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Adiós a las pensiones de siempre: un catedrático de Economía explica cómo es el futuro al que vamos

Durante décadas, siempre que pensamos en la jubilación y en las pensiones lo hacemos del mismo modo: trabajar hasta cierta edad (generalmente los 65 o los 67 años) y, de un día para otro, se deja de hacerlo  para siempre. Sin que ocurra una transición y provocando el que algunos se pregunten, ¿tiene sentido seguir haciendo esto? ¿Tiene lógica asumir que todos podemos o queremos dejar de trabajar al mismo tiempo, sin importar salud, situación personal o tipo de empleo?.

Si lo pensamos, alargar la edad de jubilación es algo que se podría esperar si tenemos en cuenta que cada vez vivimo más, pero a eso se le suma el que haya gente que no tenga problema en ello, porque desea seguir trabajando, o al menos no dejar de hacerlo de forma repentina. Además, la esperanza de vida en España roza ya a los 90 años, y el panorama demográfico está cambiando tan rápido que muchas de las normas que antes funcionaban empiezan a quedarse atrás. Por ello, las pensiones, tal y como las hemos conocido, están en el centro de este terremoto y más cuando algunos expertos proponen reformas concretas. Es el caso del economista José Ignacio Conde-Ruiz, que plantea una visión distinta del final de la vida laboral. ¿Y si en lugar de cortar de golpe, se pudiera bajar el ritmo poco a poco? ¿Y si jubilarnos no fuera dejar de trabajar, sino empezar a hacerlo de otra manera, más flexible y adaptada a nuestra realidad?

Adiós a las pensiones de siempre según un economista

Según Conde-Ruiz, la jubilación no debería ser una puerta que se cierra de golpe, sino una rampa que nos permita ir bajando el ritmo sin desconectarnos del todo. Lo explicó recientemente en el programa La Roca, en La Sexta, donde defendió que el cambio de trabajador activo a pensionista debería ser gradual. «Habría que pasar a 30 horas, luego 20… y que le permitan de alguna forma combinar el salario con la pensión», explicó el economista.

De este modo, y según su opinión, se pueden conseguir varias cosas. Por un lado, se alivia la presión sobre el sistema público, que ahora mismo se enfrenta a un desequilibrio difícil de sostener. Por otro, se da margen a quienes aún quieren seguir activos, o tal vez lo necesitan, sin obligarles a jubilarse sin más. Y además, también se gana en calidad de vida, ya que la transición no es tan brusca y no se vive como una pérdida total de la rutina que se tenía durante años.

No todos los trabajos son iguales

El economista sin embargo, dejó claro que no todos los trabajos son iguales y por ello lo que él propone tampoco «tiene que ser igual para todo el mundo»  y se refirió en especial a aquellos con trabajos más duros, sobre todo, a nivel fisico: «Las profesiones penosas o físicas tienen que tener salidas del mercado laboral mucho más generosas».

En este tipo de profesiones, en los que el físico resulta esencial es importante entonces tener en cuenta sobre todo, la salud. De este modo, queda claro no se puede diseñar un sistema justo si no se tiene en cuenta cómo llega la gente a la edad de jubilación. Porque no, no todos los cuerpos aguantan lo mismo, ni todas las trayectorias vitales son comparables. Las profesiones físicas deberían contar con esas vías específicas de salida anticipada, sin penalizaciones que les hagan pagar el precio de haber trabajado más duro.

El gran reto es ajustar el modelo para que esta flexibilidad no se convierta en desigualdad. El objetivo no es que algunos sigan trabajando porque no pueden permitirse otra cosa, mientras otros se jubilan cómodamente. Lo justo sería que cada cual pudiera decidir su ritmo de salida, según su salud, sus medios y su voluntad.

¿Están las empresas preparadas para este cambio?

Ahora bien, una cosa es tener una buena propuesta y otra muy distinta es implementarla sin fricciones. Y en este caso, uno de los puntos conflictivos está dentro de las empresas. Como apuntó el periodista Fernando Garea, también presente en La Roca, muchas compañías podrían tener serias dificultades para asumir esta flexibilidad. «Hay coacciones… Es difícil en algunas empresas», mencionó Garea.

Entonces, el riesgo no es menor dado que esa supuesta libertad para elegir puede acabar en presiones tanto si se decide seguir trabajando, y la empresa considera que es mejor que la persona se jubile, pero también puede que la empresa no quiera prescindir de esa persona, pero ella sí que haya decidido jubilarse cuando le toca.

Por eso, si este modelo se lleva adelante, será necesario acompañarlo de medidas de protección claras. Regulaciones que impidan abusos, que aseguren condiciones dignas para los que decidan seguir y, sobre todo, que refuercen el principio de voluntariedad. La clave está en que quien quiera quedarse, pueda hacerlo. Pero quien quiera irse (cuando le toca), también.