Sánchez y la perversión del liberalismo

Sánchez y la perversión del liberalismo

Ser liberal está de moda. Pedro Sánchez quiere “recuperar el liberalismo” y el ministro José Luís Ábalos refiere que su ideología “se nutre de otras corrientes de pensamiento, con raíces muy liberales”. Sin embargo, la realidad es que sus políticas están en la antítesis del liberalismo de la ideología que pregonan. El liberalismo, que nace de John Locke y Adam Smith, centran al hombre y la libertad en el corazón de la política, en contra de la monarquía absoluta: derechos frente a privilegios. Por su parte, la socialdemocracia centra al Estado en el núcleo del sistema como garante de servicios y supuesto creador de riqueza. Por ello, mientras el liberalismo reivindica unos impuestos mínimos y estrictamente necesarios, junto con la reducción de la burocracia, con el fin de crear riqueza; el socialismo cree en lo contrario: a más tasas y cargas, mejor. Una corriente política defiende eliminar la pobreza desde la libertad económica –pero no desde el libertinaje–, y la otra desde el intervencionismo propio de la economía planificada.

Las políticas de Sánchez no tienen ni un ápice de libertad. Subida de impuestos, aumento del gasto público en 5.000 millones, creyendo que con sus medidas aumentará la recaudación en un 9,5% en comparación con 2018, en contra de la opinión de la Comisión Europea que ya ha cifrado en 70.000 puestos de trabajo menos fruto del impacto negativo de sus medidas, suponiendo un retroceso en la economía. Pero además no reduce el tamaño de un Estado donde las duplicidades priman en contraposición de unos servicios básicos de calidad, como la Justicia. ¿Son liberales las políticas de Sánchez? Rotundamente no. Aún más: tenemos una política económica analógica en un mundo digital. Mientras en Canadá o Australia se pueden crear empresas por internet, en España se tarda de media 13 días, y estamos aquí a la cola de UE detrás de Grecia, Rumanía o Eslovaquia. Por no hablar de los costes de constitución, notaría, denominación social o la posterior tributación.

Parece que ahora los votos están en el discurso del ser el más liberal, ante la percepción de que la ciudadanía ya no compra recetas económicas mágicas, desastrosas, como las de Venezuela, Ecuador o Cuba, donde lo único que se reparte es pobreza, desabastecimiento, y se genera a espuertas desigualdad social: los Estados no crean riqueza, la consumen; ya que la riqueza la crean las personas que conforman esos Estados, y la virtud económica está en el equilibrio. ¿Si se asfixia económicamente a quienes crean empleo? Qué riqueza se puede esperar para el país.

Sánchez no sólo no se acerca al liberalismo (político, económico o social); se aleja. Así se explica la subida del salario mínimo a golpe de decreto sin analizar lo que produce que un trabajador perciba esa escasa remuneración: sería interesante preguntar a la gente si está de acuerdo con lo que se les retiene de sus cotizaciones y los servicios recibidos a cambio. Se augura, en fin, una nueva recesión económica con un Estado totalmente desproporcionado en sus estructuras que no optimiza nuestros recursos y sigue adelante con su voracidad recaudatoria. La entrada en el mapa político de VOX hace que todos se envuelvan ahora en la bandera del liberalismo. Tristemente, sin detenerse en sus raíces. Como señalara Tocqueville: “Nada es más fértil que el arte de ser libre, pero nada es más duro que el aprendizaje de la libertad”.

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