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Hedy Lamarr: la actriz e inventora cuya tecnología cambió la historia

Hedy Lamarr fue mucho más que una estrella de Hollywood: descubre su biografía, su faceta como inventora y cómo su tecnología sentó las bases del wifi y el Bluetooth.

Inventos creados por mujeres

Mujeres científicas que cambiaron el mundo

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  • Francisco María
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Hay historias que parecen inventadas, pero no lo son. La de Hedy Lamarr es una de esas. Si alguien te dice que una estrella de Hollywood de los años cuarenta ayudó a sentar las bases del WiFi y el Bluetooth, suena a guion de película. Sin embargo, pasó de verdad.

Hedy Lamarr nació en Viena en 1914 con un nombre normal y común en su región Hedwig Eva Maria Kiesler. Desde pequeña tuvo muchas inquietudes. Su padre solía explicarle cómo operaban los tranvías, los mecanismos de las máquinas o los sistemas eléctricos que veían por la ciudad. Aquellas conversaciones, aparentemente normales, sembraron una costumbre: desmontar mentalmente el mundo para entenderlo mejor.

Llega al mundo del cine

Su salto a la fama llegó pronto, aunque no sin polémica. La película “Éxtasis” (1933) la convirtió en una figura comentada en toda Europa. Poco después se casó con un empresario relacionado con la industria armamentística. Ese matrimonio no fue feliz, pero tuvo un efecto inesperado: en reuniones sociales escuchaba conversaciones técnicas sobre sistemas de armas y comunicaciones. Años más tarde, esos recuerdos no serían irrelevantes.

La huida de ese matrimonio fue casi cinematográfica. Terminó en Londres, donde conoció a Louis B. Mayer, uno de los grandes nombres de Hollywood. La llevó a la cuna del cine, la puso su conocido nombre y la acompañó a interpretar títulos como “Argel” y “Sansón y Dalila”. Los estudios la promocionaban como un icono absoluto de belleza. La prensa repetía la frase “la mujer más bella del mundo” como si fuera un eslogan oficial.

Y mientras tanto, en casa, ella pensaba en inventos.

Llega la guerra

Durante la Segunda Guerra Mundial, su preocupación por Europa era real. No era una estrella desconectada de la política. Quería contribuir de alguna manera. Fue entonces cuando se asoció con el compositor George Antheil. Sí, un músico. A primera vista suena extraño, pero Antheil tenía experiencia con sistemas mecánicos sincronizados, algo que resultaría clave.

El problema que querían resolver era serio: los torpedos guiados por radio podían ser interceptados o bloqueados fácilmente. Si el enemigo interfería la frecuencia, el arma quedaba inutilizada. La solución que imaginaron fue brillante por su sencillez conceptual: cambiar constantemente la frecuencia de transmisión siguiendo un patrón sincronizado entre emisor y receptor. Así, aunque alguien intentara bloquear la señal, no sabría en qué frecuencia estaría en el siguiente instante.

En 1942 registraron la patente de ese “sistema de comunicación secreto”. No era ciencia ficción, era ingeniería aplicada. Sin embargo, la Marina estadounidense no adoptó la idea en ese momento. Parte del rechazo tuvo que ver con limitaciones técnicas; parte, seguramente, con el hecho de que la propuesta venía firmada por una actriz y un músico. No era el perfil habitual de inventor militar.

El tiempo, sin embargo, terminó dándoles la razón. Décadas después, el principio del salto de frecuencia se convirtió en una base esencial para las comunicaciones inalámbricas modernas. WiFi, Bluetooth y tecnologías móviles utilizan variaciones de esa lógica. Es decir, cada vez que conectas el móvil a unos auriculares sin cable, hay un pequeño eco de aquella patente de 1942 funcionando detrás.

Cambios

Con el paso del tiempo, su presencia en el cine fue disminuyendo. Hollywood cambió, llegaron nuevas generaciones, y el sistema de estudios dejó atrás a muchas de sus antiguas estrellas. Pero Hedy Lamarr no dejó de pensar en mejoras técnicas. Registró otros inventos relacionados con sistemas de tráfico y dispositivos electrónicos, aunque ninguno alcanzó la trascendencia del primero.

El reconocimiento formal llegó tarde. Muy tarde. No fue hasta 1997 cuando recibió un premio por su contribución pionera a las comunicaciones inalámbricas. Para entonces, el mundo ya estaba profundamente conectado por tecnologías que aplicaban principios similares a los que ella había propuesto medio siglo antes. Resulta casi irónico: mientras millones de personas empezaban a usar redes inalámbricas, la mente que ayudó a anticiparlas apenas había sido reconocida.

Legado

Su historia ha ganado fuerza en las últimas décadas. No solo por el componente tecnológico, sino por lo que representa. Hedy Lamarr rompe el molde. Demuestra que la creatividad no entiende de compartimentos estancos. Puedes actuar en superproducciones, posar en alfombras rojas y, al mismo tiempo, diseñar sistemas de comunicación avanzados.

También es un ejemplo claro de cómo los prejuicios pueden ocultar talento. Durante décadas, la industria y la prensa prefirieron insistir en su belleza antes que en su ingenio. Su caso ha servido para abrir conversaciones sobre el papel de las mujeres en la ciencia y la tecnología, y sobre cuántas aportaciones quedaron invisibilizadas simplemente porque no encajaban con la imagen esperada.

Hedy Lamarr murió en el año 2000. No llegó a ver el despliegue total del mundo hiperconectado actual, pero sí alcanzó a saber que su idea había sido relevante. Y eso, de alguna manera, cierra el círculo.

Lo fascinante de su historia no es solo el invento en sí. Es la combinación de mundos. Cine clásico, guerra mundial, ingeniería de comunicaciones, cultura pop. No es habitual que todo eso converja en una sola persona. Y quizá por eso su biografía resulta tan magnética.

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