Priscus y Verus: los gladiadores romanos que firmaron la paz en la arena
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En el año I, el emperador Vespasiano comenzó a construir el conocido Coliseo de Roma. No logró verlo inaugurado ya que la muerte le vino antes, y fue su hijo Tito quien se encargó de inaugurar la obra cumbre de su padre en Roma. Esta inauguración trajo consigo mucha popularidad al imperio gracias a las luchas sangrientas que tenían lugar en la arena entre los gladiadores de la época.
Una de las peleas mejor documentada por los gladiadores fue la que protagonizaron Priscus y Verus (Prisco y Vero), que quedó perfectamente expuesta en el poema del gladiador escrito por Marco Valerio Marcial, donde se describía lo vivido aquél día en el Anfiteatro Flavio.
Odio entre luchadores
A pesar de que se sabe bien poco de la vida de los dos gladiadores que protagonizaron la pelea, su fama como luchadores les precedía. Ambos pertenecían a la misma escuela gladiadores, por lo que se tenían un odio mutuo por saber quién era el más valeroso de los dos. Para esto, acabaron por resolver sus diferencias en la arena del Coliseo.
Se sabe que Priscus era un esclavo de origen celta de la Galia, que sorprendió a su amo por su fuerza y sus facilidad para la lucha en el campo de batalla. Por su parte, Verus era ya un gladiador famoso, hombre libre que inició su carrera en la arena para obtener fortuna.
Ambos contaban con pocas derrotas, y no habían sido ejecutados por su valor y forma de pelear. El emperador sabía que ambos serían muy válidos para el espectáculo que el pueblo pedía en cada lucha en el Coliseo.
La paz y la libertad
El día del combate, el Coliseo se llenó de píblico, y Tito mandó que todo el mundo bebiera y comiera para ver a dos de los mejores gladiadores del momento. Durante casi cuatro horas, Priscus y Verus se batieron en la arena del teatro dejando constancia de sus cualidades para el espectáculo y la lucha.
Agotados, el emperador Tito decidió parar la pelea ante la exhibición de lucha que habían protagonizado los dos guerreros. Los dos clavaron las espadas en la tierra y miraron a la cara al emperador.
Tito, ante el clamor del público vitoreando a los dos luchadores, no tuvo más remedio que entregarles el rudius, o espada de madera, que los daba por vencedores a ambos y, además, les otorgaría la libertad para siempre, firmando una paz nunca vista en Roma después de una batalla en la arena.
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