Así es la Fórmula 1 por dentro: un circo lleno de pistas
Fiebre por Fernando Alonso en Montmeló: agotadas sus camisetas de Aston Martin
Fernando Alonso apunta al último peldaño en España
Un fin de semana de Fórmula 1 es un evento concebido para que el espectador esté siempre entretenido, sobre todo cuando los semáforos están apagados y los coches reposan en sus garajes. OKDIARIO se interna en los entresijos del Gran Premio de España para vivir desde dentro este ‘Gran Circo’ con muchas pistas. La más importante es aquella donde se quema rueda, pero no la única…
La única prueba exigente, y nada divertida, es la primera de todas: ¿Cómo llegar al circuito? Vehículo propio, tren, taxi, autobús… Todos tienen sus pros y sus contras pensando en la clave de bóveda: la aglomeración de gente. El temor del asistente aumenta cuando recuerda el caos que se vivió el año pasado, con desmayos por el intenso calor, colas horarias para abandonar el circuito y una estación de tren donde se vivieron escenas dantescas… La organización espera haber escarmentado de aquello. Todos lo esperamos.
Una vez que llega al circuito, con el vehículo que sea y el tiempo que haya costado, el aficionado se sumerge en un ecosistema ruidoso, colorido y en el que, sorprendentemente, no huele a gasolina. La Fan Zone es ese lugar donde pasar el tiempo en los intervalos entre sesión y sesión, y las categorías inferiores, la Fórmula 2 y la Fórmula 3, el café para los muy cafeteros.
En esta zona de entretenimiento, situada justo detrás de la tribuna principal de recta de meta, se puede aprender a cambiar neumáticos como hacen los auténticos mecánicos de la F1, ver a los pilotos compareciendo sobre un enorme escenario, contemplar bólidos de tamaño real y, por supuesto comprar todo tipo de merchandising de todas las escuderías a precio de oro. Tampoco sale barato tomarse una cerveza, nueve euros… El precio de diez cervezas equivale al de una camiseta verde de Aston Martin de inspiración muy futbolera, con el nombre de Alonso y su dorsal 14 a la espalda. Echen cuentas.
Más exclusivo es el acceso a la zona de los hospitaly, esos gigantescos camiones que no tienen nada que envidiar a los Transformers y se convierten en las lujosas sedes de las escuderías durante 23 fines de semana al año. Cuenta la leyenda que antes se podía comer por la cara bonita en algunos de ellos. Afortunados quienes lo vivieron. Pero el periodista, ese gran amigo de lo gratis, encuentra refugio en el catering que dispensa el circuito: una ensalada, dos rollitos y un yogur de limón que, por qué no decirlo, sabe a gloria sentado justo encima de la recta principal del circuito, entre los impresionantes rugidos de todos esos motores que convierten a este deporte en algo único. En una experiencia casi irreal.
Aquí no hay balón que arrebatar a un rival, ni meter en ninguna portería o canasta. Es mucho más complejo: hombres, máquinas y cronómetros. Intentar entender a fondo la Fórmula 1 es una tarea compleja, propia de ingenieros e inaccesible para casi todos los aficionados de a pie. Por si acaso, que nunca falten los ídolos, y el mayor de todos Fernando Alonso. El asturiano ha embrujado a chavales que todavía iban a la guardería cuando celebraba sus títulos mundiales. Misterios de la vida solapados por esa cifra cuasi mística que recorre todo el Circuito de Cataluña como un mantra milenario: 33, 33, 33…
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