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Lo llaman la Toscana española y casi nadie la conoce: 18 pueblos con callejuelas, palacetes medievales e iglesias que son una joya para visitar esta primavera

La idea de hacer una escapada a pueblos con encanto, es algo que de alguna manera siempre apetece más cuando llega la primavera. El tiempo comienza a acompañar, los árboles están en flor y todo nos parece mucho más bello, pero ¿sabías que entre los muchos pueblos que puedes visitar esta temporada, existe una comarca que muchos conocen como la Toscana española? Consta de 18 pueblos, una rica gastronomía y es un plan perfecto para este mes de abril.

De entre los destinos en los que el paisaje mande, con pueblos que mantengan su esencia y en los que el tiempo parece ir a otro ritmo, esta Toscana española es algo que no puedes dejar escapar. Se trata en concreto de Matarraña que ubicada en Teruel, es una comarca que te dejará sin palabras. No sólo por dar la sensación de que estás en la Toscana, sino porque además el recorrido de sus pueblos es algo que te sorprende, te mete de lleno en la historia y además te permite encontrar lugares increíbles en los que comer.

Qué es el Matarraña y por qué lo llaman la Toscana española

La comarca a la que hacemos referencia no es otra que Matarraña, en la provincia de Teruel, un territorio formado por 18 municipios que comparten una misma forma de entender el paisaje y la vida. El apodo de Toscana española tiene bastante que ver con lo que uno se encuentra al llegar: colinas suaves, campos de cultivo que se extienden sin interrupciones, olivares centenarios y pueblos construidos en piedra que encajan perfectamente en el entorno.

Pero no es una copia de la Toscana italiana ni pretende serlo, sino que más bien se trata de una comparación que ayuda a hacerse una idea rápida de lo que hay, aunque lo cierto es que el Matarraña tiene identidad propia y suficiente personalidad como para no depender de etiquetas.

Los 18 pueblos que forman la comarca

Uno de los puntos más interesantes es que no hay un único lugar que concentre todo. Aquí el viaje se construye enlazando pueblos, cada uno con su historia y su forma de entender el espacio. Calaceite, Valderrobres y La Fresneda suelen ser los más conocidos, en parte porque están incluidos en la lista de los pueblos más bonitos de España. Sus calles estrechas, plazas porticadas y edificios históricos marcan bastante la experiencia.

Pero más allá de esos nombres, hay otros que también sorprenden, como Beceite, Cretas, Fuentespalda o Peñarroya de Tastavins. Y todos coinciden es que no hace falta buscar un punto concreto, porque el atractivo está en pasear sin rumbo, fijarse en los detalles y dejar que el entorno haga el resto.

Un entorno natural que enamora

Si algo define a esta zona es su relación con la naturaleza, destacando por ejemplo los Puertos de Beceite que son uno de los espacios más conocidos, con rutas de senderismo, zonas de baño y una vegetación que sorprende por su densidad. Y es fácil encontrar rincones tranquilos, sobre todo si se evita ir en horas punta.

Por otro lado, entre los lugares más visitados están el Parrizal de Beceite o el Salt de la Portellada, dos enclaves accesibles que combinan agua, roca y vegetación y que funcionan bien para una escapada de medio día.

La Vía Verde, una forma distinta de recorrer la zona

Otra opción que cada vez tiene más tirón es la Vía Verde de la Val de Zafán, que se trata de una antigua línea de tren reconvertida en ruta para caminar o ir en bicicleta, con un trazado cómodo y sin grandes desniveles. Eso hace que sea accesible para casi cualquier persona, incluso sin experiencia previa. Se puede hacer por tramos y adaptar el recorrido al tiempo disponible, lo que la convierte en una alternativa bastante práctica. Además, en la zona hay servicios de alquiler de bicicletas y transporte, lo que facilita organizar la jornada sin complicaciones.

Historia que va más allá de lo medieval

Aunque la imagen más reconocible es la de sus pueblos medievales, la historia del Matarraña va mucho más atrás. En distintos puntos de la comarca se conservan restos de poblados íberos, como el de San Antonio en Calaceite, que permite hacerse una idea de cómo era la vida en la zona hace siglos. No es lo más conocido, pero añade un valor extra para quienes buscan algo más que una escapada rural.

Una gastronomía sencilla, pero muy ligada al territorio

Viajar por esta zona también implica sentarse a la mesa. La cocina es bastante directa, sin artificios, pero con productos que marcan la diferencia. El ternasco, los embutidos, los quesos o el aceite de oliva son algunos de los básicos, a los que se suman recetas tradicionales que se mantienen en muchos restaurantes. No es una gastronomía complicada, pero sí coherente con el entorno. Y eso, en un viaje así, suma.