La extraña manía secreta de Isabel la Católica que casi nadie conoce
La conocida reina histórica Isabel la Católica no era tan perfecta como se nos ha querido decir. Tenía algunas manías diarias.
¿Quién fue Isabel la Catóilca?
¿Por qué Isabel la Católica no se bañaba?
Legado en la Historia de Isabel la Católica
Isabel I de Castilla, a la que identificamos casi siempre como Isabel la Católica, es una de las monarcas más famosas de la historia. Era además de otras cosas intrépida y muy viajera, la vemos todo tipo de escenarios: la Reconquista, el apoyo al viaje de Colón y la unión de los reinos que formarían España. Con todo, tras la imagen pública de la monarca poderosa y con mucha devoción a lo religioso, no nos engañemos porque había una persona con rasgos muy humanos.
Un olfato muy delicado
En el siglo XV, el ajo era un se usaba mucho en todo tipo de guisos, para dar sabor, como conservante y también a modo de remedio medicinal. Era la base de la dieta popular. Pero, curiosidad, para la reina Isabel como para muchas personas, su olor y sabor resultaban repulsivos.
Como idea, un día los cocineros de la corte quisieron disimular el ajo en un guiso con grandes cantidades de perejil. La estrategia fracasó. Isabel probó el primer bocado y detectó de inmediato el ingrediente prohibido. Luego rechazó el plato con enorme disgusto.
Un secreto a voces
¿Por qué se sabe tan poco de esta manía hoy en día? Esto se debe a que los historiadores tradicionales estaban más interesados en sus decisiones de estado que sus preferencias en la mesa. Los detalles de la vida cotidiana se convertían en simples anécdotas, no en parte de los documentos oficiales.
Sin embargo, esta aversión al ajo no era un secreto. La corte de Isabel era itinerante; se movía constantemente por el reino. Garantizar que en cada lugar, en cada cocina de castillo o posada, se preparara la comida de la reina sin ajo, requería una instrucción clara y una supervisión estricta. Esa manía determinaba la organización diaria de su servicio personal.
Mitos y verdades
Se han tejido muchos mitos en torno a Isabel la Católica. Durante siglos, por ejemplo, se dijo que había hecho un voto de no cambiarse de camisa hasta conquistar Granada. Así se ganó una fama injusta de poca higiene.
La realidad, respaldada por los registros de gastos de la corte, es todo lo contrario. Isabel era muy cuidadosa con su aseo personal. Gastaba grandes sumas en perfumes importados, aguas aromáticas y cosméticos como aceite de rosa mosqueta.
También tenía lavanderas dedicadas y se preocupaba por su salud dental. Le gustaba oler bien. Por eso, el potente olor del ajo, asociado a la cocina humilde y campesina, le resultaba especialmente ofensivo.
Origen de la manía
No se conoce el origen exacto de esta manía, pero los historiadores tienen algunas teorías. Una de ellas está ligada a su educación y espiritualidad. Isabel creció en un ambiente de austeridad en Arévalo, bajo una fuerte influencia de la orden franciscana.
Los franciscanos promovían una vida simple y moderada en todos los aspectos, incluida la comida. El ajo no estaba prohibido, pero podía ser visto como un ingrediente tosco. Se asociaba con lo mundano y lo plebeyo, de modo que estaba alejado de la sobriedad que ella valoraba.
Otra teoría apunta simplemente a su carácter. Isabel era famosa por su disciplina, su perfeccionismo y su deseo de control. Era una mujer que tomaba las riendas de todo. Su aversión al ajo quizás era una expresión de esa personalidad decidida y de gustos muy definidos.
¿Por qué el ajo genera tanto rechazo?
El ajo es uno de esos alimentos que no dejan a nadie indiferente. O te encanta y se lo pones a todo, o no lo soportas ni de lejos. Y no, no es drama ni exageración: que el ajo genere tanto rechazo tiene varias razones bastante claras, que van desde la biología hasta lo social. Básicamente, el ajo es intenso… en todos los sentidos.
La primera razón (y la más obvia) es el olor. Cuando cortas o machacas ajo, se libera una sustancia llamada alicina, que es la responsable de ese aroma fuerte y penetrante que invade la cocina en segundos. El problema no es solo que huela mucho, sino que se queda. Después de comer ajo, el olor no desaparece con un chicle: sale por la respiración, el sudor y hasta por la piel durante horas. Para mucha gente, eso es incómodo y hasta vergonzoso, sobre todo en situaciones sociales.
También influye mucho la experiencia personal. Si alguna vez probaste un plato con exceso de ajo, te cayó mal al estómago o te hicieron un comentario incómodo por “oler a ajo”, el cerebro lo guarda. Y lo guarda bien. A partir de ahí, el rechazo aparece casi automático. No es que la persona quiera odiarlo, es que su cuerpo ya lo asocia con algo negativo.
Además, está el tema de la digestión. A mucha gente el ajo le provoca acidez, gases, ardor o malestar estomacal. Cuando algo te hace sentir mal físicamente, el cuerpo aprende rápido y lo rechaza sin pensarlo demasiado. Es un “no gracias” automático.
Y por último, hay que decirlo: el ajo no pasa desapercibido. Tiene personalidad fuerte y domina cualquier plato. A quienes prefieren sabores suaves o equilibrados, eso les resulta demasiado.
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