No miren al banquillo, miren al verde. Miren a los futbolistas. Miren a esos jóvenes que se visten de corto para arrastrar el escudo del Real Madrid. El escudo más grande y poderoso no solo del fútbol mundial, sino del deporte. No hay más culpables que unos jóvenes millonarios que se han apoderado del club con el beneplácito de los que mandan. Caprichosos y con pocas ganas de trabajar, pero con una gran facilidad para sacar pecho, no se sabe muy bien de qué.
Esta plantilla del Real Madrid es la heredera de los jerarcas, de los que firmaron la segunda edad dorada del club blanco. No es sencillo recoger el testigo de un grupo de futbolistas de leyenda, pero cuando los jóvenes que llegan, en vez de mirar, admirar y aprender, se creen al nivel de unos futbolistas únicos e irrepetibles, todo se complica en demasía.
Este grupo de jugadores está manchando al Real Madrid. Y lo peor es que los que mandan también tienen culpa, ya que se lo han permitido. Ahora, desde las altas esferas madridistas, se miran unos a otros e intentan frenar esta deriva, en la que un equipo obligado a ganar se dirige peligrosamente al abismo. Los aficionados ya se han dado cuenta, y que nadie dude de que el Bernabéu, el sábado a las 14:00 horas, se lo hará saber. La bronca que se espera en Chamartín será de aúpa. Veremos cómo la asimilan estos jóvenes con menos títulos que egos.
Caprichosos e irrespetuosos
Nadie debe olvidar -y, si alguien lo olvida, habrá que recordárselo- que estos jugadores no dieron el nivel ni con Ancelotti ni con Xabi Alonso y que, en el primer test, contra un Segunda División que está a un punto del descenso a Primera Federación, han dejado en una situación comprometida a Álvaro Arbeloa. Es imposible que todos los entrenadores sean peores que unos jugadores que no dan la talla, que no son capaces de competir contra la élite del fútbol mundial.
Estos futbolistas fueron los que pidieron cinco días libres a Ancelotti el curso pasado en un parón de selecciones. Tremendas vacaciones. Los que se enfadaron por tener que viajar un día antes a Bilbao. Los que no entrenaron tras ganar en San Mamés, a tres días de un partido contra el Celta en el Santiago Bernabéu que terminaron perdiendo. Los que tuvieron ocho días de vacaciones en Navidad y no quisieron trabajar el 1 de enero. Los mismos que han hecho el ridículo en el Carlos Belmonte. Sin olvidar las faltas de respeto a sus técnicos, especialmente a un Xabi Alonso que ha tenido que tragar saliva en varias ocasiones, mientras la directiva blanca no ha mostrado todo el apoyo que, posiblemente, debería haberle dado al donostiarra.
Los culpables son los jugadores, y en el club lo saben. El principal problema es cómo van a querer atajarlo, si es que aún es posible hacerlo. Es cierto que la plantilla tiene carencias y falta de calidad, pero este equipo debe ganar a la mayoría de sus rivales. Los jugadores están en la diana y el siguiente paso será enfrentarse a un Santiago Bernabéu que les espera con ganas de abroncarles. Una bronca más que merecida.