es el turismo; no hay duda de que el imbatible servicio que, por seguridad, capilaridad y precio, ofrecía nuestro transporte interno, va a ser severamente cuestionado por agencias, operadores y viajeros que observan con estupor y desconfianza lo ocurrido. ¡Y todo durante la semana de FITUR!

Así que no nos confundamos. Una cosa es un accidente con base en una culposa (o tal vez dolosa) impericia y con terribles consecuencias, y otra es que nos suceda la tragedia de tener un Gobierno dedicado, por incapacidad y conveniencia propia y por imposición de sus socios, a descuajeringar España. ¡Y con la mala fortuna de que, además, va a ser gafe!