Desquiciado es como se vio a Pep Guardiola durante los primeros minutos del Manchester City–Real Madrid. A su equipo le pitaron un penalti por una zamorana de Bernardo Silva que le costó la expulsión, al encontrarse sobre la línea de gol. Evitó el gol de Vinicius desplegando el codo de su cuerpo pero el técnico no daba crédito. «Red card? Red card? (¿tarjeta roja?, ¿tarjeta roja?)», preguntaba. Minutos después, cuando el conjunto inglés reclamaba un penalti a su favor, en una acción fuera del área, vio la amarilla. Clement Turpin se la enseñó después de que apareciera agarrando al cuarto árbitro y dándole palmaditas en la espalda.
Guardiola enloqueció al ver cómo la eliminatoria se le ponía 4-0 en contra cuando su equipo había comenzado de lo más enchufado. Sus protestas fueron incluso merecedoras de otra roja, puesto que llegó a quejarse al cuarto árbitro en la banda tocándole en varias ocasiones la espalda. Turpin le perdonó la expulsión, pero le enseñó una amarilla que no hizo que dejara de quejarse.
Vestido con un atuendo poco habitual en él, con una camisa de cuadros de lo más informal, el entrenador español estaba sentado en su banquillo cuando Turpin acudió a revisar la jugada del penalti. En un primer momento, se había señalado fuera de juego de Vinicius, pero la jugada continuó y no se señaló hasta que finalizó, con el lanzamiento del brasileño a puerta que fue repelido con el codo por Bernardo.
Entonces, el VAR comenzó a revisar la posible mano, tras comprobar que Vinicius no estaba en posición antirreglamentaria en el arranque de la jugada. Y fue entonces cuando se fue al monitor, vio cómo el futbolista del City sacaba el brazo para evitar el gol y señalaba el penalti y la expulsión.
Comenzó el show de Guardiola. Pep comenzó a quejarse por el color de la tarjeta. No daba crédito a que Bernardo Silva fuera expulsado, aunque el reglamento es claro en estos casos. Después, con todo el estadio pidiendo un penalti en una acción que había sucedido fuera del área, volvió a enloquecer. Salía entonces de su área técnica y se iba a por el cuarto árbitro, al que agarraba, le decía un par de cosas y terminaba con unas palmaditas en la espalda.