Todo el mundo conoce el Monopoly pero muy pocos saben la verdad sobre su creadora: nunca quiso que fuera un juego para hacerse rico
La inventora del Monopoly creó este juego como protesta frente al capitalismo
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El Monopoly es un juego de sobras conocido y que forma parte de la vida de mucha gente. Casi todo el mundo ha pasado alguna tarde comprando calles, colocando casas y esperando que el rival caiga en la casilla equivocada para cobrarle un alquiler imposible. Ganar suele significar quedarse con todo y dejar al resto fuera de la partida, pero ¿sabías que su creadora nunca quiso que fuera entendido como un juego en el que lo importante fuera hacerse rico?.
En realidad, el Monopoly se pensó como una forma de explicar, casi de manera práctica, cómo funciona la concentración de la riqueza y qué consecuencias podía tener. Con los años, esa idea inicial se fue diluyendo hasta desaparecer por completo. La versión que terminó popularizándose simplificó el mensaje y se quedó solo con la parte competitiva. El resultado es el juego que conocemos hoy, que poco tiene que ver con lo que su autora tenía en mente cuando lo creó.
Todo el mundo conoce el Monopoly pero muy pocos saben la verdad sobre su creadora
Detrás del origen del Monopoly no está el nombre que suele aparecer en la historia más conocida. La creadora fue Elizabeth Magie, nacida en 1866, una mujer que no encajaba fácilmente en las normas de su tiempo. Vivió de forma independiente, defendió sus ideas en público y llegó a utilizar acciones llamativas para denunciar la posición de la mujer en la sociedad, como un anuncio en el que se ofrecía como «joven esclava americana» para evidenciar la falta de derechos.
Su mirada crítica iba más allá de la cuestión de género. También cuestionaba el funcionamiento del sistema económico, especialmente en lo que tenía que ver con la propiedad de la tierra. Influida por las teorías de Henry George, sostenía que el valor del suelo no debía beneficiar únicamente a quienes lo poseían, sino que debía revertir en la sociedad en su conjunto. A partir de esa idea decidió crear un juego de mesa que sirviera para algo más que entretener. Quería que quien jugara entendiera, casi sin darse cuenta, cómo funcionan ciertos mecanismos económicos y qué efectos pueden tener. Era, en el fondo, una forma distinta de explicar un problema complejo.
El juego original no premiaba hacerse rico
Magie patentó en 1904 lo que llamó «El juego del propietario», un tablero que ya incluía calles, compras y pagos, pero con una diferencia clave respecto al Monopoly actual. No había una única forma de jugar, sino dos sistemas de reglas completamente distintos. Por un lado estaban las reglas de «Prosperidad», donde todos los jugadores se beneficiaban del progreso común. Cada vez que alguien adquiría una propiedad, el resto también recibía una recompensa, y la partida terminaba cuando el jugador con menos dinero lograba mejorar su situación. El objetivo no era ganar a los demás, sino demostrar que un sistema más equilibrado podía beneficiar a todos.
Por otro lado, existían las reglas «Monopolistas», mucho más parecidas a las actuales. En ellas, el objetivo sí era acumular propiedades, cobrar alquileres y llevar a los demás a la bancarrota. Magie no diseñó este sistema para celebrarlo, sino para mostrar sus efectos: desigualdad, concentración de riqueza y eliminación de los competidores. La idea era que los jugadores experimentaran en primera persona las diferencias entre ambos modelos y entendieran sus consecuencias.
Cómo el Monopoly cambió de sentido
El juego empezó a circular en entornos muy concretos, como universidades o comunidades con inquietudes sociales, donde se adaptaba y modificaba. Durante ese proceso, algunos grupos fueron simplificando las reglas y dando más peso a la versión competitiva, la que premiaba al jugador que lo acaparaba todo. Fue en ese contexto cuando apareció Charles Darrow, quien conoció una de esas versiones adaptadas y decidió comercializarla. Más tarde vendió el juego a Parker Brothers, pero lo hizo presentándose como su creador, omitiendo el origen real de la idea.
La empresa compró la patente de Magie, pero el juego que llegó al gran público ya no tenía rastro de la intención original. Se publicó con una única versión: la que premia al que gana todo y deja fuera al resto. Además, la historia oficial se construyó en torno a Darrow como inventor, reforzando una narrativa de éxito individual que encajaba perfectamente con el propio espíritu del juego.
Un mensaje que se perdió por el camino
Lo más llamativo de toda esta historia es que el Monopoly acabó representando justo lo contrario de lo que su creadora quería transmitir. Magie había diseñado un juego para cuestionar la acumulación de riqueza y mostrar sus efectos negativos, pero el producto final convirtió esa dinámica en el objetivo principal. Ese giro no fue casual si bien la versión que triunfó comercialmente era más sencilla de entender, más competitiva y, sobre todo, más atractiva para el público general. Pero también eliminaba el componente crítico que daba sentido al proyecto original.
Con el tiempo, esa versión se consolidó como la única conocida. Generaciones enteras han crecido jugando sin saber que, en realidad, estaban participando en una especie de experimento social que había sido completamente invertido.
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