¿Cómo afecta la morosidad a la financiación?
La morosidad es uno de los problemas más importantes a los que se enfrentan las empresas. Hay que tener en cuenta que el hecho de no cobrar por haber realizado un determinado trabajo o venta tiene diversos impactos negativos en una compañía:
Deja de ingresar un dinero con el que contaba
Toda empresa, al iniciar un determinado periodo contable, hace unas previsiones de los ingresos con los que contará. A partir de ellos, estipulan hasta qué punto pueden gastar e invertir y marcar un margen de beneficio. Si finalmente el importe ingresado es menor, estos cálculos se adulteran por completo y hay que volver a calcular unas nuevas previsiones.
En ese sentido, se recomienda que, al realizar las primeras estimaciones, se tenga en cuenta que se puede sufrir una tasa de morosidad determinada. Es decir, no hay que esperar que se cobre todo en el período fijado, sino que también hay que ser capaces de dibujar escenarios más pesimistas.
Rebaja la liquidez de la que dispone la compañía
La empresa precisa de efectivo en caja y cuenta corriente para poder afrontar los pagos que surgen de su propia actividad. Por lo tanto, si deja de ingresar, puede que se vea obligada a utilizar fondos que tenía previstos de menester para afrontar pagos a largo plazo o que, sencillamente, no pueda afrontar estos pagos más urgentes.
Como alternativa, solamente podrá intentar renegociar los plazos con los proveedores o dirigirse a alguna entidad a pedir financiación a corto plazo. Todo ello, claro está, le supondrá afrontar una serie de intereses.
Rompe todas las previsiones
Para conocer cuál es su situación financiera, la empresa utiliza distintos ratios. Mediante estos cálculos, se analiza cuál es la relación de los recursos propios respecto la deuda o la capacidad para pedir financiación.
Si se reduce el importe del activo corriente (liquidez) y se aumenta el pasivo corriente (deuda a corto plazo), baja la capacidad de endeudarse y las entidades financieras son menos proclives a ofrecer financiación, con la consecuente dificultad para afrontar inversiones o los pagos diarios.
Puede llegar a obligar a pedir financiación
En caso que no se disponga de suficiente dinero o recursos propios para seguir con la actividad o para afrontar una determinada inversión que se considera necesaria para seguir creciendo, habrá que acudir a alguna entidad a pedir la financiación correspondiente. El problema es que, como se presentarán unas tasas de morosidad importantes, entonces estas entidades tendrán menos predisposición a facilitar la liquidez necesaria.
Por lo tanto, sufrir la morosidad, por un lado, puede llevar a la necesidad de pedir la financiación pero, a la vez, es un inconveniente que dificulta la posibilidad de recibirla. Como consecuencia de todo ello, puede ocurrir que empresas que son viables, competitivas y que operan de forma productiva tengan que realizar recortes en su actividad o hasta cerrar por no poder disponer de estos recursos.
Es más: según un estudio que presentó EAE Business School, se relaciona el cierre de más de 400.000 empresas entre 2008 y 2014 como consecuencia de la morosidad. A todo ello, se le deben sumar otras medidas, como el recorte de personal o pérdidas importantes de beneficios.
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