Antoine de Saint-Exupery, autor de El Principito: «Los niños han de tener mucha tolerancia con los mayores»
Jorge Luis Borges: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer; no he sido feliz"
Pablo Neruda: "El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él"
Edgar Allan Poe: "Si un poema no ha destrozado tu alma, no has experimentado la poesía"
Antoine de Saint-Exupéry es el autor de El Principito, ese libro que parece escrito para niños y que en realidad interpela sobre todo a los adultos. Entre las frases que se le atribuyen, hay una que resume su forma de mirar la relación entre generaciones: la idea de que son los niños quienes deben armarse de paciencia frente al mundo adulto, y no al revés.
La frase suena provocadora a primera vista, casi como una broma dicha en tono serio. Pero para entenderla de verdad hace falta mirar más allá de la cita suelta que circula en redes sociales y acercarse a quién era Saint-Exupéry, qué infancia tuvo y qué le llevó a escribir un cuento que, bajo su apariencia sencilla, esconde una crítica profunda a la vida adulta.
¿Por qué Saint-Exupéry pedía paciencia a los niños con los adultos, según El Principito?
La frase «los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos» no aparece de forma literal dentro de las páginas de El Principito, pero condensa exactamente el espíritu que recorre todo el libro.
Desde las primeras páginas, el narrador recuerda cómo, de niño, dibujó una serpiente boa que se había tragado un elefante, y cómo ningún adulto fue capaz de reconocer la imagen: todos veían un sombrero.
Esa incomprensión, contada con humor, es la misma que Saint-Exupéry parece pedir que los niños perdonen.
El resto de la historia sigue el mismo patrón. Los adultos que aparecen en el libro (el rey, el vanidoso, el hombre de negocios, el geógrafo) están tan atrapados en sus rutinas y en su necesidad de control que ya no saben mirar lo que de verdad importa. Pedir tolerancia a los niños es, en el fondo, reconocer que son los adultos quienes tienen algo que aprender, y no al contrario.
El adulto que olvida haber sido niño: la herida que atraviesa El Principito
Esa misma idea aparece, mucho más explícita, en la dedicatoria del libro. Saint-Exupéry se disculpa ante los niños por dedicar un cuento infantil a una persona adulta, Léon Werth, y explica el porqué con una frase que se ha hecho tan célebre como la propia historia: «Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan».
La disculpa esconde, en realidad, una acusación suave contra el propio lector adulto.
Leído así, El Principito deja de ser solo un cuento sobre un viajero que salta de planeta en planeta y se convierte en un espejo incómodo. Cada adulto que lo lee tiene, en algún momento, que preguntarse cuánto queda en él de ese niño que dibujaba boas y elefantes sin que nadie lo entendiera.
Más adelante, es un zorro quien le entrega al protagonista la frase que probablemente resume todo el libro: lo esencial es invisible a los ojos.
La tolerancia que Saint-Exupéry pide a los niños tiene que ver, precisamente, con eso, con la paciencia de convivir con adultos que solo saben medir lo que se puede contar o vender, y que han perdido la costumbre de mirar más allá de lo evidente.
La infancia feliz y la guerra: de dónde nace la mirada de Saint-Exupéry
Saint-Exupéry no inventó esa nostalgia de la infancia desde la teoría: la vivió. Pasó los veranos de su niñez en el castillo familiar de Saint-Maurice-de-Rémens, en Francia, en lo que él mismo describió como los momentos más felices de su vida. La muerte de su hermano menor, siendo aún un adolescente, fue la primera grieta seria en ese mundo protegido.
El resto de su vida transcurrió lejos de esa calma: se convirtió en piloto, sobrevivió a varios accidentes de aviación y, cuando Alemania invadió Francia, tuvo que exiliarse en Nueva York.
Fue allí, lejos de su país y sin poder volver a volar, donde escribió El Principito, en pleno 1943, mientras la guerra seguía en Europa. No es casual que un hombre que había perdido tanto en la vida adulta reivindicara, con esa mezcla de ternura e ironía, el punto de vista de un niño.
¿Qué queda hoy de esa mirada infantil que el propio Saint-Exupéry temía perder?
La frase sobre la tolerancia de los niños hacia los mayores pretende recordar algo más incómodo: que crecer no debería significar dejar de ver lo esencial.
Saint-Exupéry murió en 1944, en una misión de reconocimiento aéreo de la que nunca regresó, sin saber que su pequeño libro se convertiría en uno de los más traducidos de la historia.
Ese destino, el de un piloto que desapareció sobre el Mediterráneo, añade una capa más a la lectura de sus palabras: quien escribió sobre la importancia de mirar el mundo con ojos de niño no llegó a envejecer del todo.
Su avión se perdió cerca de Marsella el 31 de julio de 1944, y los restos no se identificaron con certeza hasta seis décadas después.